Tomate marroquí: el sablazo que España no ve
Hay una ironía deliciosa en ver cómo el tomate, ese pilar de nuestra dieta y orgullo agrícola, se convierte en el tablero donde España pierde la partida. No es un tropiezo; es una tendencia. Por segundo año consecutivo, Marruecos nos ha pasado la mano por la cara en los mercados de la Unión Europea. Mientras nosotros nos miramos el ombligo, los datos de Hortoinfo, basados en Euroestacom (ICEX-Eurostat) para la campaña 2025/2026, son un jarro de agua fría: Marruecos colocó 493,33 millones de kilos, dejándonos atrás con 475,8 millones. Una diferencia de 17,5 millones de kilos que, traducida al lenguaje de la calle, es como si en el mercado del barrio te quitaran el puesto más rentable mientras tú sigues convencido de que eres el rey del puesto.
El sablazo financiero es casi igual de doloroso. Marruecos facturó 1.030,19 millones de euros, mientras que España se quedó en 1.017,28 millones. La prensa marroquí, con medios como Le360, Marruecom o Rue20, no oculta la sonrisa; saben que han ganado terreno. Pero el verdadero drama está en la película completa desde la campaña 2016/2017. En una década, nuestras ventas en la UE se han desplomado un 36,99%. Para que se entienda: es como si de tu cuenta bancaria desapareciera más de un tercio del saldo sin que te dieras cuenta, mientras que Marruecos ha inflado sus ventas un 22,17% y Holanda, el eterno líder, solo ha cedido un 18,4%.
¿El pecado original? El precio. España intenta vender su tomate a 2,14 euros por kilo, jugando a ser el producto premium, mientras que el tomate marroquí entra por 2,09 euros y el holandés por 2,13 euros. En un mercado donde el consumidor cuenta los céntimos para cerrar la lista de la compra, esos pocos céntimos de diferencia son el muro que nos separa del éxito.
Joan Ramos