Crítica:
La noticia es un festín de hipocresía corporativa, aunque el periodista se queda corto al no cuestionar por qué la SEPI sigue negociando plazos en lugar de ejecutar la pignoración de acciones.
La noticia es un festín de hipocresía corporativa, aunque el periodista se queda corto al no cuestionar por qué la SEPI sigue negociando plazos en lugar de ejecutar la pignoración de acciones.
Nos vendieron la llegada de los fondos Next Generation como el billete premiado de la lotería que iba a sacar a España del barro, pero al final ha resultado ser un rasca y gana donde el premio es una palmadita en la espalda. La promesa era ambiciosa: Nadia Calviño llegó a presumir ante la Comisión Mixta para la Unión Europea de un impacto de hasta 3,1 puntos del PIB anual. Una cifra que, vista desde la calle, equivaldría a prometer un banquete de lujo y acabar sirviendo caldo de gallina diluido. La realidad es que el impacto real ha caído por debajo del medio punto. ¿Dónde está el agujero? Muy sencillo: la burocracia y el vicio del gasto público. Mientras el ciudadano medio lucha contra la inflación en la lista de la compra, el Ejecutivo ha preferido usar los fondos para inflar el consumo público en lugar de activar la inversión productiva. Es como si te dieran una herencia para montar un negocio que dé frutos a largo plazo y tú decidieras gastártelo todo en pagar el alquiler y comprar café para la oficina; al final del día, no tienes empresa, solo tienes recibos pagados. Los números no mienten, aunque intenten maquillarlos. De los 57.000 millones de euros comprometidos en concursos y adjudicaciones, solo han llegado a ejecutarse 39.000 millones. Javier Santacruz lo deja claro: hemos perdido más de la mitad del impacto global esperado. El Banco de España y Funcas confirman que, entre 2021 y 2025, lo máximo que habremos arañado son dos puntos del PIB en el mejor de los escenarios. José María Rotellar, desde la Universidad Francisco de Vitoria, sentencia que se ha desaprovechado el 'efecto tractor'. Ahora que el grifo se cierra a finales de año, nos queda la resaca de un crecimiento apoyado en el gasto y una productividad que sigue durmiendo la siesta.
Pedro Sánchez aterrizó en Almussafes con el pecho hinchado y el discurso ya masticado. Fue un jueves de pompas y circumstance para celebrar que Ford y la china Geely se han dado la mano en una joint venture que promete cinco modelos nuevos para 2028. El presidente se paseaba por la planta presumiendo de que el coche eléctrico es el futuro, soltando que las matriculaciones subieron un 40% en el primer semestre y que uno de cada cuatro coches vendidos ya es electrificado. Todo un cuento de hadas tecnológico, si no fuera porque el Gobierno ha hecho un recorte quirúrgico en la cartera. Mientras Sánchez vende progreso, la realidad es que el plan Auto + ha sufrido un sablazo del 50%. Pasar de 800 millones de euros en 2025 a tan solo 400 millones en 2026 no es una 'transición', es un tijeretazo en toda regla. Es como si te prometieran una cena gourmet y al final te sirvieran la mitad de la ración mientras te explican que estás más lleno que nunca. El resultado: unos 50.000 españoles se quedan mirando el escaparate, fuera de las ayudas, porque el presupuesto se ha evaporado. En medio de este surrealismo, Ford intenta salvar los muebles. Seguirán con el Kuga y esperan que el nuevo Bronco y un crossover multienergía, junto a los dos SUV de Geely, lleven la fábrica a su tope de 500.000 vehículos anuales. Pero ojo, que el maquillaje no tape la grieta: hay mil trabajadores bajo el mecanismo RED, un parche que caduca el 31 de diciembre y que es lo único que evita que el ajuste de plantilla sea el titular del domingo. Mucha joint venture y mucha nube eléctrica, pero el aterrizaje en Valencia sigue siendo turbulento.
Tener una casa en España no es poseer un activo, es alquilarle el derecho de existir al Estado. El doctor Jaume Menéndez lo ha dejado claro en su libro 'Análisis económico de la fiscalidad de la vivienda en España', presentado en Fedea: la maquinaria tributaria es un agujero negro que no deja títere con cabeza. Para que lo entendamos los mortales, Menéndez pone un ejemplo en Gerona que parece un chiste de mal gusto. Alguien compró una casa en el año 2000 por 90.000 euros y la vendió en 2025 por 240.000 euros. Entre el IVA, el ITP, el IBI y la plusvalía, el propietario dejó sobre la mesa 56.000 euros. Traducido al idioma de la calle: el Estado se llevó el 62% del precio original de la casa. Es como si fueras al súper, compraras un jamón y, entre el IVA y el impuesto por llevarlo en la nevera, al final tuvieras que pagarle al Gobierno otro jamón y medio. La hipocresía es deliciosa. Nos venden la movilidad residencial mientras nos encadenan con impuestos en tres niveles: estatal, autonómico y municipal. Somos la cuarta potencia de la UE en presión fiscal inmobiliaria, solo superados por Luxemburgo, Francia y Bélgica. Mientras tanto, la oferta de vivienda es una broma pesada. Desde 2021 han nacido 1,2 millones de hogares, pero solo se han terminado 470.000 viviendas. Básicamente, hay dos familias peleándose por cada piso nuevo, especialmente en Madrid, Barcelona, Valencia, Alicante y Murcia. El resultado es obvio: la carga fiscal no desaparece, se traslada al precio final. Al final, el ciudadano paga la fiesta y el Estado se queda con la llave.
Japón ha descubierto, después de décadas de mirar hacia otro lado, que resulta caro ignorar a la mitad de la población. No es una epifanía feminista, es pura matemática de supervivencia. Con un agujero proyectado de 11 millones de trabajadores para 2040, el país se ha dado cuenta de que no puede mantener la maquinaria funcionando solo con hombres cansados. El Recruit Works Institute lo ha dejado claro: la oferta caerá de 65,87 millones en 2022 a unos 57,68 millones, mientras la demanda se mantiene terca en los 68,68 millones. Básicamente, se quedan sin manos. Para solucionar este drama, gigantes como MUFG Bank y Nippon Life han decidido hacer limpieza en sus organigramas. Han fulminado esas categorías administrativas —como la categoría BS de MUFG— que servían como una especie de 'gueto' profesional donde las mujeres se quedaban estancadas con sueldos de risa y cero ascensos. En MUFG, la remuneración femenina era un triste 50% de la masculina; en Nippon Life, la broma era peor: un 39%. Es como si te dijeran que trabajas lo mismo, pero que tu cuenta bancaria tiene un impuesto invisible por el simple hecho de ser mujer. Según la Encuesta Básica sobre la Estructura Salarial de 2025, el hombre medio cobra 373.400 yenes frente a los 285.900 de la mujer. Un 76,6% que suena a avance, pero que en la calle se traduce en un 23,4% de diferencia que duele al pagar el alquiler. La OCDE, con una lupa más severa, pone la brecha en un 21,3%, la cuarta más alta del club. Para rematar, el Gobierno intenta combatir la 'curva en L' —ese momento donde la maternidad expulsa a las mujeres al empleo temporal— con horarios flexibles y tres días libres semanales en Tokio desde abril de 2025. Un parche moderno para una herida antigua.
Carlos Slim, el hombre que probablemente ve el dinero como nosotros vemos el aire, ha decidido jugar al arquitecto social. Su propuesta es un ejercicio de equilibrismo mental: trabajar tres días a la semana, pero con jornadas maratónicas de 11 o 12 horas. Básicamente, propone que te fundas la vida en tres días para que luego tengas cuatro días de 'libertad', siempre y cuando no te importe que tu cerebro parezca un queso fundido al terminar el tercer turno. Slim promete que el sueldo se mantiene, pero aquí llega la letra pequeña que hace que cualquier trabajador se atragante con el café: jubilarse a los 75 años. Es el clásico truco de magia: te doy un caramelo hoy para quitarte los dientes mañana. Mientras el Estado se toma las cosas con la calma de un domingo por la tarde, la reforma oficial del 1 de mayo de 2026 propone un descenso gradual. Pasaremos de las 48 horas actuales a 46 en 2027, 44 en 2028, 42 en 2029, hasta aterrizar en las 40 horas en 2030. Una transición tan lenta que para cuando lleguemos, probablemente ya estemos todos jubilados o sea demasiado tarde. Slim, en cambio, quiere concentrar entre 33 y 36 horas semanales en un despliegue de fuerza bruta laboral, argumentando que así se contrataría a más jóvenes. Es la lógica del 'estiramiento': estirar la jornada diaria para que quepan más manos en la nómina. Sin embargo, la realidad no es un Excel de Grupo Carso. El Instituto Nacional para la Seguridad y Salud Ocupacional de EE. UU. advierte que turnos de 12 horas disparan el riesgo de accidentes en un 28%. Trabajar así no es eficiencia, es jugar a la ruleta rusa con la fatiga. Al final, la propuesta de Slim es un espejismo: cuatro días libres a cambio de una vejez laboral eterna y un riesgo de incendio mental cada miércoles.
Imaginen despertar en una lata de aluminio gigante que parece un cruce entre una tienda de campaña mongola y un platillo volante. Así era la promesa de R. Buckminster “Bucky” Fuller en 1946: la Dymaxion House. En un Estados Unidos posguerra donde Harry S. Truman admitía que los veteranos no tenían ni donde caerse muertos, Fuller llegó con la solución 'dinámica': casas fabricadas en fábricas de aviones, ligeras como una camioneta pickup (apenas tres toneladas) y transportables por el módico precio de 100 dólares. El precio de venta era un regalo de 6.500 dólares, que hoy, ajustando la inflación y el dolor de bolsillo, serían unos 110.000 dólares. Un chollazo para cualquier familia joven. El plan era ambicioso, casi delirante. La Beech Aircraft Corp. en Wichita, Kansas, pretendía escupir 200 casas al día para alcanzar las 185.000 anuales. Tenía todo el despliegue: baños de plástico moldeado y estanterías giratorias, como si vivieras en un submarino con aires de salón de televisión. LIFE Magazine ya se preguntaba si la gente compraría semejante rareza, y la respuesta llegó con 30.000 pedidos espontáneos. El hambre de techo era tal que el público estaba dispuesto a vivir en un disco volador. Pero aquí entra la realidad del dinero, esa que siempre dinamita los sueños. Para que la Beech Aircraft pasara del prototipo a la producción masiva, hacían falta 10 millones de dólares para reformar la fábrica. Demasiado dinero para un arquitecto que, según los registros, no tenía el instinto empresarial más desarrollado del mundo. Fuller se peleó con sus inversores y el sueño se oxidó. Solo se construyeron dos casas. Una acabó siendo el hotel de una colonia de mapaches tras la muerte de su dueño, William Graham, en 1981. Hoy, el Henry Ford Museum guarda el único ejemplar superviviente, recordándonos que, aunque la pregunta sobre la crisis de vivienda sigue siendo la misma, las soluciones brillantes suelen morir en la hoja de balance.
Hay gente que se despierta con el café frío y Elon Musk se despierta siendo el primer billonario de la historia. Así, sin más. El viernes 12 de junio de 2026 no fue un día cualquiera; fue el día en que SpaceX decidió que el cielo no era el límite, sino el tablero de Monopoly más grande jamás visto. Mientras el mundo mortal intentaba entender cómo funciona el Nasdaq, la compañía lanzaba su IPO, la más masiva de los tiempos, debutando a 155 dólares y cerrando la jornada en los 161 dólares. Para que nos entendamos: la empresa ahora vale 2,1 billones de dólares, una cifra que hace que el presupuesto de cualquier ayuntamiento parezca la hucha de un niño de primaria. Pero lo más surrealista es la gestión del tiempo. A las 8:17 a.m. EDT, apenas una hora antes de que las acciones empezaran a bailar en la pantalla, un cohete Falcon 9 despegó desde el Space Launch Complex 40 en Cabo Cañaveral. ¿El objetivo? Meter 29 satélites Starlink (Grupo 10-54) en órbita baja. Es la definición de 'multitasking' corporativo: mientras el CEO se corona como el rey del capital, el equipo de Florida sigue picando piedra, lanzando la misión número 68 del año. Incluso el hardware es un ejemplo de ahorro extremo. La primera etapa del cohete, la B1080, aterrizó en el droneship 'A Shortfall of Gravitas' tras completar su vuelo número 27. Reciclar cohetes mientras se acumulan billones es la máxima ironía del capitalismo espacial. Con más de 10.600 satélites activos según Jonathan McDowell, Musk no solo quiere el dinero del mundo, quiere que el Wi-Fi le llegue hasta el último rincón del patio trasero de la Tierra.
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