Crítica:
La noticia expone el absurdo con datos, pero falla al no cuestionar cómo es posible que el sistema de validación sea tan rudimentario. Es un despliegue de incompetencia administrativa disfrazado de error técnico.
La noticia expone el absurdo con datos, pero falla al no cuestionar cómo es posible que el sistema de validación sea tan rudimentario. Es un despliegue de incompetencia administrativa disfrazado de error técnico.
La solidaridad tiene un límite, y ese límite es un informe de la Policía Nacional. Resulta conmovedor: la RFEF quería 'devolver la gratitud' a Ceuta organizando un amistoso sub-20 contra México el próximo 30 de septiembre. Un gesto noble, casi poético, que se ha estrellado contra la realidad de un Ministerio del Interior que, básicamente, ha dicho que no hay quien controle la calle. Fernando Grande-Marlaska y su equipo han soltado el bombazo mediante una carta de la Comisaría General de Seguridad Ciudadana: no hay agentes suficientes para montar el despliegue. Traducido al lenguaje de barrio: el Estado no puede garantizar que el partido no termine en un caos debido a la 'presión migratoria' y la 'conflictividad social'. Es la paradoja perfecta. Queremos llevar el fútbol para dar apoyo, pero el apoyo es tan peligroso que mejor nos vamos a Madrid, donde el césped es más tranquilo y no hay que lidiar con la tensión de la vía pública. Rafael Louzán, presidente de la RFEF, lo ha soltado en Málaga, mientras inauguraba la exposición 'Reyes del Mundo'. Irónico que se hable de reyes mientras el estadio Alfonso Murube es el gran olvidado; según el informe, ni siquiera tiene una Unidad de Control Organizativo (UCO). Es como intentar organizar una boda de lujo en un salón que no tiene salidas de emergencia: el riesgo es demasiado alto para los despachos. Al final, el foco seguirá 'encendido' para las familias ceutíes, pero desde la distancia cómoda de un estadio madrileño. La gratitud, al parecer, viaja muy bien en avión, pero no soporta el clima de tensión del entorno del estadio. Mucho corazón en el discurso, pero el presupuesto de seguridad no da para más que para un 'lo sentimos, nos mudamos a la capital'.
La precisión quirúrgica no es lo fuerte de los manifestantes en Ceuta. El domingo, exactamente a las 20:15 horas, un grupo de vecinos decidió que la mejor forma de protestar contra la llegada de la ONG pamplonesa Negu Gorriak/Derecho a Techo era jugar al 'tiro al blanco' con un coche. El problema es que, en su afán por combatir el radicalismo, terminaron haciendo un desastre con el vehículo de Julia Ferreras, diputada de Ceuta Ya!, el activista Rafael Borrego y la abogada Sofía Cánovas. Imaginen la escena: huevos, patadas y pedradas que convierten un parabrisas en un puzzle de cristal, todo porque confundieron el coche con el de unos activistas navarros que venían a 'poner el cuerpo como escudo'. Es la ironía máxima: linchar a alguien para defender la convivencia. Julia Ferreras, en una charla con la Cadena SER, confesó que llegó a temer por su vida mientras veía cómo sus propios vecinos —en una ciudad donde todo el mundo sabe quién es quién— intentaban sacarlos del coche a la fuerza. El despliegue de violencia fue tal que la Policía Nacional tuvo que intervenir para evitar que la 'confusión' terminara en tragedia, con un agente metiéndose al volante para rescatar a los ocupantes. Mientras algunos gritaban que 'aquí no queremos radicales', el resultado fue un coche destrozado y un patrón de agresividad que, según Ferreras, es fruto de un discurso instrumentalizado por la derecha durante más de 50 días. Al final, el mensaje es claro: en la calle, el odio no pide el DNI antes de lanzar la piedra. Es como intentar apagar un fuego echándole gasolina y luego sorprenderse de que la casa se queme.
Hay una ironía perversa en el calendario administrativo del Estado. Mientras el ciudadano medio se juega la vida cada vez que el cielo se pone gris, el Gobierno ha decidido que la cartografía del riesgo en el barranco del Poyo puede esperar a una 'segunda fase'. Es como si, después de que se te inunde la cocina y se lleven el frigorífico, el seguro te dijera que la revisión de las tuberías está pendiente de un trámite técnico que 'podría' estar listo este año. La Confederación Hidrográfica del Júcar (CHJ), bajo el ala de la ministra Sara Aagesen, ha jugado al juego de las prioridades invertidas. En diciembre de 2025, admitieron que 15 subtramos ARPSI estaban en el limbo porque la DANA del 29 de octubre de 2024 había redibujado el terreno. Lógico, ¿no? El agua borró el mapa, así que hay que hacer uno nuevo. Pero aquí viene el sarcasmo: dividieron el trabajo. Primero actualizaron las zonas donde no pasó gran cosa y dejaron para el final, para la mítica 'segunda fase', las cuencas del Poyo y del Magro, precisamente donde el agua fue más cruel. El resultado es un absurdo burocrático. El 16 de septiembre, mientras los técnicos seguían peleándose con los vuelos LiDAR y los hidrogramas, la Generalitat tuvo que lanzar un ES-Alert para que la gente subiera a los pisos superiores y no acabara flotando en el barranco Poyo-Saleta. Lluvias de 85 litros en l'Eliana, 76,2 en Torrent y 73,6 en Chiva fueron el recordatorio húmedo de que la naturaleza no entiende de fases administrativas ni de plazos de 2026. El riesgo es real, el agua no lee los boletines oficiales y el mapa sigue siendo un dibujo incompleto mientras el ciudadano sigue siendo el único escudo contra la inundación.
Hay quienes se jubilan plantando tomates y otros que convierten la agenda de contactos en una mina de oro. José Bono, el eterno camaleón de la política española, ha perfeccionado el arte de la 'consultoría', que en el idioma de la calle se traduce como cobrar por abrir puertas que otros no saben dónde están. A través de Joasa 2012, Bono ha movido 6,53 millones de euros entre 2015 y 2025. No es que haya montado una multinacional; la empresa tiene una plantilla de apenas 2,09 trabajadores. Básicamente, es él mismo con una calculadora y un teléfono muy caro. Lo fascinante es el ritmo de sus convicciones. En 2022, mientras el ciudadano medio veía cómo la inflación le daba un sablazo en la factura de la luz, los ingresos de Joasa se dispararon a 1,51 millones de euros. Curiosamente, ese pico coincidió con un giro acrobático en su discurso sobre Marruecos: pasó de denunciar la 'dictadura' a llamarla 'socio estratégico'. El amor al reino alauí tiene premio: cinco inmuebles en Tánger comprados por 259.900 euros entre 2023 y 2024, justo al lado del lujo de Mohamed VI. Una 'oportunidad hotelera', dicen. Claro, porque no hay nada más oportuno que comprar casas donde el viento sopla a favor del poder. Pero el negocio no termina en África. Bono ha servido de puente para constructoras y empresas de defensa que querían susurrarle al oído al Gobierno de Pedro Sánchez. En 2024, la facturación volvió a subir hasta los 810.400 euros, y en 2025 se mantuvo en 727.000 euros. Incluso hay espacio para la familia: su hijo, José Bono Rodríguez, se lleva 12.000 euros por 'dirección y gerencia'. Todo muy profesional, todo muy limpio, mientras su nombre aparecía en la agenda de Koldo García gestionando 'clientes' con intereses en República Dominicana. Así es la ingeniería financiera del poder: transformar el cargo público en una renta vitalicia.
Hay una ironía deliciosa, casi poética, en que la persona encargada de gestionar la crisis habitacional de un país viva en un palacio de 229,8 metros cuadrados pagando una miseria. Mientras el ciudadano medio se juega la hipoteca o se deja el alma en alquileres que superan los 1.800 euros por un zulo de 80 metros, Isabel Rodríguez disfruta de ocho estancias en Madrid por la módica suma de 161 euros al mes. Sí, han leído bien. No es el precio del alquiler, es el 'residuo' fiscal que queda tras hacer malabares con la Ley del IRPF. El truco está en la ingeniería financiera del Estado. En lugar de pagar un precio de mercado, los 12 ministros que gozan de este chollo —incluida Yolanda Díaz— y figuras como Francina Armengol, tributan el uso como 'salario en especie'. Para la ministra, con un sueldo bruto de casi 86.000 euros en 2026, el Estado solo le pide que sume un 5% de esa cifra a su base imponible. Tras aplicar el tipo marginal del 45%, el resultado es un pago neto anual de 1.935 euros. Es decir, el precio de una cena decente con vino en un restaurante de moda, repartido en doce meses. Lo más fascinante es que este sistema es un pacto de silencio transversal. Desde la ultraderecha hasta la ultraizquierda, nadie ha tocado este privilegio en 50 años de democracia. Es el único punto donde todos los partidos se ponen de acuerdo: mantener el 'estatus' de palacio a precio de habitación compartida. Mientras tanto, médicos y maestros rechazan plazas públicas porque no pueden pagar un alquiler en la ciudad donde deben trabajar. La realidad es que para la clase política, la 'crisis de la vivienda' es un concepto teórico que se lee cómodamente desde un ático de alto standing con la luz y el agua pagadas por el contribuyente.
Mientras el ciudadano medio hace malabares para que el recibo de la luz no le deje en números rojos, el Gobierno ha decidido que lo más urgente para la seguridad nacional es comprarse un 'ojo mágico' digital. Bajo la excusa de combatir la desinformación tras el caos de Ceuta del 30 de julio, el Ministerio de Defensa ha desembolsado 85.570,25 euros en INTELION, un software que no se limita a leer noticias, sino que analiza el 'sentimiento' de la opinión pública. Básicamente, han pagado por un termómetro emocional que les dice quién les quiere y quién les está haciendo la vida imposible en Twitter o la radio. La narrativa es sencilla: estamos en una 'guerra cognitiva'. Así lo vendió José Manuel Albares el 28 de agosto en el Congreso, señalando con el dedo a las 'terminales mediáticas' y soltando el dato de que Elon Musk alcanzó 724 millones de visualizaciones en once días. Claro, frente a un titán así, la solución de Pedro Sánchez y Margarita Robles es armar a Defensa con algoritmos. Pero no se quedaron solo en INTELION; para que el despliegue sea completo, también se han gastado 250.000 euros en STORYZY, una plataforma francesa que hace lo mismo: diseccionar el relato ajeno para imponer el propio. Lo fascinante es la gimnasia mental: llaman 'protección de la democracia' a una herramienta capaz de monitorizar 24 horas al día quién dice qué, dónde lo dice y qué impacto tiene. Es como instalar cámaras en el salón de casa para asegurarse de que nadie está hablando mal del anfitrión. Entre el software francés y el nuevo sistema de análisis cognitivo, el Estado se ha montado un centro de escucha que convierte la prensa y las redes en un tablero de ajedrez donde el Gobierno quiere mover todas las piezas, mientras nosotros seguimos intentando entender por qué la factura del gas sube aunque no encendamos la calefacción.
Hay una lógica perversa en la administración pública: cuando el problema es demasiado grande para resolverlo, lo convierten en un mercadillo. Baleares ha decidido que la mejor forma de limpiar sus puertos del colapso migratorio es jugar al 'al mejor postor'. PortsIB, la entidad que gestiona los muelles bajo el ala de la Conselleria del Mar y del Ciclo del Agua, ha puesto en marcha un plan para subastar los cayucos y motores que las mafias dejan tirados como quien olvida un paraguas en el autobús. El inventario es modesty: 26 pateras y 12 motores que ahora mismo ocupan un espacio que, en términos náuticos, vale oro. Mientras el Gobierno de Sánchez mantiene un silencio que Prohens ha calificado de «desesperante», la administración autonómica ha optado por la ingeniería administrativa. Para que el martillo de la subasta caiga, primero deben hacer el truco de magia legal de la 'declaración de abandono', ya que estas barcas no tienen matrícula ni dueño que quiera dar la cara. Es el equivalente a encontrar una bicicleta vieja en el portal y decidir que, tras un par de papeles, se puede vender en Wallapop para pagar la luz. El plan es sencillo: lo que sirva para navegar sin hundirse se vende; lo que sea un peligro público, se chatarra. Mientras tanto, el lote prioritario ha sido trasladado a Son Tous, como quien manda los trastos viejos al trastero antes de la mudanza. Al final, la ruta argelina no solo deja dramas humanos, sino un excedente de material flotante que la administración quiere monetizar para liberar espacio. Una solución brillante: combatir la crisis migratoria transformando los restos del naufragio en una fuente de ingresos para el erario público.
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