Crítica:
El texto es un compendio de noticias sin un hilo conductor claro. Falta profundidad en el análisis de las implicaciones de la OPI de SpaceX y la justificación de la NASA sobre la tripulación Artemis 3.
El texto es un compendio de noticias sin un hilo conductor claro. Falta profundidad en el análisis de las implicaciones de la OPI de SpaceX y la justificación de la NASA sobre la tripulación Artemis 3.
Un estrella, de esas que pesan tanto que nuestro sol parecería una mota de polvo, decidió desaparecer sin dejar rastro. No una simple implosión, no un agujero negro elegante, sino una evaporación cósmica. La cosa pasó a 1.300 millones de años luz, en una galaxia enana donde, evidentemente, no tienen problemas de gentrificación. Los astrónomos, que andan con la vista clavada en el cielo como quien busca las llaves en el sofá, detectaron la explosión, bautizada como SN 2023vbw, en 2023. Lo curioso es que, en lugar de un fogonazo y un silencio, la luz subió poco a poco durante 190 días, como un recibo de la luz en verano, y luego se apagó. Para que una estrella se desintegre así, tiene que ser de las gordas, de las que pesan entre 170 y 350 veces lo que pesa nuestro sol. Imaginen el sablazo. Al parecer, el núcleo de estas bestias se calienta tanto que empieza a lanzar rayos gamma, que luego chocan con las capas externas y se convierten en electrones y positrones, dejando al núcleo sin soporte. Si además la estrella es 'pobre' en metales pesados (sí, las estrellas también tienen su clase social), la cosa se va de las manos y explota en una serie de explosiones termonucleares que la hacen pedazos. El misterio es que, si estas estrellas se autodestruyen así, ¿dónde están los agujeros negros supermasivos que deberían dejar? Algunos creen que estas 'supernovas de inestabilidad por pares' podrían explicar la falta de agujeros negros en un cierto rango de masa. En resumen, una estrella se esfumó, dejando a los astrónomos rascándose la cabeza y a nosotros preguntándonos si el universo está gastando más de lo que ingresa.
Japón nos ha mandado un Transformer al espacio. Sí, un Transformer de verdad, aunque del tamaño de una pelota de tenis. Mientras nosotros peleamos por un hueco en el parking, la Agencia de Exploración Aeroespacial Japonesa (JAXA) y Sony han diseñado un robot esférico llamado SORA-Q (espacio + esfera, por si acaso) que se transforma para rodar por la luna. ¿La misión? Allanar el camino para robots lunares autónomos más pequeños. SORA-Q viajó a bordo del SLIM, la primera misión japonesa en aterrizar suavemente en la luna en enero de 2024, junto a otro robot, LEV-1, una especie de saltamontes lunar. La cosa es que este robot no es cosa de ingenieros aeroespaciales al uso; Takara-TOMY, los reyes de los juguetes (sí, los de los Transformers con Hasbro) pusieron su granito de arena, usando su experiencia para que SORA-Q se desplegara como si saliera de una caricatura. El robot se estiró, desplegó ruedas y una cámara, y se puso a explorar cerca del cráter Shioli, dentro del cráter Cyrillus (98 kilómetros de diámetro, para que te hagas una idea), en Mare Nectaris. La comunicación se cortó después de 100 minutos, probablemente porque LEV-1, el saltamontes, se quedó sin pilas o se rompió al dar sus saltitos, impidiendo que SORA-Q enviara sus datos. El equipo de Daichi Hirano, responsable del proyecto, argumenta que la clave está en la autonomía y el tamaño: mejor dos robots pequeños que uno grande y caro. Una inversión, en definitiva, para explorar rincones inaccesibles.
La búsqueda de un 'sí' rotundo en la prueba de embarazo, esa odisea moderna que puede costar un riñón (literalmente, hasta 30.000 dólares en EE.UU.) y un quebradero de cabeza emocional, está a punto de cambiar. Científicos en Viena y Texas, armados con células madre y una buena dosis de ingenio, han logrado crear 'blastoides': embriones de laboratorio que imitan a los reales, pero sin el drama del esperma y el óvulo. ¿El objetivo? Desentrañar por qué tantas gestaciones fracasan, una estadística que ronda el 60% en las transferencias de IVF. En el laberinto de la fertilidad, donde cada ciclo es un 'sablazo' emocional y económico, estas réplicas celulares permiten observar el momento crucial de la implantación, algo antes imposible. Hasta ahora, los investigadores se conformaban con 'instantáneas' de embriones extraídos en intervenciones o abortos. Ahora, pueden 'pinchar' y 'perturbar' estos modelos en una placa de Petri, como dice Peter Rugg-Gunn de Cambridge. El equipo de Nicolas Rivron ha conseguido que estos blastoides se implanten en modelos artificiales del endometrio con un éxito del 80%. Jun Wu, en Texas, ha descubierto que el tejido de mujeres con historial de fallos de IVF reduce la tasa de implantación al 20%. Y, lo que es más prometedor, han identificado fármacos que podrían aumentar las tasas de éxito hasta en un 60%. Empresas como Simbryo Technologies ya ofrecen pruebas predictivas para evaluar la viabilidad de la transferencia, mientras que dawn-bio busca optimizar las condiciones de crecimiento embrionario. La meta, ambiciosa, de Peter Greiner es alcanzar una tasa de 'bebé sano' del 100%. Pero la ciencia avanza a pasos agigantados, descubriendo 'botones de pausa' en el desarrollo embrionario y genes clave para la implantación. Un territorio éticamente inexplorado, donde algunos científicos, como Jacob Hanna, sueñan con cultivar embriones hasta las 70 días para obtener óvulos para mujeres infértiles. Una frontera que, según Emma Cave de Durham University, exige una regulación cuidadosa para evitar caer en la 'ectogénesis' completa, un escenario aún lejano pero inquietante.
La expedición Shenzhou 21, un culebrón espacial de 210 días, ha concluido con un aterrizaje en Mongolia Interior. Un récord de permanencia en la estación Tiangong, salpicado de imprevistos dignos de una serie de Netflix. Resulta que la cápsula de regreso original, la Shenzhou 20, amaneció con una grieta en la ventana, cortesía de un 'recuerdo' de basura espacial. Imagínense la escena: los astronautas de la 20, a punto de hacer la maleta, y zas, un sablazo de micrometeorito. Demasiado riesgo para volver en ella, así que cedieron su asiento a la tripulación recién llegada, dejándolos temporalmente 'varados' en la órbita. Una movida que, en la lista de la compra de problemas espaciales, está cerca del desastre. China, sin embargo, no se anduvo con chiquitas: aceleró el lanzamiento de la Shenzhou 22 (sin tripulación, ojo) para rescatar a los astronautas Zhang Lu, Wu Fei y Zhang Hongzhang. Wu Fei, con 32 años, se convirtió en el astronauta chino más joven en viajar al espacio, y aprovechó para soltar una frase motivacional digna de un anuncio de coches: “La juventud más hermosa es responder al llamado de la patria”. La Shenzhou 21 realizó tres paseos espaciales y experimentos en microgravedad, ciencia de materiales y medicina aeroespacial. Mientras tanto, la Shenzhou 20, la que casi se quedó sin billete de vuelta, regresó a la Tierra vacía en enero. Ahora, la Shenzhou 23, con Zhu Yangzhu, Zhang Zhiyuan y Lai Ka-ying (el primer astronauta de Hong Kong en el espacio), ha tomado el relevo. Uno de ellos se quedará un año completo en Tiangong, otro hito para el programa espacial chino. Todo un drama, a 400 kilómetros de altura.
La infertilidad masculina, un tema tabú y sorprendentemente común (afecta a 1 de cada 10 parejas), tiene un nuevo aspirante a salvador: Paterna Biosciences. Esta startup estadounidense promete fabricar espermatozoides en laboratorio a partir de células madre testiculares, una noticia que podría cambiar la vida de muchos. ¿Demasiado bueno para ser verdad? Los expertos se muestran cautelosos, recordando el fiasco de Kallistem en 2015, que hizo promesas similares sin ofrecer resultados tangibles. Paterna afirma obtener entre “decenas y decenas de miles” de espermatozoides por muestra, incluso capaces de fertilizar óvulos y generar embriones. Sin embargo, la empresa se niega a publicar pruebas, invocando la protección de su propiedad intelectual, una estrategia que levanta más sospechas que esperanzas. El quid de la cuestión no es solo si pueden fabricar esperma, sino si este esperma es seguro. El proceso de meiosis, esencial para la creación de espermatozoides, es un campo minado genético donde los errores pueden tener consecuencias devastadoras. Pero la verdadera bomba está por llegar: para muchos hombres con infertilidad genética, esta técnica podría ser inútil a menos que se combine con la edición genética CRISPR, abriendo la puerta a la creación de “bebés diseñados”. Alex Pastuszak, cofundador de Paterna, no descarta esta posibilidad, argumentando que el objetivo es ayudar a la mayor cantidad de personas posible. ¿Un acto de altruismo o el inicio de una nueva era de eugenesia? La pregunta sigue en el aire. Mientras tanto, la esperanza, y el escepticismo, siguen fermentando en los laboratorios de fertilidad de todo el mundo.
Un agujero negro dormilón, a 10.000 millones de años luz. ¿Y a nosotros qué? Pues que la NASA, con su James Webb, ha encontrado un bicho cósmico que ni se inmuta, en una galaxia llamada MRG-M0138. Básicamente, es como el vecino que nunca saca la basura, pero a escala galáctica. Lo interesante es que este agujero negro, con una masa 6.000 millones de veces la del Sol, se observa como era el universo cuando tenía apenas tres mil millones de años, un cuarto de su edad actual. La hazaña, publicada en 'Science' el 4 de junio, no sería posible sin el 'lente gravitacional', un truco de la luz que amplía la imagen 30 veces. Imaginen intentar ver un grano de arena en la playa desde la luna; eso es lo que han hecho, pero con telescopios y matemáticas complejas. Andrew Newman, de Carnegie Science, y su equipo han medido la masa del agujero negro, pero no lo han despertado. La galaxia MRG-M0138, además, está callada, sin estrellas nuevas formándose. Antes, según teorizan, debió ser un 'quasar', una farola cósmica que ahora se ha apagado. En resumen, la NASA ha encontrado un agujero negro con resaca, en un universo joven. Y con eso, pretenden entender cómo evolucionan las galaxias. ¿El coste? Incalculable. ¿La utilidad inmediata? Cero. Pero, bueno, siempre es bueno saber que hay agujeros negros durmiendo a 10.000 millones de años luz, mientras nosotros intentamos pagar la hipoteca.
La luna, esa vecina de la noche que nos roba el sueño a algunos y la cordura a otros, ha decidido regalarnos un 'Blue Moon'. No, no es que se haya puesto triste, ni que le falte dinero para pagar el alquiler. Simplemente, es la segunda luna llena de mayo de 2026. ¿Y eso qué significa? Pues que el calendario, como buen burócrata, ha decidido que este fenómeno ocurre cada 2.5 años, más o menos. Lo que viene a ser como esperar el próximo sablazo en la factura de la luz. Picos de iluminación a las 4:45 a.m. EDT (0845 GMT) del 31 de mayo, para los que madruguen más que un vendedor de churros. Para los demás, la luna asomará por el este al atardecer del 30 de mayo. Y si se portan bien, incluso podrán verla cerca de Antares, una estrella roja que parece un semáforo en rojo en medio del cielo. Pero, ¿por qué 'Blue Moon'? No esperen que se ponga morada ni que empiece a cantar el blues. Es una tradición, un nombre bonito para un evento que, en realidad, no tiene nada que ver con el color. Es como llamar 'Ferrari' a un SEAT Panda. O 'oportunidad' a un ERE. Y para los más cinéfilos, los que quieran capturar la estampa, ya existen guías y hasta binoculares de 50 dólares para no perderse ni un cráter. Así que, ya saben, levanten la vista y disfruten del espectáculo. Porque, al final, la luna es gratis, y en estos tiempos, eso es un lujo.
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