Crítica:
La noticia es unilateral. Se echa en falta la voz de la Seguridad Social explicando con más detalle la necesidad de la subida y las medidas compensatorias. El título, aunque efectivo, podría considerarse sensacionalista.
La noticia es unilateral. Se echa en falta la voz de la Seguridad Social explicando con más detalle la necesidad de la subida y las medidas compensatorias. El título, aunque efectivo, podría considerarse sensacionalista.
La Selectividad vasca se ha convertido en un drama con sabor a cera y bilis. Un tsunami de ceros en Euskera amenaza con hundir las aspiraciones universitarias de toda una generación, especialmente de los que cursan en colegios donde el castellano es el idioma vehicular. Mientras el precio de la vivienda en Bilbao sigue por las nubes, el futuro de estos estudiantes pende de un hilo, cortesía de un examen que parece diseñado para el fracaso. Según el 'Correo', la cosa va más allá de un simple tropiezo. Hablamos de un cero masivo, de esos que te dejan con la boca abierta y la calculadora en blanco. Centros de modelo A –los que apuestan por una enseñanza en castellano– reportan hasta una docena de suspensos por clase. Docentes, con la paciencia por los suelos, aseguran que el examen no es más difícil que otros años, pero los resultados sugieren lo contrario. Es como si, de repente, la redacción en euskera se hubiera convertido en una prueba de fuego digna de la Inquisición. La Universidad del País Vasco (EHU) primero dio esperanzas con un aviso de posible error en el sistema GAUR, pero luego echó un jarro de agua fría: solo corrigieron los casos de los que figuraban como ausentes. El resto, con sus ceros relucientes, se quedan con la mosca detrás de la oreja. Ahora toca tirar de revisión, con la esperanza de que la corrección sea más benévola. Algunos centros incluso barajan la idea de una reclamación conjunta, porque esto, amigos, huele a sabotaje o, como mínimo, a una prueba mal calibrada. Que un alumno con un B2 o C1 en euskera se lleve un cero es tan absurdo como pagar 5 euros por un café con leche. Esto no es un examen, es una criba.
La Seguridad Social, con la gracia de un elefante en una cacharrería, ha decidido que 500.000 autónomos societarios y colaboradores paguen la cuenta. Prometieron que las cuotas no subirían, pero las promesas, como las rebajas de enero, suelen ser más relucientes en el escaparate que en el bolsillo. El batacazo: un incremento del 42% en la base mínima de cotización, pasando de 1.000 a 1.424,40 euros mensuales. ¿El impacto? Un sablazo de 135 euros al mes, o 1.600 euros anuales, directo a la billetera de quienes ya están exprimiendo las nueces. La Federación Nacional de Asociaciones de Trabajadores Autónomos (ATA), liderada por Lorenzo Amor, lleva meses gritando al desierto, advirtiendo que esta medida afectará especialmente a mujeres que ayudan en negocios familiares del entorno rural, donde la palabra “margen” suena a lujo. Mientras tanto, la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal (Airef) sonríe: la subida inyectará 1.550 millones de euros a las arcas públicas, una décima del PIB. ¡Qué alivio para las pensiones! La ironía es que la reforma de cotización por ingresos reales de 2022 preveía una evaluación con los agentes sociales que nunca llegó a buen término. Junts, con una enmienda en el Congreso, intenta poner freno al desastre, pero la Administración, con el apetito de un león hambriento, parece decidida a mantener el plan. La moraleja: cuando ves al político prometer, agarra la cartera. Y prepárate para el sablazo. Porque, al final, siempre somos los mismos los que pagamos la fiesta.
La Seguridad Social, con la gracia de un elefante en una cacharrería, insiste en subir las cuotas a 500.000 autónomos societarios y colaboradores en 2026. Promesas rotas, ¿dicen? Sí, las mismas que vendían como agua embotellada hace meses. La Federación Nacional de Asociaciones de Trabajadores Autónomos (ATA) lleva meses gritando, pero parece que sus súplicas rebotan en las paredes de un ministerio sordo. El golpe, que se siente especialmente fuerte en los bolsillos de esos autónomos colaboradores – muchas veces mujeres en negocios familiares rurales – se traduce en un sablazo de unos 135 euros al mes. Para la Administración, claro, es una mina de oro: 1.550 millones de euros más al año, según la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal (Airef). Una décima del PIB, para ser exactos. ¿Quién necesita un plan de pensiones cuando tienes a los autónomos para exprimir? La cosa es que esta subida no es un capricho. Es el resultado de una reforma de 2022 que ahora, convenientemente, se aplica sin haber escuchado a los afectados. Junts incluso intentó poner un freno en el Congreso, pero la necesidad de esos 1.550 millones parece ser más fuerte que la palabra dada. La Seguridad Social, con una base mínima que salta de 1.000 a 1.424,40 euros, argumenta que es necesario para equilibrar el sistema. Los autónomos, por su parte, ven un robo a plena luz del día. Y mientras tanto, la Airef confirma que la recaudación será mayor de lo previsto. La guinda del pastel. En resumen, un baile de números y promesas incumplidas donde los autónomos pagan el pato y la Administración celebra la lluvia de millones. Y la pregunta es, ¿cuántas veces más tendremos que ver esta misma película?
El oro sube, los diamantes bajan, y a alguien le sale el cálculo. Mientras tú y yo miramos los precios en el supermercado con lupa, el ajuar del expresidente Zapatero se ha revalorizado en 1,3 millones de euros, según Ansorena y el Instituto Gemológico Español. ¡Un detallito! Oro blanco, diamantes, zafiros… un catálogo de lujos que, casualmente, se ha apreciado justo después de que su gobierno vendiera las reservas del Banco de España a precio de saldo. En 2007, España se deshizo de 4,3 millones de onzas de oro, argumentando que “ya no era rentable”. ¡Vaya ironía! Hoy, esas onzas valdrían casi seis veces más, un pelotazo que podría haber llenado las arcas públicas. La plata, por cierto, ha pegado un salto del 150%. Los diamantes, en cambio, están en crisis por la gema sintética, pero las esmeraldas y los zafiros, más exclusivos, se han disparado. Mientras tanto, un 21% de los españoles guarda joyas como inversión, y un 64% ni siquiera sabe cuánto valen. Las ventas de joyería en España rozan los 2.100 millones de euros, un negocio que no entiende de crisis. ¿Casualidad? Que cada uno saque sus conclusiones. El valor sentimental, según las encuestas, es lo de menos.
Sam Altman, el gurú de OpenAI, parece tener una brújula moral averiada o, simplemente, una cuenta bancaria con un apetito insaciable. Su última ocurrencia, World (antes Worldcoin), una empresa que escanea tu iris para demostrar que eres 'humano' (sí, como en 'Minority Report'), se ha aliado con Jared Leto, un actor con un historial de acusaciones de abuso sexual que harían sonrojar al mismísimo Lucifer. La ironía, señores, es un plato que se sirve frío. La idea, aparentemente, es combatir a los especuladores de entradas para conciertos. El plan maestro: un 'Humans Only Concert' donde los fans de Thirty Seconds to Mars (ojo, no Bruno Mars, ahí hubo un lapsus confusus de proporciones épicas) escanean sus ojos a cambio de una oferta 2x1. Cerca de 1,000 'humanos verificados' cayeron en la trampa, mientras que, según Tools for Humanity (otra creación de Altman), repelieron a más de 100,000 bots. Un triunfo, ¿no? El problema es que entregar tus datos biométricos a una empresa con un historial cuestionable (alegaciones de fraude, explotación en países empobrecidos, prohibiciones en varios países) no suena precisamente a ganga. Y la elección de Leto como embajador, con nueve acusaciones de conducta inapropiada en su contra, es como poner a un pirómano a cargo de la seguridad contra incendios. Para rematar la faena, Altman también ha sido acusado de mala conducta sexual. En resumen, un cóctel molotov de dudosa ética y oportunismo descarado. ¿La solución para un problema de especulación? Crear uno mucho, pero mucho peor. Todo esto, mientras el precio de un café sigue subiendo y la lista de la compra parece una declaración de guerra.
El universo de la NASA, a veces, parece más telenovela que ciencia ficción. El exadministrador Jim Bridenstine, piloto de la Marina, congresista y director de museo (un currículum digno de un anuncio de superhéroe), se sienta a recordar tiempos mejores. ¿Mejores para quién? Para una NASA que, según él, necesitaba un buen sacudón. Y vaya que lo sacudió, especialmente cuando le tocó lidiar con el sablazo de un sector crítico que cuestionaba su nombramiento. En paralelo, mientras Bridenstine evoca sus glorias pasadas, SpaceX decide hacer pública su Oferta Pública Inicial (OPI), una jugada que podría redefinir la industria espacial. Imaginen la lista de la compra: un cohete a 149,99 dólares (con descuento si usas el código IN-COLLECTSPACE, cortesía de collectSPACE.com). Un capricho para el coleccionista, pero un símbolo del creciente interés comercial en el espacio. Pero la cosa no acaba ahí. La NASA defiende su tripulación totalmente masculina para la misión Artemis 3, argumentando que no hay nada que leer entre líneas. ¿En serio? La comunidad científica, comprensiblemente, no se lo cree. Y mientras tanto, científicos proponen rociar químicos en el campo magnético terrestre para protegernos de las tormentas solares. Una solución digna de una película de ciencia ficción barata, pero con un coste que probablemente no aparecerá en la factura del ciudadano de a pie. Quantum Space, por su parte, se prepara para salir a bolsa, y la U.S. Space Force le ha otorgado un contrato Andromeda IDIQ. Todo un negocio, vaya. Rod Pyle y Tariq Malik, los anfitriones de 'This Week In Space', intentan desentrañar este laberinto de noticias espaciales cada viernes. ¿Lograrán mantenernos informados sin que nos dé un ataque de ansiedad existencial?
Un estrella, de esas que pesan tanto que nuestro sol parecería una mota de polvo, decidió desaparecer sin dejar rastro. No una simple implosión, no un agujero negro elegante, sino una evaporación cósmica. La cosa pasó a 1.300 millones de años luz, en una galaxia enana donde, evidentemente, no tienen problemas de gentrificación. Los astrónomos, que andan con la vista clavada en el cielo como quien busca las llaves en el sofá, detectaron la explosión, bautizada como SN 2023vbw, en 2023. Lo curioso es que, en lugar de un fogonazo y un silencio, la luz subió poco a poco durante 190 días, como un recibo de la luz en verano, y luego se apagó. Para que una estrella se desintegre así, tiene que ser de las gordas, de las que pesan entre 170 y 350 veces lo que pesa nuestro sol. Imaginen el sablazo. Al parecer, el núcleo de estas bestias se calienta tanto que empieza a lanzar rayos gamma, que luego chocan con las capas externas y se convierten en electrones y positrones, dejando al núcleo sin soporte. Si además la estrella es 'pobre' en metales pesados (sí, las estrellas también tienen su clase social), la cosa se va de las manos y explota en una serie de explosiones termonucleares que la hacen pedazos. El misterio es que, si estas estrellas se autodestruyen así, ¿dónde están los agujeros negros supermasivos que deberían dejar? Algunos creen que estas 'supernovas de inestabilidad por pares' podrían explicar la falta de agujeros negros en un cierto rango de masa. En resumen, una estrella se esfumó, dejando a los astrónomos rascándose la cabeza y a nosotros preguntándonos si el universo está gastando más de lo que ingresa.
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