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En el tablero del poder, hay quien juega al ajedrez y quien juega al 'teléfono escacharrado' con el juez de por medio. El teniente general Manuel Llamas, Director Adjunto Operativo (DAO), intentó venderle al juez Santiago Pedraz una historia de manual: que la UCO había desmentido oficialmente haber filtrado los WhatsApps entre Pedro Sánchez y José Luis Ábalos. Para darle color al relato, Llamas presentó un mensaje como prueba, asegurando que el general Alfonso López Melo era quien le confirmaba dicho desmentido. Un giro digno de serie B. La realidad, fría como un informe de la UCO, ha dinamitado el montaje. Resulta que el mensaje no fue una respuesta del general López Melo, sino que fue el propio Llamas quien lo envió el 13 de mayo a las 8:23h. Básicamente, el DAO se mandó el mensaje a sí mismo y luego intentó pasar el gato por liebre al juzgado, pretendiendo que el remitente fuera otro. Es como si alguien se envía un correo electrónico para luego decir que el jefe le ha dado el visto bueno a un gasto millonario. Mientras tanto, la trama de fondo es un festival de la hipocresía. Llamas abrió investigaciones internas contra sus propios agentes por sospechas de filtraciones —incluyendo el correo de Begoña Gómez—, solo para descubrir que la 'filtración' era en realidad el trabajo legítimo de la juez Beatriz Biedma. Sobre los mensajes de Sánchez y Ábalos, la UCO ha sido tajante: no hubo filtración interna porque los datos salieron de un pendrive escondido en la ropa interior de una mujer en casa de Ábalos. Un detalle tan surrealista que hace que la ingeniería financiera de los corruptos parezca aritmética básica. Al final, el DAO terminó imputado por prevaricación y obstrucción a la justicia, demostrando que, en la alta cúpula, a veces el zapato aprieta más que la propia ley.
En el Consulado de España en Buenos Aires, la burocracia parece haber sido diseñada con la misma rigurosidad que un juego de mesa en un bar de barrio. Mientras que para pedir un visado te piden hasta el grupo sanguíneo y te hacen firmar consentimientos que parecen contratos de hipoteca, para la 'ley de nietos' se han tomado unas vacaciones permanentes de la legalidad. Guillermo Rocafort ha soltado la bomba ante la AEPD: el sistema de gestión de nacionalizaciones es, básicamente, un agujero negro informático. Resulta que el Ministerio de Asuntos Exteriores tiene un sistema basado en un IDU que es un colador. No figura en el Registro de Actividades de Tratamiento (RAT), no hay plan de seguridad y, lo más delirante, no se garantiza quién es el que pulsa el botón. Es como dejar la llave de la caja fuerte puesta en la puerta y esperar que nadie entre. Hablamos de más de 645.000 solicitudes acumuladas hasta octubre de 2025, una cifra que hace que la lista de la compra de una familia numerosa parezca un ticket de parking. La ironía es exquisita: en la misma oficina, los visados están blindados, pero las nacionalizaciones masivas —esas que según Rocafort responden a un interés electoralista de Pedro Sánchez— fluyen sin control. Para rematar el cuadro, el Tribunal Supremo ya puso el ojo en 18.000 expedientes y, ¡sorpresa!, ninguno aportaba pruebas de exilio político. Se regalaba el pasaporte como quien reparte folletos en un semáforo. Ahora la AEPD tendrá que decidir si este caos es una simple torpeza administrativa o una ingeniería financiera de votos donde la privacidad de miles de personas fue el precio a pagar por un pucherazo legalizado.
España ha montado un tablero de Monopoly con fondos europeos y ADIF se ha quedado con casi todas las avenidas. Mientras el ciudadano medio mira la factura de la luz como quien mira una película de terror, el Administrador de Infraestructuras Ferroviarias y su primo, ADIF Alta Velocidad, se han repartido un festín de 5.825 millones de euros procedentes de los fondos Next Generation. Para ser exactos, ADIF tiene en el bolsillo 2.926,40 millones y ADIF Alta Velocidad otros 2.898,65 millones. Solo los italianos de Ferrovie dello Stato, con sus 14.216 millones, saben lo que es manejar un presupuesto que haga palidecer a cualquier mortal. La ironía es tan espesa que se puede cortar con un boleto de Renfe. Por un lado, presumimos de ser el segundo mayor receptor de fondos de la UE para modernizar la red, desplegar 5G y jugar a la sostenibilidad. Por otro, la realidad nos golpea en la cara con los accidentes de Adamuz y Urda. En este último, una colisión entre trenes de Renfe e Iryo dejó 69 víctimas mortales, poniendo el foco en un sistema de señalización LZB que parece haber envejecido peor que una manzana olvidada en un cajón. Aquí es donde la ingeniería financiera se vuelve surrealista. Mientras Alberto Núñez Feijóo pide cuentas de cada céntimo, descubrimos que ADIF y ADIF Alta Velocidad dejaron sobre la mesa 130,9 millones de euros destinados a mantenimiento en 2024. De un presupuesto de 1.193 millones para conservar las vías, solo se ejecutaron 1.062 millones. Es decir, que mientras el programa de inversiones 2022-2026 presume de 24.100 millones de euros, hay un 11% de fondos de mantenimiento que se quedaron durmiendo la siesta. Mucho 5G y mucha intermodalidad, pero parece que mantener la vía en condiciones no entra en el catálogo de prioridades.
En el mundo real, si dejamos que el fontanero gestione la cartera y que el contador arregle la caldera, acabamos con la casa inundada. En ADIF, la lógica es similar, pero con trenes y vidas humanas. Resulta que la Seguridad en la Circulación —esa pieza maestra que evita que los vagones se den un beso metálico o terminen en el campo— depende orgánicamente de Salvador Almenar. ¿Su especialidad? El periodismo. Sí, un graduado de la Universidad Rey Juan Carlos que hasta 2020 se dedicaba a redactar noticias y que luego saltó a la Comunicación de Emergencias de la Generalitat Valenciana bajo el mando de Ximo Puig. Mientras el ingeniero David Gómez-Rey es quien realmente sabe dónde están las palancas, el organigrama dice que debe rendir cuentas a Almenar, el actual director de Gabinete de Presidencia, Comunicación y Relaciones Institucionales. Es una ingeniería financiera del talento donde la técnica se rinde ante la comunicación. La Agencia Estatal de Seguridad Ferroviaria (AESF) ya ha soltado eltoque: esta anomalía es un riesgo que incluso la Unión Europea mira con lupa. El desastre de Adamuz, con 46 muertos, y el accidente de Urda deberían haber sido el despertador, pero en la cúpula prefieren seguir durmiendo la siesta. Luis Pedro Marco de la Peña y Concepción Casillas han jugado al Tetris con los puestos: primero desmantelaron la Dirección General de Seguridad de Procesos y Sistemas Corporativos a principios de 2025 y luego movieron la seguridad al gabinete de presidencia, primero con Rosabel Montero y ahora con Almenar. En el Congreso, Pedro Sánchez llamó 'bulo' a esta realidad denunciada por Alberto Núñez Feijóo, pero los datos no mienten: la seguridad ferroviaria hoy tiene el rango de una nota de prensa.
Hay una diferencia abismal entre lo que se cuenta en los despachos de Bruselas y lo que ocurre cuando el tren no frena en Urda. Mientras el Gobierno hace malabares contables para que la Comisión Europea no le corte el grifo, la realidad se mide en tragedias: 115 muertos en 2026, sumando los dramas de Adamuz, Gélida y el último desastre en Toledo. Es la eterna historia del maquillaje: Óscar Puente intenta que miremos al maquinista (el fallo humano), mientras ignora que la infraestructura tiene un aspecto lamentable, con una inversión por pasajero que ha caído un 30% en la última década. La ingeniería financiera ha sido brillante, pero no para poner raíles, sino para salvar el presupuesto. El Ejecutivo se comprometió en 2023 a invertir 2.400 millones de euros en ferrocarril (repartidos en los hitos 85 y 88), pero como no sabían cómo gastarlos sin que se notara el caos, aplicaron un truco de magia. En lugar de demostrar que habían modernizado la red —como el sistema ERTMS que debería haber sustituido al anticuado LZB que falló en Urda—, cambiaron las reglas del juego. Transformaron la obligación de invertir dinero real en la simple tarea de firmar papeles. Pasaron de ejecutar obras a adjudicar 144 y 188 contratos. Es como decirle al banco que vas a reformar la casa y, al final, presentar solo los presupuestos del albañil para que te den el préstamo. El resultado es un desplome de la calidad del servicio y un gasto en conservación que es la mitad de la media comunitaria. Mientras Adif y Adif-Alta Velocidad se repartían un pastel de casi 6.000 millones de euros del Plan de Recuperación, el calendario se retrasaba. Los 10.000 millones de la primera adenda, previstos para inicios de 2023, llegaron con un año de retraso, en julio de 2024, porque el Gobierno presentaba planes que, según el economista Santiago Sánchez, estaban totalmente fuera de la realidad.
En el tablero del poder, hay una regla de oro: el relato manda sobre la realidad. Pero cuando el relato se construye filtrando audios secretos de una tragedia con 69 muertos, la jugada puede salir carísima. Estamos hablando del accidente de Urda, donde mientras las familias aún procesan el horror, alguien decidió que era un momento estupendo para jugar al 'leaker' y enviar grabaciones del operario de Adif y los maquinistas a la prensa afín. La maniobra es tan transparente que asusta. El ministro de Transportes, Óscar Puente, ya había soltado que hubo «decisiones inexplicables» en el centro de control. Casualmente, los audios publicados por El País, eldiario.es y la Cadena Ser parecen el guion perfecto para validar esa tesis. Es como si el Gobierno quisiera hacer el trabajo de la jueza antes de que esta terminara de leer el expediente. El problema es que, en el mundo real, el secreto de sumario no es una sugerencia, es ley. Juristas como José María de Pablo y el magistrado Luis Sanz (alias MagistraThor) no han tenido mucha delicadeza: hablan de actos «ruines y rastreros». Y no es para menos. Filtrar pruebas de un proceso reservado no es periodismo, es ingeniería política para salvar los muebles en periodo electoral. Mientras el sistema de seguridad ferroviaria no se renueva desde 1992 —un agujero tecnológico que da miedo solo de pensarlo—, la prioridad parece ser buscar un culpable con nombre y apellidos para evitar mirar el calendario de mantenimiento. Ahora, el artículo 417 del Código Penal entra en juego. El sablazo podría ser serio: hasta tres años de cárcel o cinco de inhabilitación si se considera que hubo un «grave daño» a la causa pública o al maquinista fallecido. Pasar de la gestión de transportes a la gestión de una celda es un salto cualitativo que cualquier funcionario debería analizar antes de darle a 'enviar' en el correo electrónico.
En el tablero del transporte público, hay errores que son un descuido y otros que son una sentencia firmada con tinta de negligencia. Resulta fascinante, en el sentido más macabro de la palabra, que la Agencia Estatal de Seguridad Ferroviaria ya le hubiera soltado la oreja a Adif para que revisaran sus protocolos de reanudación de marcha. Básicamente, le dijeron que el sistema era un colador. Pero claro, en la administración, una recomendación 'abierta' es como una multa que guardas en el cajón esperando que el tiempo la borre. El aviso no era una sugerencia amable; venía de un susto real el 25 de junio de 2024 en Cuenca-Fernando Zóbel. Allí, un tren se saltó una señal, entró en 'modo TRIP' y la única razón por la que no hubo una carnicería fue porque un operador miró por la ventana y vio que el camino estaba libre. Depender del ojo humano en una red de alta velocidad es como confiar la seguridad de tu casa a un perro que se distrae con las moscas. Luego llegó Urda (Toledo). Un sistema LZB cae en picado en un tramo de 63 kilómetros y, en lugar de aplicar el sentido común, el Centro de Control de Atocha tomó decisiones que el propio ministro Óscar Puente calificó de 'inexplicables'. A las 8:36 horas, alguien dio luz verde a un tren que debía estar clavado al suelo. El resultado: 25 kilómetros recorridos a casi 200 km/h hasta impactar contra un Iryo inmóvil. 69 fallecidos. Mientras nosotros nos peleamos con la factura de la luz, en el Ministerio de Transportes gestionaron la seguridad ferroviaria con la misma precisión con la que algunos montan un mueble de IKEA sin leer las instrucciones. El aviso estaba ahí; la tragedia, simplemente, era la consecuencia lógica de ignorar el manual.
Hay una coreografía política muy antigua que consiste en buscar un culpable con nombre y apellidos para que el de arriba pueda seguir durmiendo la siesta. En la tragedia de Urda, con 69 muertos que pesan como plomo, el ministro Óscar Puente ha decidido que la culpa es del operador de Atocha y del maquinista que, convenientemente, ya no puede defenderse desde la tumba. Es el clásico movimiento de 'tirar la piedra y esconder la mano' mientras Moncloa filtra que Pedro Sánchez le hace el aguante al ministro pese a llevar dos tragedias en el currículum en apenas 9 meses. Pero aquí viene el giro de guion digno de comedia negra: la propia web del Ministerio de Transportes y Movilidad Sostenible, en una campaña de 2021 llamada «La protección empieza en el sistema y las infraestructuras», dice exactamente lo contrario. El texto es tajante: el sistema está diseñado para que, aunque un humano meta la pata, la seguridad esté garantizada. Básicamente, el Gobierno se ha desmentido a sí mismo en un clic. Es como si te venden un coche 'anti-choques' y, cuando te estrellas, te dicen que es porque no sabías girar el volante. Mientras tanto, el agujero contable y la gestión del riesgo huelen a cerrado. La modernización de la línea Madrid-Sevilla, que debía sustituir el viejo sistema LZB por el ERTMS, caducó en enero. El contrato, gestionado en la era de José Luis Ábalos (actualmente disfrutando de la hospitalidad de Soto del Real), fue adjudicado a Thales por 94 millones de euros. Un sablazo que, curiosamente, fue un 28,4% más barato que el presupuesto inicial. Alguien decidió que ahorrar 37 millones de euros era una prioridad, aceptando una 'baja temeraria' que hoy, con el ASFA en el limbo y los trenes chocando, parece el ahorro más caro de la historia de Adif.
En el mundo real, cuando compras un móvil chino sospechosamente barato en una web desconocida, sabes que probablemente explote o que el teclado esté en mandarín. En la gestión pública, a eso lo llaman 'optimización de costes'. El miércoles en Urda, Toledo, la cuenta llegó con un cargo emocional devastador: 68 muertos y 50 heridos tras el choque de un AVE de Renfe contra un tren de Iryo. El culpable, según el ministro Óscar Puente, es el sistema de seguridad LZB, una tecnología de Thales que se supone que frena los trenes para que no se conviertan en acordeones de acero. La historia tiene un aroma a ingenuidad administrativa que huele a kilómetros. En 2021, Adif lanzó una licitación de 108 millones de euros. Siemens pidió 100 millones y CAF 102. Entonces llegó Thales con una oferta de 77.547.716 euros. Un descuento del 28,45% que, en cualquier casa, sería motivo para revisar el contrato con lupa. De hecho, el propio Adif puso la alerta roja: cualquier rebaja superior al 17,21% era 'temeraria'. Thales no solo superó el límite, sino que lo pulverizó. ¿Cómo lo justificaron? Con la magia de las 'soluciones técnicas únicas'. En el apartado del LZB, recortaron 1.423.000 euros de los 1.971.722 previstos; un sablazo del 72% que se explicó reduciendo las versiones de software de 10 a solo 3. Básicamente, decidieron que con tres versiones bastaba para que el tren no se estrellara. Adif, firmado por figuras como Juan Pablo Villanueva Beltramini y Eugenio Nasarre Serrano, decidió que esas explicaciones eran 'suficientes'. El resultado es un sistema financiado con fondos europeos que debía ser sustituido por el ERTMS, pero que seguía ahí, funcionando a base de parches y descuentos, hasta que el sistema decidió que ya no podía más en la vía de Urda.
En el mundo real, cuando te pasas del presupuesto reformando el baño, te toca apretarse el cinturón. En el Ministerio de Transportes, parece que el cinturón es elástico y lo paga el contribuyente. Resulta que, mientras revisaban el desastre del accidente de Urda el pasado 28 de octubre, donde un AVE y un Iryo se dieron un beso fatal, los técnicos han encontrado un agujero contable de 10,9 millones de euros. Un 'tercero' —esa entidad fantasma que aparece en los contratos como quien pide una propina en un restaurante caro— decidió que el precio original no era suficiente. La ingeniería financiera es fascinante. Adif presupuestó la obra en 108,38 millones (sin IVA). Thales llegó con una oferta agresiva de 77,55 millones, un 28,45% por debajo del presupuesto. Casi un 'todo incluido' con descuento. Al final, el contrato se firmó en octubre de 2021 por 93,83 millones con IVA. Todo parecía bajo control hasta que, mágicamente, para enero de 2026 el coste saltó a 104,72 millones. Un sablazo del 11,6% que nadie sabe justificar, pero que alguien firmó sin pestañear. Lo más irónico es que mientras el dinero volaba, la seguridad seguía anclada en el Pleistoceno ferroviario. El flamante sistema ERTMS era un espejismo; en Urda seguía funcionando el LZB, una reliquia de 1992. Fue precisamente ese sistema prehistórico el que petó a las 8:30 horas, provocando que el centro de control de Atocha diera una orden 'inexplicable' a las 8:36. El resultado: un choque en el punto kilométrico 118 con un saldo trágico de 68 fallecidos y decenas de heridos. Óscar Puente lo llama 'inverosímil', pero lo verdaderamente inverosímil es que falten 10,9 millones en el presupuesto y que la seguridad dependiera de un software más viejo que muchos de los pasajeros.
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Xavier Domínguez