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Parece que el Apocalipsis ya tiene uniforme. Mientras nosotros peleamos con el precio del aceite de girasol, Hirotaka Sato y su equipo de la Nanyang Technological University (NTU) de Singapur han decidido que a las cucarachas madagascars (Gromphadorhina portentosa) les faltaba un accesorio de lujo: un traje de buceo. No es un capricho estético; es ingeniería de guerrilla biológica. Tras demostrar en 2021 que podían manejar estos bichos mediante electrodos en los cercos y coordinar un escuadrón de 20 cyborgs en 2024, Sato se dio cuenta de que el agua era el único muro que sus mascotas robóticas no podían saltar. El invento es una joya de la resina impresa en 3D que sella los espiráculos abdominales, evitando que el insecto se ahogue mientras mantiene la movilidad del tórax. Olvídate de tanques de oxígeno pesados; aquí usan una mezcla de peróxido de hidrógeno y dióxido de manganeso que genera oxígeno al reaccionar. Es básicamente un sistema de soporte vital miniaturizado que permite a las cucarachas caminar bajo el agua hasta 3 horas a profundidades de 50 centímetros. Lo más cínico es la eficiencia: en tierra corren a 87,5 mm/s y bajo el agua solo bajan a 78,4 mm/s. Prácticamente ni se enteran. El plan oficial es rescatar supervivientes en catástrofes, pero Sato ya mira al cielo. Quiere llevar estos trajes a Marte, ignorando que las agencias espaciales probablemente entren en pánico ante la idea de contaminar el Planeta Rojo con microbios terrestres transportados por cucarachas. Como bien dice Alan Winfield de la University of the West of England, el problema de la robótica siempre ha sido la batería. Las cucarachas, en cambio, vienen con combustible biológico gratuito y hambre insaciable. El futuro es un enjambre controlado que no necesita cargador USB.
Mientras nosotros peleamos con el precio del alquiler en tierra firme, hay quien ha decidido que el mejor barrio para mudarse está a 56 pies bajo el agua. DEEP, una empresa de ingeniería marina con delirios de grandeza acuática, ha plantado el Vanguard en el Santuario Marino Nacional de los Cayos de Florida. Básicamente, han bajado un autobús escolar metálico al fondo del Tennessee Reef para que cuatro 'acuánautas' jueguen a los colonos del abismo mientras vigilan el coral y el cambio climático. Es la primera instalación de este tipo en aguas estadounidenses en 40 años, lo que demuestra que tardamos cuatro décadas en recordar que el océano no es solo para hacer surf. El despliegue no fue un paseo por el parque. Tras 18 meses de diseño y pruebas, bajaron la estructura con una grúa y la amarraron a una boya amarilla que parece un juguete gigante, pero que en realidad es el cordón umbilical que suministra aire, luz y wifi para que los científicos no se sientan tan solos en su burbuja. Norman Smith, el CTO de DEEP, dice que quieren hacer a los humanos 'acuáticos'. Una ambición noble, aunque suena a que quieren cobrar la estancia a precio de resort de lujo una vez que pasen las pruebas de Det Norske Veritas (DNV). El superintendente de NOAA, Eddie Kertis, celebra la noticia como si hubieran inventado la rueda, hablando de 'gestión de recursos' y 'colaboración científica'. Al final, el Vanguard es un lujo tecnológico donde el silencio es absoluto, siempre y cuando no cuentes el ruido de la maquinaria que evita que el autobús se convierta en una lata de conservas aplastada por la presión.
Nueva York ha decidido que mirar por la ventana no es suficiente y ha desplegado 100 sensores en sus calles para contar quién pasa, quién pedalea y quién simplemente intenta llegar al trabajo sin morir en el intento. El Departamento de Transporte (DOT) nos lo vende como una herramienta de diseño urbano, una especie de 'estudio de mercado' para que los pasos de cebra no sean trampas mortales. Es la evolución natural de un piloto de 2023 donde solo se usaron 20 dispositivos; ahora, el hambre de datos ha crecido y quieren mapear el caos de sus 6.000 millas de calles. Eric Beaton, el comisionado adjunto del DOT, jura con la mano en el corazón que el sistema es anónimo. Dice que el aprendizaje automático difumina caras y matrículas, convirtiéndonos a todos en cajitas de colores en una pantalla. Muy tierno. Es el clásico discurso corporativo: 'te vigilamos, pero no te vemos'. Mientras Beaton presume de un conjunto de datos 'más rico', la realidad es que estamos instalando la infraestructura de un panóptico digital bajo la excusa de mejorar la infraestructura ciclista. Aquí llega la hipocresía del presupuesto. El DOT promete compartir 'una parte' de la información con la comunidad, como quien da una propina miserable después de una cena carísima pagada con el dinero del contribuyente. Jon Orcutt, exdirector de políticas del DOT, no se traga el cuento y exige la transparencia total. Porque claro, es curioso que una agencia financiada con impuestos decida qué trozo de realidad queremos conocer y qué parte se queda en el servidor secreto del ayuntamiento. Al final, el ciudadano es el producto y el sensor es el cajero automático de datos.
A24, el refugio sagrado de los cinéfilos que huyen de los efectos especiales de plástico, acaba de cometer un pecado mortal en el altar del cine independiente. Resulta que el estudio, que se vende como la vanguardia del arte, ha decidido aceptar un cheque de 75 millones de dólares de Google para jugar con herramientas de Inteligencia Artificial. Es la clásica historia de 'estamos con los artistas, pero el dinero de Mountain View huele demasiado bien'. La ironía es tan espesa que se puede cortar con un cuchillo: el director Kane Parsons, el chico de 21 años que convirtió 'Backrooms' en una mina de oro —estrujando más de 330 millones de dólares globales con un presupuesto ridículo de 10 millones—, ha pasado la vida llamando a la IA 'podredumbre cultural'. Y mientras Parsons hablaba de la ética, A24 firmaba el contrato. Es como si el camarero de un restaurante vegano te confesara que, en secreto, el chef usa manteca de cerdo porque es más barata y eficiente. La respuesta de la empresa, a través de Sophia Shin, ha sido el típico manual de relaciones públicas: 'queremos un asiento en la mesa'. Traducción callejera: 'Preferimos ayudar a construir la guillotina que ser los primeros en subir al cadalso'. Pero el público no compra el cuento. En Reddit, los fans se ríen de las 'seis patas' de la mesa, un dardo venenoso a los errores anatómicos de la IA. A24 ha pasado de ser la alternativa cool a Miramax o New Line Cinema a ser un experimento de DeepMind. Al final, el romanticismo del cine indie tiene un precio exacto: 75 millones de dólares y la pérdida total de la calle.
En un mundo donde suscribirse a una plataforma de streaming es ya un deporte de riesgo para el bolsillo, YouTube ha decidido jugar a ser el buen samaritano. No, no hablamos de esas copias piratas grabadas con una cámara temblorosa en el cine, sino de contenido oficial. Los estudios de cine, en un alarde de generosidad corporativa (o más bien, cuando el catálogo ya ha sido ordeñado hasta el final), sueltan sus joyas en la plataforma. Es la lógica del mercado: si la película ya pasó por el cine y el DVD, y ya no saca billetes, prefieren que la veas gratis y ellos cobrar la renta a través de los anuncios. Es como ese hermano mayor que te presta la ropa que ya no le queda; sigue siendo ropa, pero ya no es tendencia. Para acceder a este festín sin pagar el alquiler, solo hay que navegar hasta la sección 'Películas y TV' y buscar la etiqueta 'Gratis'. Si tienes suerte y no te importa que te interrumpan el clímax de la trama con un anuncio de detergente, puedes disfrutar de títulos como 'The Matrix' (1999), 'The Truman Show' (1998) o 'Monty Python and the Holy Grail' (1975). Incluso hay perlas como 'Heat' (1995) o 'The Lego Movie' (2014) esperando en la recámara. La jugada es maestra: mientras tú crees que estás ahorrando el presupuesto de entretenimiento, YouTube sigue sumando minutos de visualización y los estudios monetizan el olvido. Para los que no soportan la publicidad, siempre existe la opción de pagar YouTube Premium, convirtiendo la 'gratuidad' en otra suscripción mensual más. Al final, el negocio es el mismo: tú pones el tiempo y ellos ponen el contador de clics.
Elon Musk no sabe lo que es el descanso, y su cuenta bancaria tampoco. Mientras nosotros nos peleamos con la aplicación del banco para que no nos cobren una comisión por respirar, en Texas, SpaceX acaba de darle un 'estirón' a sus motores. El 26 de junio, la Ship 40 —esa mole de acero que pretende hacernos colonos marcianos— decidió escupir fuego por primera vez en el emplazamiento de Massey. No fue un despegue, fue un 'static fire': 15 segundos de ruido ensordecedor para confirmar que un motor Raptor 3 no tiene ganas de convertirse en fuegos artificiales prematuros. Hablemos de dimensiones, porque aquí el exceso es la norma. El Starship V3 mide 124,4 metros. Para que nos entendamos: es como poner un edificio de 40 plantas en posición vertical y esperar que no explote al intentar salir del barrio. Esta versión V3 es la más bestia hasta la fecha, estrenando los Raptor 3 y unas aletas aerodinámicas que parecen sacadas de un cómic. Eso sí, la memoria es corta. El 22 de mayo hubo un debut con algunos 'detalles': el propulsor Super Heavy decidió que aterrizar suavemente en el océano era una sugerencia opcional y no una orden, pero en la cultura de SpaceX, si no explota todo en mil pedazos, es un éxito rotundo. El verdadero truco de magia, y donde reside la hipocresía del optimismo corporativo, es el repostaje en órbita. La Ship puede llegar a la órbita baja (LEO), pero para ir más lejos necesita que otros cohetes le llenen el depósito en el vacío, como quien para en una gasolinera de carretera antes de cruzar la frontera. NASA ha puesto sus esperanzas (y millones de dólares públicos) en este sistema para el programa Artemis. Según los planes, la misión Artemis 4 en 2028 requerirá al menos 15 vuelos de reabastecimiento. Mucha potencia, mucho fuego, pero seguimos esperando a que demuestren que pueden llenar el tanque sin que el combustible se escape por el camino.
Bienvenidos a la era del 'clic y olvida'. Mientras nosotros nos peleamos con la cafetera inteligente porque no reconoce el grano, en el frente ruso-ucraniano acaban de inaugurar la muerte automatizada. Alexander Kokhanovskyy, un peso pesado de la industria de drones ucraniana, ha soltado la bomba: un quadcopter totalmente autónomo ya ha ejecutado seres humanos. No hubo un dedo humano apretando el gatillo, ni un operador sudando frente a una pantalla. Simplemente se lanzó el artefacto, este se quedó 'flotando' unos 10 minutos como quien busca aparcamiento en el centro, y luego activó el modo 'Terminator'. El proceso es de una frialdad quirúrgica: un modelo de IA no identificado analiza el terreno y decide quién vive y quién muere. En este 'test' particular, la máquina decidió que un par de soldados rusos y un camión sobraban en el paisaje. La confirmación llegó después, con otro dron pilotado por humanos que fue a mirar los restos, como quien comprueba si el horno ha dejado el pollo quemado. Lo más inquietante es que el secreto se guardó durante dos años. Mientras tanto, otros juegan al mismo juego: Israel lleva tiempo usando drones suicidas en Palestina asegurando que hay un humano al mando, y Estados Unidos utilizó Claude, de Anthropic, para marcar objetivos en Irán. El resultado de esa 'optimización' tecnológica fue la destrucción de la escuela Shajareh Tayyebeh, donde 168 niños y profesores fueron borrados del mapa. Ya no hace falta odio ni ideología; ahora basta con un algoritmo mal calibrado o un objetivo mal etiquetado para que la carnicería sea eficiente y, sobre todo, cómoda para quien firma el cheque.
Imaginen que quieren montar el Lego más caro de la historia, pero para llevar las piezas a casa necesitan el camión de mudanzas más ostentoso del barrio. Así es la logística de la NASA. Para que el programa Artemis 3 sea una realidad, la agencia ha tenido que recurrir a un tren de Union Pacific que no solo transporta acero, sino que lleva el sello conmemorativo de Donald Trump bien lucido. Un detalle curioso: mientras el mundo mira al espacio, el cohete Space Launch System (SLS) ha tenido que hacer un tour terrestre desde la instalación de Northrop Grumman en Corinne, Utah, el 2 de junio, para aterrizar en la Costa Espacial de Florida seis días después. Es el contraste perfecto: tecnología de vanguardia viajando en un convoy que parece un desfile electoral. Los números marean. Hablamos de dos segmentos de motores que forman parte de unos boosters de 17 pisos de altura, capaces de generar 7,2 millones de libras de empuje. Si a eso le sumamos la etapa central con sus cuatro motores RS-25, que escupen otras 8,8 millones de libras, tenemos una bestia que consume presupuestos como quien gasta el sueldo del mes en una tarde de rebajas. Todo este despliegue es para que en 2028, si los calendarios no mienten (cosa rara en este negocio), veamos la misión Artemis 4 pisando la Luna. Pero aquí viene la letra pequeña. El proyecto es una auténtica máquina de Rube Goldberg donde SpaceX y Blue Origin se pelean el pastel. De hecho, la NASA ha hecho un giro de guion digno de serie B: para Artemis 4, han decidido que el Starship de Musk haga el empuje crítico hacia la Luna, dejando al SLS en un papel secundario. Con los retrasos y las explosiones habituales de los contratistas, el branding de Trump en el tren podría ser lo único que llegue a destino a tiempo antes de que termine su mandato en 2029.
La ciencia acaba de confirmarnos que el camino hacia la eterna juventud —o al menos hacia un cerebro que no se oxide— pasa por el lugar más indigno posible: el colon. Un equipo liderado por Paola Tognini, de la Sant’Anna School de Pisa, ha descubierto que trasplantar la microbiota fecal de ratones jóvenes a ejemplares adultos de 4 meses devuelve a estos últimos una plasticidad cerebral que creíamos perdida tras la adolescencia. Es, básicamente, como intentar actualizar el software de un ordenador viejo instalándole el sistema operativo de un modelo recién salido de la caja, pero usando desechos biológicos. El experimento no fue un paseo por el parque. Primero, sometieron a ratones de 21 días a un cóctel de antibióticos de amplio espectro durante 10 días, dinamitando su flora intestinal y aniquilando familias bacterianas como las Lachnospiraceae, esenciales para fabricar esos ácidos grasos que protegen las neuronas. El resultado fue un desastre: los ratones perdieron la capacidad de adaptar su visión ante el cierre de un ojo, un fenómeno similar a la amblyopia o 'ojo vago', que normalmente solo se cura en la infancia. Al analizar el RNA, Tognini detectó que más de 1000 genes se volvieron locos, afectando la mielinización y la barrera hematoencefálica. La magia ocurrió al final. Solo los ratones adultos que recibieron el 'regalito' fecal de los jóvenes recuperaron la plasticidad cerebral. Mientras nosotros seguimos gastando fortunas en cremas antiarrugas que no sirven para nada, la ciencia sugiere que el secreto podría estar en un trasplante de microbiota. Eso sí, Parisa Gazerani (Oslo Metropolitan University) y Harriët Schellekens (University College Cork) nos bajan a la tierra: no corras a pedirle el almuerzo a un niño, porque el cerebro humano es mucho más complejo y nuestra dieta es un caos comparada con la de un roedor de laboratorio.
Mientras nosotros intentamos sobrevivir al verano con un ventilador que hace más ruido que viento y el aire acondicionado disparando la factura de la luz a niveles estratosféricos, la Agencia Espacial Europea (ESA) nos regala una postal del apocalipsis en alta definición. El satélite Sentinel-3, desde su cómoda órbita, capturó el 23 de junio de 2026 una imagen donde el mapa de Europa parece una sartén olvidada al fuego. No es una metáfora: estamos hablando de temperaturas que alcanzarían el punto de cocción de un huevo sobre el asfalto. En el centro de España, el oeste de Francia y el norte de África, el termómetro se volvió loco tocando los 55 grados Celsius (131°F). Madrid, que ya es un horno por defecto, registró 48 grados (118°F), mientras que Roma se fundía a 44 grados (111°F). Francia, por su parte, vivió el junio más caluroso de su historia. Pero mientras los burócratas analizan los colores violetas y rojos de la imagen, la realidad es mucho más cruda y menos estética. La Organización Mundial de la Salud (OMS) ya pone sobre la mesa una cifra que hiela la sangre a pesar del bochorno: más de 1.300 muertes atribuidas a esta ola de calor. Tedros Adhanom Ghebreyesus, jefe de la OMS, soltó la sentencia definitiva en X: Europa es el continente que más rápido se calienta, al doble de la media global. Es fascinante que tengamos la tecnología del radiómetro de superficie terrestre del Sentinel-3 para ver el incendio desde el espacio en tiempo real, pero seguimos siendo incapaces de evitar que el continente se convierta en una sauna gigante. Tenemos el mejor mapa del desastre, pero seguimos caminando hacia el horno sin saber cómo apagarlo.
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Cristian Sanz