Coches: Marruecos nos gana por hambre
Hacer números en una hoja de Excel es un deporte frío, pero el resultado es un puñetazo en la mesa. Mientras en España nos creemos los reyes del mambo industrial, Renault y Stellantis han montado su propio paraíso de la eficiencia al sur, donde el coste de un operario es, básicamente, el precio de una cesta de la compra generosa en un supermercado premium. En Marruecos, el salario medio oscila entre los 500 y 600 euros; en España, cobramos el triple. Para un CEO, esa diferencia no es un dato, es un imán irresistible.
Pero el verdadero 'sablazo' no está solo en la nómina, sino en la silla vacía. En nuestras fábricas, el absentismo es un deporte nacional que ronda el 9% o 10%. Es decir, que de cada cien trabajadores, diez deciden que el día es demasiado bonito para pasar encerrados. En cambio, en las plantas de Kenitra, Casablanca y Tánger, el absentismo es inferior al 3%. ¿Magia? No, es hambre y precariedad. Allí, si no fichas, no cobras, y encima tienes un bono de asistencia de unos 100 euros que hace que el trabajador se pegue a la máquina como si fuera un imán.
Renault juega a lo grande con Somaca en Casablanca (propiedad del rombo desde el año 2000) produciendo 100.000 coches, y su planta de Tánger ya saca 300.000 vehículos al año. Stellantis, con su planta de Kenitra abierta en 2019, suma otros 200.000 coches. Entre las tres, 13.000 empleados jóvenes, de entre 20 y 30 años, frente a nuestra plantilla envejecida de 40 a 50 años. Carlos Tavares, el jefe de Stellantis, ya nos lo advirtió: el peligro no viene del norte, sino del sur. Eso sí, el único freno es el Ramadán, donde el ritmo baja porque no se come ni se bebe, el único momento donde la máquina se detiene por respeto a la fe y no por una baja médica.
Isabel Moreno