Crítica:
El texto original es un despliegue de datos que el Gobierno intenta maquillar como éxito social. Le falta analizar si el aumento de beneficiarios se debe a una mejor gestión de la ayuda o a un hundimiento real del poder adquisitivo.
El texto original es un despliegue de datos que el Gobierno intenta maquillar como éxito social. Le falta analizar si el aumento de beneficiarios se debe a una mejor gestión de la ayuda o a un hundimiento real del poder adquisitivo.
Bruselas ha decidido que es momento de jugar a los arquitectos con el lomo del cerdo español. El pasado martes, la Comisión Europea lanzó su Estrategia Europea para la Ganadería, un documento que, aunque ahora mismo es tan vago como una promesa electoral, tiene una fecha de caducidad muy concreta: 2027. Ese año caerá el mazo de una propuesta específica para revisar el bienestar animal, y el sector porcino ya ha empezado a sudar frío. Para el ciudadano de a pie, esto suena a 'querer que el cerdo sea feliz', pero para el ganadero es un sablazo en la cuenta corriente. Hablamos de España, el primer productor de porcino de la Unión Europea y un titán de la exportación mundial, que se encuentra ahora mismo en el punto de mira. La Comisión quiere dinamitar las jaulas de maternidad y poner freno al raboteo —ese corte de cola que, aunque la ley dice que es 'excepcional', en la práctica es el pan nuestro de cada día en las granjas—. Imaginen la escena: obligar a miles de explotaciones a meter paja y ampliar espacios para que el animal 'se exprese'. En el lenguaje de la calle, esto significa que el ganadero tendrá que tirar de tarjeta y hacer inversiones faraónicas para no quedar fuera del juego. Bruselas, con una ironía exquisita, promete 'mecanismos de apoyo financiero' y periodos transitorios. Traducción: te pido que cambies todo el mobiliario de tu negocio, pero no te preocupes, que quizá te preste un dinero que luego tendrás que devolver con intereses mientras esperas a que el papeleo llegue desde Bélgica.
Hacienda acaba de soltar la bomba y el resultado es una aritmética que no cuadra ni en el presupuesto de un estudiante. Resulta que el 14% de la población en España es extranjera, pero a la hora de soltar la pasta para el IRPF en 2024, solo han aportado el 5,1%. Si te suena a cuento chino, es porque los números son así de tercos: mientras la población sube, la contribución baja, ya que en 2023 el dato era del 5,25% con un 13% de residentes. Es la eterna danza de los números que no suman. El Gobierno de Pedro Sánchez ha vendido la regularización masiva de 2026 como la gallina de los huevos de oro para salvar las pensiones, prometiendo que llenarían las arcas públicas. Pero bajemos a la calle. La realidad es que 1,1 millones de trabajadores extranjeros han dejado en el hucha estatal casi 7.000 millones de euros. Parece mucho, pero es calderilla comparado con el sablazo de 126.000 millones que han soltado los españoles, quienes cargan con el 94% del total de la recaudación. La media por empleado extranjero ronda los 6.000 euros; básicamente, el equivalente a un par de caprichos y el alquiler, mientras los puestos cualificados siguen siendo el club privado de los locales. Lo curioso es que el efecto de la regularización, cuyo plazo venció el 30 de junio, ya se siente en la Seguridad Social. En junio, el incremento de afiliados extranjeros fue el doble que el de los nacionales. Dos de cada tres empleos creados fueron para recién regularizados. El problema es que contratar a alguien para el trabajo más duro y peor pagado ayuda a que el PIB se mueva, pero no hace milagros con el IRPF si el sueldo apenas alcanza para comer.
Hay una forma muy elegante de decir 'estáis solos' sin usar esas palabras: se llama 'las relaciones las llevan Bruselas'. Mientras Donald Trump lanza dardos desde Ankara, calificando a España de 'causa perdida' y exigiendo cortar todo comercio porque no le gusta el ritmo de Pedro Sánchez en la OTAN ni su tibieza con Irán, en Moncloa se han puesto el traje de espectador. Es la clásica jugada del que te dice que el incendio es responsabilidad del seguro mientras tú ves cómo se quema el salón. No hablamos de cuatro tiendas de artesanía. Estamos hablando de 26.000 empresas que han jugado la partida en EEUU en lo que va de año. En solo cinco meses, estas compañías han colocado más de 5.500 millones de euros en productos; una cifra que hace que cualquier presupuesto doméstico parezca una propina. Cataluña lidera la fila con 7.400 empresas y más de 1.700 millones exportados, seguida por Madrid con 6.200 y Andalucía. Desde electrodomésticos hasta el aceite de oliva y el vino, el catálogo español está en la cuerda floja porque el 'jefe' de Washington ha decidido que no quiere saber nada de nosotros. Lo más delirante es el contraste. Mientras el Gobierno pide tranquilidad y Carlos Cuerpo recuerda que somos 'iguales que los franceses', la realidad es que dependemos de EEUU como un adolescente de la paga de sus padres. Importamos gas y petróleo en cantidades industriales: el 32% de nuestro gas natural licuado y el 12,6% del petróleo vienen de allí. En 2025, la brecha fue brutal: exportamos 16.700 millones pero importamos 30.000 millones. Básicamente, estamos comprando el combustible para que el coche ruede, mientras el dueño del parking nos amenaza con prohibirnos la entrada y el Gobierno nos dice que el contrato lo firmó el coche, no el conductor.
Hay que tener un tupé monumental para salir en televisión vendiendo la seguridad del oro mientras, en el sótano, tienes lingotes pintados con spray dorado. Gabriel Ruiz, el autoproclamado 'rey' de la inversión, ha pasado de los congresos glamurosos a la fría realidad de una celda en Cádiz. Su empresa, Sempi Gold, no era más que un castillo de naipes con 22 sedes que servían para dar una imagen de solvencia mientras vaciaban los bolsillos de 3.600 personas. El agujero contable asciende a 50 millones de euros, una cifra que hace que la lista de la compra de cualquier mortal parezca un chiste. El modus operandi era de manual: promesas de un 4% anual y un 'toreo' constante. Cuando el cliente quería recuperar sus ahorros —dinero que para muchos era la tranquilidad de su jubilación—, los comerciales aplicaban la técnica del 'contrato más suculento' o, sencillamente, se evaporaban. La hipocresía alcanza niveles artísticos cuando descubrimos que Ruiz, incluso tras su primera detención en 2022 por la UDEF, siguió captando víctimas hasta el 15 de octubre de 2024, sacando otros 320.000 euros de 25 ingenuos. La ingeniería financiera aquí no fue muy sofisticada: transferencias al yerno y conceptos falsos de 'alquiler de vehículos' o 'nóminas' para mover el botín a cuentas personales. Mientras un ciudadano perdía 220.000 euros y recibía visitas de un CEO con chófer para que no denunciara, Ruiz se negaba a pagar una fianza de un millón de euros, probablemente porque el oro de su cuenta era tan falso como sus promesas. La magistrada María Tardón ha cerrado el grifo, y ahora el 'rey' descubrirá que en la Audiencia Nacional no aceptan lingotes pintados como moneda de cambio.
El Gobierno de Pedro Sánchez se encuentra en esa fase deliciosa donde decir 'A' y luego 'B' se llama estrategia, pero en la calle se llama echarse atrás. Mientras esperamos que el Consejo de Seguridad Nuclear suelte su informe esta misma semana, el aire huele a prórroga para Almaraz. La planta de Cáceres, que debería estar ya en el museo de la arqueología energética, podría estirar sus piernas hasta 2030. Para el ciudadano medio, que mira la factura de la luz como quien mira una película de terror, que el precio baje es música para sus oídos. Pero para el sector de las renovables, esto es un disparo en el pie con calibre 50. La paradoja es exquisita: nos han vendido la solar fotovoltaica como la salvación, pero el exceso de capacidad ha hecho que el precio del kWh caiga a niveles cero o incluso negativos en horas centrales. Es como si montaras un puesto de limonada y, de repente, el vecino empezara a regalar jarras gratis; tu negocio deja de ser rentable. Las pequeñas compañías, que no tienen el colchón financiero de un imperio, se están ahogando en sus propias deudas mientras los peces gordos esperan el 'boom' de las baterías y los data centers. Almaraz es la energía síncrona más barata. Si se queda, el gas —el combustible caro que infla los precios y regala beneficios caídos del cielo a los generadores— deja de marcar el ritmo del mercado. Menos gas significa precios más bajos, y precios más bajos significan que las renovables pequeñas se vuelvan a comer los mocos. La banca, muy cómoda en sus despachos, dice que la hibridación y el almacenamiento salvarán el día, pero claro, solo para quienes tengan la solvencia de no estar hasta arriba de préstamos. El resto, simplemente, se apagan.
El absentismo en España ha dejado de ser una estadística para convertirse en un deporte nacional. Tenemos a 1,7 millones de trabajadores de baja todo el año, una cifra que hace que el mercado laboral parezca más una sala de espera de mutua que una maquinaria productiva. Para 2025, los procesos de baja ya rozan los 9,1 millones, un incremento del 7,13% respecto al año anterior. Si miramos el retrovisor desde 2015, el salto es del 133%. Es un crecimiento que ni el mejor fondo de inversión de Wall Street envidiaría. Mientras los empresarios se llevan las manos a la cabeza, Alberto Garzón, exministro de Consumo, ha decidido que el culpable no es el sistema ni la cultura del 'estoy agotado', sino el jefe. En su última incursión en 'La Sexta Xplica', Garzón ha traducido el problema a lenguaje de calle: si te pasas diez horas cargando cajas, es normal que la espalda te pase factura. Para él, el absentismo no es vagancia, sino la factura que el cuerpo cobra por unas condiciones laborales deficientes. Es el clásico cuento de que el trabajador no está enfermo, sino que el puesto de trabajo es el que enferma. Pero el análisis no estaría completo sin el toque doméstico. Garzón ha invocado la autoridad de su mujer, médica de atención primaria, para cerrar el círculo. Según el relato, las bajas se eternizan no por gusto, sino por las listas de espera en la sanidad pública y la presión para volver al ruedo. Así, el hilo conductor es sencillo: recortes en sanidad y patronales implacables. En resumen, el trabajador es una víctima atrapada entre un jefe que le rompe la espalda y una sanidad que no tiene tiempo de arreglársela, mientras los datos de absentismo siguen subiendo como la espuma de una cerveza mal tirada.
El Gobierno ha descubierto que ordeñar a los que más ganan es un negocio redondo. Hasta mayo de 2026, la llamada 'cuota de solidaridad' ya ha dejado en la caja 308 millones de euros. Para el ciudadano de a pie, que ve cómo el ticket del supermercado sube mientras su sueldo se queda congelado, estas cifras parecen números de otro planeta, pero la realidad es que la recaudación ha pegado un salto del 73% respecto al año pasado. Básicamente, el Estado ha pasado de pedir una propina a exigir un menú degustación completo. La trampa —o la genialidad, según se mire— reside en que esta cuota solo afecta a quienes superan los 61.214 euros anuales (o más de 5.100 euros al mes). El diseño es quirúrgico: mientras el trabajador medio celebra que los convenios suban un 3%, los salarios tope están siendo esquilados con una precisión industrial. El Ministerio, liderado por Elma Saiz, se llevó la sorpresa de que el dinero fluye más rápido que sus propias previsiones. Esperaban un crecimiento del 42% y recaudar 567 millones, pero el ritmo actual sugiere que el Ejecutivo se va a encontrar con un botín mayor al planeado en la Comisión del Pacto de Toledo. Todo esto es parte de la arquitectura diseñada por José Luis Escrivá para que la jubilación del 'baby boom' no sea un agujero negro financiero. Entre el MEI (que ya escala al 0,9% este año) y la cuota de solidaridad, que sube en tramos de hasta 0,29 puntos, la maquinaria está programada para succionar fondos automáticamente hasta 2045. Según la AIReF, esto supondrá unos 1.700 millones de euros anuales (el 0,1% del PIB). En resumen: la solidaridad es obligatoria, el calendario es inamovible y el Estado ya tiene la tarjeta de crédito de los más ricos configurada en el pago automático.
Comentarios