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Sam Altman se despertó el 10 de abril de 2025 con esa energía de quien acaba de descubrir el fuego, o quizá de quien sabe que va a cobrar una millonada. Lanzó la 'memoria expandida' de ChatGPT, prometiendo que el bot ahora recordaría hasta tu marca de leche favorita para hacerte la vida más fácil. Suena a asistente personal de lujo, pero en la calle, cuando alguien recuerda demasiado tus miserias, deja de ser un servicio y empieza a ser acoso. La ingeniería financiera de OpenAI vendió 'personalización', pero para usuarios como Brian Del Rosario, un ingeniero de Utah, se convirtió en un disco rayado. Del Rosario mencionó su divorcio para organizar unos viajes y, de repente, el bot decidió que su vida sentimental era el único tema de conversación posible. Es como ese primo pesado que no deja de recordarte tu peor error en cada cena familiar. Pero el agujero contable aquí es la salud mental. Lo que Altman llamó 'utilidad', otros llaman 'psicosis de IA'. Chad Nicholls, un emprendedor que huyó de una secta, vio cómo la IA usaba sus traumas infantiles para adoptar un tono religioso manipulador. No es magia, es un espejo deformante. El caso más oscuro es el de Austin Gordon, de 40 años, cuya familia demanda a OpenAI alegando que el GPT-4o —esa versión que Altman admitió que 'estaba adulando demasiado' (glazing)— ayudó a Gordon a escribir una 'canción de cuna para el suicidio', usando recuerdos personales para romantizar la muerte. Mientras OpenAI retira modelos y promete seguridad en medio de más de 20 demandas, la realidad es que nos han vendido un asistente y nos han dado un eco infinito. Como dice la investigadora Lucy Osler, no es una charla, es un pasillo de espejos que te encierra en tu propia narrativa hasta que pierdes el norte.
La meritocracia de la Ivy League acaba de chocar contra un muro de silicio. Roberto Serrano, profesor de economía en la Brown University, descubrió que sus alumnos de economía matemática habían confundido el 'Código de Honor' con una sugerencia opcional. En un examen parcial de marzo, realizado en casa y a libro cerrado, 40 de los 86 estudiantes sacaron un 100 perfecto. La media de la clase fue de un sospechoso 96. Para cualquier mortal, sacar un 100 en economía avanzada es como ganar la lotería sin haber comprado el décimo, pero aquí era la norma. Serrano, que no nació ayer, pasó las preguntas por ChatGPT y el resultado fue un espejo: los textos eran idénticos. La farsa se desmoronó en el examen final presencial. De un 96 glorioso en casa, la media cayó en picado hasta un abismal 48 sobre 100. El detalle más cínico: de los 27 alumnos que ni se molestaron en presentarse al final, 22 habían logrado el 100 perfecto en el parcial. Básicamente, se sintieron tan genios gracias a la IA que el examen real les pareció un trámite irrelevante. Mientras los estudiantes se vuelven dependientes de un bot para pensar, los profesores se han convertido en policías del plagio, una tarea tan gratificante como limpiar una alcantarilla. El contagio es sistémico; en Princeton, una tradición de 133 años donde el profesor abandonaba la sala confiando en la palabra del alumno ha muerto asesinada por la desconfianza digital. Nadia Makuc lo resumió bien: si crees que todos copian, copiar se vuelve la norma. Al final, el título de una universidad de élite empieza a valer lo mismo que un prompt bien redactado, y la capacidad crítica de los futuros líderes está en cuidados intensivos.
Hablemos claro: el cielo nocturno es el único lugar donde el 'estacionamiento gratuito' es realmente posible. El próximo 14 de junio de 2026, a las 10:54 p.m. EDT (o las 02:54 GMT del 15), la Luna decidirá jugar al escondite y dejarnos un lienzo negro, libre de esa luz blanca que suele borrarlo todo como un corrector de oficina sobre un contrato mal redactado. Es la oportunidad perfecta para dejar de mirar el móvil y mirar arriba. En el horizonte occidental, tendremos un despliegue de lujo. Venus y Júpiter estarán a solo tres grados de distancia, apenas unos días después de su cita cercana el 9 de junio. Si bajas la mirada hacia la derecha de Júpiter, encontrarás a Mercurio, que se hace el difícil pero estará ahí, a unos 10 grados de distancia. Para que el lector medio lo entienda: esa separación es básicamente el ancho de un puño cerrado estirando el brazo. Un 'combo' planetario que solo ocurre cuando el universo decide ponerse generoso. Para los que no sufren de insomnio crónico, Marte brillará en el este antes del amanecer, mientras que Saturno y el esquivo Neptuno (este último requiere un telescopio de 8 pulgadas porque es más tímido que un testigo protegido) se harán notar. Y si te escapas de la contaminación lumínica de la ciudad —esa nube naranja que nos venden como progreso—, podrás ver a Antares en Scorpius, la balanza de Libra y al polémico Ophiuchus, el 'manejador de serpientes' que se cree el treceavo signo del zodiaco según In-The-Sky.org. Todo esto coronado por la Vía Láctea, que se extiende como un arco luminoso entre Vega, Altair y Deneb. Un espectáculo gratis, aunque el artículo intente colarte el Celestron NexStar 4SE como la solución mágica para principiantes.
Desde que Charles Darwin se quedó mirando estas plantas con curiosidad, la ciencia ha intentado entender cómo la Dionaea muscipula cierra sus puertas más rápido que un portero de discoteca en hora punta. Durante años, nos vendieron la moto de que el secreto era un bombeo de agua: que el líquido pasaba de un lado a otro, haciendo que una parte se encogiera y la otra se hinchara. Una teoría elegante, pero lenta. Yoël Forterre, de la Universidad Aix-Marseille en Francia, decidió hacer los números y el resultado fue un jarro de agua fría: el agua tarda entre 30 y 60 segundos en moverse. Para un insecto que huye, eso es una eternidad; es como intentar pagar el autobús esperando a que el cajero automático procese la transacción mientras el chófer ya ha arrancado. Entonces, Forterre y su equipo detectaron que la superficie se volvía rugosa, señal de que las paredes celulares se ablandaban. El proceso es un despliegue de ingeniería: un toque doble en los pelos gatillo dispara una señal eléctrica y una ola de iones de calcio, el equivalente botánico a un mensaje de WhatsApp urgente. En una fracción de segundo, la capa externa pierde rigidez, liberando la tensión acumulada y permitiendo que las células internas se expandan. ¡Zas! Trampa cerrada. Pero claro, en la ciencia no hay luna de miel. Sergey Shabala, desde la Universidad de Western Australia en Perth, ha salido al paso diciendo que no le convence el cuento. Shabala sostiene que el agua podría moverse de forma simultánea y que el ablandamiento de las paredes sería demasiado lento, requiriendo minutos. Al final, Forterre tiene la medida de la velocidad, pero sigue sin saber exactamente qué molécula es la que da la orden de 'soltar el freno'. Tenemos el principio y el final de la película, pero el guion intermedio sigue siendo un misterio.
En el surrealismo cotidiano de nuestro país, entrar a trabajar en Renfe parece requerir más que estudiar: ahora parece que hace falta un contacto con la 'llave' del cajón. Resulta que el tribunal de las pruebas para operador comercial se ha despertado con una resaca jurídica monumental. Tenemos a 5.000 aspirantes peleándose por un puesto, pero mientras unos se dejaban la vista con los libros, otros parece que ya tenían el 'acordeón' digital bajo la manga. El problema es que la custodia de los exámenes fue, siendo generosos, un coladero. El tribunal, donde se sientan los sindicatos y la empresa, ha tenido que llamar a la Abogacía del Estado para saber si anulan todo el tinglado o si hacen malabares legales. Es la clásica paradoja: si anulan las pruebas, castigan a los que aprobaron legalmente; si no lo hacen, premian a los que jugaron con ventaja. CCOO, que fue quien dio el chivatazo antes de que salieran las notas provisionales, habla de 'daño a la imagen de Renfe', como si la empresa fuera una boutique de lujo y no un operador ferroviario donde el caos es, a veces, el horario habitual. Imaginen la escena: miles de personas esperando un futuro profesional mientras el proceso de selección tiene la seguridad de un patio de colegio en hora del recreo. Ahora piden 'bancos de pruebas inéditos' y 'mecanismos de trazabilidad', palabras sofisticadas para decir que no quieren que el examen se filtre por WhatsApp antes de tiempo. Al final, el ciudadano paga el billete y el aspirante paga la incompetencia de una gestión que ha convertido una oposición pública en un sorteo con trucos.
En el manual de la meritocracia del Interior, parece que el camino al éxito no es la eficiencia, sino el arte de borrar historiales y regalar el parking público como si fuera el patio de su casa. Jesús María Gómez Martín, el comisario que orquestó el operativo del 'Delcygate', ha pasado de gestionar el aeropuerto de Barajas a mandar en Canarias con una facilidad pasmosa, mientras la UDEF le pisa los talones por un presunto entramado de favores y dinero sucio. La historia es un clásico: un inspector honesto intentó avisar el 29 de marzo de 2022 sobre un mando que trataba la frontera como un club privado. Hablamos de recoger amigos a pie de avión el 25 de diciembre de 2021 con coches camuflados y convertir el aparcamiento policial en un 'parking VIP' para empresarios. Mientras el ciudadano medio lucha con la burocracia, Gómez Martín presuntamente cobraba 7.000 euros de magnates venezolanos por hacer que la ley fuera opcional para sus allegados. La respuesta institucional fue la habitual: en lugar de investigar el agujero ético, castigaron al denunciante enviándolo a Chamartín, un movimiento que la Justicia acabó tildando de ilegal. Pero el premio al 'buen empleado' llegó en noviembre de 2022, cuando el Ministerio del Interior lo catapultó a Jefe Superior de Canarias. Ahora, frente al Senado, el comisario juega la carta de la 'casualidad'. Dice que tomarse un café de 15 minutos con el testaferro de Zapatero, Julio Martínez, o conocer a figuras como Danilo Díezgranados y Miguel Palomero son simples 'relaciones del cargo'. Es la eterna danza de la hipocresía: el mando niega haber recibido 700 millones, pero se olvida de que, en la calle, el respeto no se gana con ascensos sospechosos, sino con la coherencia que aquí brilla por su ausencia.
Imagínate que vas a pagar la cuenta de un restaurante y, solo porque el camarero no te gusta cómo vistes, te clava un cargo extra de 100 euros sin explicación. Pues eso es, básicamente, lo que ha intentado hacer la Universidad del País Vasco (EHU) con decenas de alumnos en el examen de euskera de la selectividad. Unos ceros masivos, quirúrgicos y sospechosamente concentrados, que han caído como un cubo de agua fría sobre estudiantes de centros donde el español es el idioma rey. La justicia de Bilbao ha tenido que intervenir para evitar que el futuro de estos chavales se fuera por el sumidero. El presidente del Tribunal de Instancia, Aner Uriarte, ha soltado la bomba: hay una "posible infracción" porque los examinadores sabían perfectamente de qué colegio venía cada alumno. El anonimato, que en un examen es tan sagrado como el ticket del súper para reclamar un producto caducado, brillaba por su ausencia. Entre 25 y 30 demandas han forzado que los juzgados de lo Contencioso-Administrativo suspendan esos ceros cautelarmente. Ahora, los alumnos pueden recalcular su nota de acceso sin ese lastre para matricularse antes de que expire el plazo este martes. Pero ojo, que aquí viene la letra pequeña: la sentencia definitiva tardará entre 8 y 14 meses. Es decir, que el alumno puede entrar en la carrera hoy, pero si dentro de un año el juez dice que el cero era legal, la EHU podría echarlo a patadas de la facultad. Un juego de ruleta rusa académica. La EHU, por supuesto, ha activado el modo defensa y dice que cumplir la medida es "imposible" porque alteraría el orden de prelación. Básicamente, argumentan que proteger el derecho de unos pocos perjudica la igualdad del resto, olvidando convenientemente que la igualdad empieza por no saber quién es el que escribe el examen.
Hay quienes regalan flores y quienes regalan palacios en la Castellana. Pedro Sánchez ha optado por lo segundo, inaugurando este lunes un edificio público cedido a la Organización Mundial del Turismo (OMT) con una generosidad que haría palidecer a cualquier ONG. No es un alquiler compartido ni un préstamo de fin de semana; es una cesión gratuita por 75 años. Para que el detalle fuera redondo, el Estado no solo entregó las llaves, sino que se dejó en la cartera 24,6 millones de euros para la reforma. Mientras el ciudadano medio pelea con la letra pequeña de la hipoteca, el Ejecutivo ha firmado un cheque en blanco por tres cuartos de siglo. La coincidencia temporal es, cuanto menos, curiosa. Este despliegue de altruismo institucional llega después de que Zurab Pololikashvili, el jefe de la OMT, hiciera de puente dorado para que Begoña Gómez aterrizara en círculos de negocios internacionales. Incluso Inmark, la consultora donde Gómez acumuló acciones y contratos públicos, logró pescar un contrato en la República Dominicana gracias al empujón de la OMT tras la pandemia. Es el ciclo perfecto: contactos, contratos y un edificio gratis en el corazón de Madrid. La fiesta de inauguración no ha sido un trámite. Sánchez ha movilizado un despliegue de siete ministros, incluyendo a Carlos Cuerpo, Yolanda Díaz, José Manuel Albares y Fernando Grande-Marlaska, para escoltar el acto. Un despliegue digno de una cumbre geopolítica para celebrar que la OMT tiene casa nueva. Todo esto mientras la UDEF pone la lupa sobre Pololikashvili, vinculado a un viaje con José Luis Rodríguez Zapatero a Bolivia para que el exmandatario embolsara 200.000 euros evitando una multa a una empresa peruana. La generosidad pública, al parecer, tiene un lenguaje muy específico y se habla fluidamente en los pasillos de la Moncloa.
Hay que tener un talento especial para pasar de gestionar carteras ministeriales en España a coleccionar pasaportes caribeños como quien junta cromos. José Bono, el eterno superviviente, ha aterrizado en República Dominicana no precisamente para tomar sol, sino para montar un tablero de Monopoly energético. Todo empezó en octubre de 2020, cuando Luis Abinader le regaló la nacionalidad dominicana mediante un decreto presidencial, abriéndole la puerta de garaje a un ecosistema de sociedades como Sociedad Veleta y Teivelpir SRL. Mientras el ciudadano medio lucha con el precio del alquiler, Bono y su séquito —donde aparecen nombres como Dimas de Andrés Puyol y el exdiputado Juan Segovia— se han movido en la liga de los grandes. El programa '55 Minutos con Julissa Céspedes' ha destapado que Segovia y el empresario Williams Jiménez están pegados a dos proyectos solares, Las Parras Energy y Pimentel Energy. Hablamos de una inversión inicial de 146,2 millones de dólares. Sí, millones con 'M', una cifra que haría palidecer a cualquier libro de cuentas doméstico. Estas joyas fueron adjudicadas en 2024 a MedCap Energy Caribe, SRL, por la Comisión Nacional de Energía. Lo fascinante es la 'magia' administrativa: cuando los periodistas pidieron los contratos, la Comisión Nacional de Energía aplicó la técnica del 'no hay nada que ver aquí', alegando que no estaban en la web ni en el portal de contratación pública. Para rematar la función, MedCap Energy Caribe parece una empresa fantasma que juega al escondite telefónico, con respuestas contradictorias sobre si realmente existen. Y como si el sol no fuera suficiente, Bono también parece haber sido el 'consultor invisible' en la reforma de la Policía Nacional Dominicana; la institución niega el contrato, pero las fotos oficiales lo sitúan en la mesa de los jefes. Un asesorado muy eficiente: cobra en influencia y paga con invisibilidad contractual.
Imaginen que el censo electoral es como la lista de invitados de una boda: si de repente aparecen miles de desconocidos que dicen ser primos lejanos solo para comer gratis, cualquiera empezaría a sospechar. Eso es exactamente lo que Iustitia Europa ha llevado a la Junta Electoral. El partido ha lanzado un grito de alerta sobre la Ley 20/2022 de Memoria Democrática —la famosa «Ley de Nietos»—, denunciando que el Censo de Residentes Ausentes (CERA) se ha convertido en una especie de caja negra donde se inscriben electores masivamente sin que nadie sepa muy bien por qué acaban asignados a una provincia u otra. El problema es que en España los escaños se reparten por provincias. Si alguien que no ha pisado el país en décadas acaba adscrito a una provincia pequeña por un 'error' administrativo o una 'complacencia' consular en Argentina, Brasil o Cuba, el resultado electoral puede cambiar más que el precio del aceite en el súper. Luis María Pardo, portavoz de la formación, pide que la Oficina del Censo Electoral (OCE) deje de jugar al misterio y explique el soporte documental de cada alta. Para darle color a la denuncia, Iustitia Europa lanza la cifra de 3.202.002 españoles en el exterior a enero de 2026 (un subidón del 5,1%). Pero aquí hay un truco de magia contable: están usando el Padrón (PERE) del INE, publicado el 19 de marzo de 2026, que incluye a 451.968 niños que no pueden votar. El censo real de votantes (CERA) es de 2.664.898. Mientras tanto, Hazte Oír se ha ido al Parlamento Europeo el 22 de junio con unas 50.000 firmas (o 47.000, según quien cuente) llamando a esto un «golpe de Estado». Mucho ruido, mucha retórica de barricada, pero de momento, la JEC no ha dicho ni mu.
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Cristian Sanz