Crítica:
El texto original es un despliegue de cifras que intenta ocultar el escándalo bajo un lenguaje técnico. Le falta profundizar en quién es esa 'persona jurídica' anónima que donó fondos en año electoral.
El texto original es un despliegue de cifras que intenta ocultar el escándalo bajo un lenguaje técnico. Le falta profundizar en quién es esa 'persona jurídica' anónima que donó fondos en año electoral.
Imaginen el escenario: usted quiere decidir el futuro del país el 29-N, pero su voto tiene que hacer cola detrás de tres freidoras de aire, un set de sartenes antiadherentes y diez fundas de móvil compradas en oferta. Bienvenidos a la tormenta perfecta de Correos. El calendario ha decidido jugar una broma pesada al ente presidido por Pedro Saura, haciendo coincidir el voto por correo con el Black Friday y el Cyber Monday. Es el choque frontal entre la democracia y el consumismo desenfrenado. Mientras el sector logístico se prepara para mover entre 100 y 130 millones de envíos —un promedio de 3,5 millones de paquetes diarios que harían temblar a cualquiera—, Correos decide que la mejor estrategia es el minimalismo laboral. La compañía, que arrastra un agujero contable de más de 1.000 millones de euros heredado de la era de Juan Manuel Serrano (2018-2023), ha decidido que contratar refuerzos es un lujo que no se pueden permitir. Es como intentar vaciar una piscina olímpica con un vaso de plástico mientras llueve a cántaros. Los números no mienten, aunque la dirección intente maquillarlos con frases vacías sobre 'poner todos los recursos necesarios'. CCOO ya ha soltado la bomba: hay 7.400 carteros menos que en las generales del 23-J, cuando se gestionaron 2,6 millones de votos a distancia. Ahora, con la previsión de rozar el millón de votos por correo más la avalancha de objetos electorales, el sindicato pide 20.000 contratos de refuerzo. Pero claro, en la cúpula prefieren los tijeretazos a la eficiencia. Mientras Francisco Aranda, presidente de UNO, dice que el sector privado lo tiene todo bajo control gracias a la digitalización, en la empresa pública la realidad huele a oficina saturada y cartero al borde del colapso. Básicamente, nuestro derecho al voto ha quedado atrapado en la misma logística que el pedido de Amazon que llega tarde.
En el mundo del espionaje, el orgullo es un activo más caro que cualquier satélite. Pedro Sánchez cometió el error de novato de tratar a los agentes del CNI como si fueran becarios mal pagados, desautorizando sus alertas sobre el asalto a Ceuta y tachando de 'imprevisto' lo que los operativos ya tenían mapeado. Cuando el Gobierno decidió jugar a la selectiva con los documentos desclasificados —limpiando el rastro de la 'guerra híbrida' de Rabat para que la Moncloa saliera indemne—, los servicios secretos decidieron que era hora de pasar factura. Y no lo hicieron con un informe aburrido, sino con un hachazo mediático coordinado. La jugada fue maestra: filtrar la presencia de una fragata marroquí en aguas españolas justo el 12 de octubre. Mientras el presidente se ajustaba la corbata para el desfile en el Paseo del Prado, la noticia aterrizaba en El País a través de Miguel González. Imaginen la escena: ministros como Margarita Robles saludando al jefe con una cara de estupefacción que no se veía desde que subieron los precios de la luz. El mensaje era claro: 'Nos habéis vilipendiado y ahora os dejamos vendidos en portada'. Sánchez intentó vender el incidente como un 'hecho puntual', una maniobra de maquillaje rápido para que no le estropeara el relato electoral. Pero el agujero contable de la verdad es más profundo. Mientras la jueza María Tardón intenta arañar datos a un Ejecutivo que se cierra en banda, el CNI ha soltado una bomba de 25 palabras en la Audiencia Nacional confirmando que avisaron con la máxima urgencia. En la calle decimos que la venganza se sirve fría; en La Casa de Aravaca, parece que se sirve con sello de secreto y una filtración quirúrgica que convierte la gestión de Ceuta en una tumba política.
Parece que en el Ministerio de Justicia han confundido la Ley de Memoria Democrática con un buffet libre de pasaportes europeos. La jugada es maestra: mientras el ciudadano medio pelea con la administración por una ayuda al alquiler, Sofía Puente —hermana del ministro Óscar Puente— diseñó una instrucción que convirtió la ley en un coladero. La idea era sencilla: relajar los requisitos de exilio político para que entrar en el censo electoral fuera más fácil que pedir una pizza. Los datos son para flipar. El Gobierno admite ante el Tribunal Supremo que ya han soltado más de 163.000 nacionalidades bajo esta directriz, en medio de un tsunami de 2,4 millones de solicitudes. Pero ojo, que en México la cosa es deporte nacional: fuentes consulares aseguran que más del 90% de los casos allí pasaron por este 'atajo' de Sofía Puente, saltándose la obligación de demostrar que el antepasado huyó por razones políticas. El caso de Juan G. es la joya de la corona de la hipocresía administrativa. Un señor de 82 años, nacido el 7 de octubre de 1944 en el DF, que consiguió el pasaporte europeo el 9 de junio de 2023 (justo antes del 23-J) sin presentar ni una fe de bautismo. Sus padres nacieron en México en 1913 y 1918. Para que nos entendamos: sus progenitores eran mexicanos de pura cepa décadas antes de que Franco siquiera supiera lo que era un golpe de Estado. El abuelo, que supuestamente era español y emigró a finales del siglo XIX, no pudo ser exiliado político de la Guerra Civil porque, técnicamente, la guerra ocurrió medio siglo después de su marcha. Lo más cínico es que Juan no era un cualquiera, sino un 'alto cargo' amigo del cónsul. Ahora, con el Tribunal Supremo frenando el chiringuito, el Gobierno intenta que Ángel Gabilondo salve los muebles vía Tribunal Constitucional. Una ingeniería financiera de votos donde el precio es la legalidad.
En el pleno de Palma, la política se ha convertido en un juego de sillas donde el ciudadano medio siempre se queda de pie. Fulgencio Coll, el número uno de Vox en la capital balear, ha lanzado una propuesta que suena a música celestial para el que intenta alquilar un zulo: castigar con más impuestos al extranjero que compra casa y dejar en cero el tributo para el español que busca su primera vivienda. Es el clásico contraste entre el sueño de la propiedad y la pesadilla del alquiler actual. La narrativa es clara: mientras que hace décadas el hijo de un obrero podía comprarse un piso con sudor y tesón, hoy el hijo de un profesional cualificado termina compartiendo nevera y traumas con tres desconocidos en un piso compartido. Coll no se corta y apunta el dedo directamente a Pedro Sánchez, acusándolo de ser el 'mejor amigo de los especuladores'. La lógica es tan sencilla como cruel: si tienes una demanda infinita y una oferta que parece un desierto, el precio sube más que la factura de la luz en invierno. Los números son el martillazo de esta crónica. En los últimos cinco años, España ha recibido a unos cinco millones de personas, pero la construcción residencial se ha quedado congelada en niveles ridículos, con menos de 90.000 unidades anuales. Es como intentar meter a toda una ciudad en un armario empotrado. Para Vox, la Ley por el Derecho a la Vivienda 12/2023 no ha sido una solución, sino el empujón final para que los pequeños propietarios, asustados, retiren sus casas del mercado, dejando el camino libre a los grandes rentistas. El plan cierra con una propuesta tajante: repatriaciones, remigraciones y deportaciones para limpiar el tablero y, supuestamente, liberar espacio para los suyos.
Hay quien dice que el dinero público es como el agua, pero en RTVE lo gestionan como si fuera champán en boda de magnates. Resulta que la cadena pública ha soltado 1,72 millones de euros a NSN Media Productions, la productora de Joel Borrás y Andrés Iniesta, para que Jordi Basté pudiera viajar hasta Waterloo y charlar con Carles Puigdemont en la comodidad de su residencia belga. Para que nos entendamos: mientras el ciudadano medio pelea con la letra pequeña de la factura de la luz, la corporación que preside José Pablo López ha decidido que el camino más corto hacia la investidura de Pedro Sánchez en 2023 pasaba por abrir el grifo de La2Cat. El despliegue financiero es modesty pura. En 2025, el programa 'Plà Seqüència' costó 640.000 euros. Este año, el presupuesto ha pegado un estirón hasta los 985.000 euros. Pero ojo, que la generosidad no termina ahí. NSN Media también factura el programa de debate 'No se n’ha parlat prou', de Laura Rosel, por otros 505.000 euros. En total, la productora se ha embolsado 2,22 millones de euros. Un sablazo institutional que hace que cualquier presupuesto familiar parezca un chiste de mal gusto. La hipocresía alcanza su cénit cuando CCOO se indigna, no solo porque se externalice una entrevista de este calibre ignorando a los periodistas de casa, sino porque los fragmentos de la charla aterrizaron primero en RAC1, una radio privada del Grupo Godó, antes que en la pantalla pública que la pagó. Básicamente, hemos pagado el viaje, la cena y el hotel para que la primicia se la llevaran otros. Todo esto por un 8,3% de audiencia en Cataluña. Un éxito rotundo, si es que medimos la eficiencia por la cantidad de euros invertidos por cada espectador que no cambió de canal.
En el Ministerio del Interior, parece que la gestión de materiales se maneja con la misma filosofía que quien intenta arreglar una fuga de agua con celo y esperanza. Fernando Grande-Marlaska tiene a 330 guardias civiles en las vallas de Ceuta y Melilla patrullando con cascos que tienen más años que algunas de las leyes que deben aplicar. Hablamos de piezas caducadas hace más de 20 años; material que, irónicamente, ya se exhibe en museos como reliquia histórica mientras el agente de turno lo lleva puesto para que no le reviente la cabeza. Para que nos entendamos: la vida útil de estos cascos antidisturbios es de 15 años. Pasado ese plazo, el poliestireno interno se reseca y se vuelve tan útil como un cenicero en una moto. No absorben impactos, solo bailan sobre la cabeza, provocando que los agentes sufran fracturas en las manos al resbalárseles el equipo o, peor aún, que el casco se parta como una galleta ante una pedrada. En el asalto de 2022 a Melilla, donde 2.500 subsaharianos intentaron entrar y 500 lo lograron, la precariedad pasó factura: un guardia perdió su especialidad de GRS por las secuelas de un golpe que un casco decente habría neutralizado. La solución del Ministerio ha sido una obra maestra de la ingeniería del parche. Prometieron 600 cascos nuevos, pero en Melilla los repartieron entre los GRS y la Usecic, dejando a los de Fiscal y Fronteras en el olvido. ¿El resultado? El responsable de material de Melilla hace 'canibalismo' de equipo: despieza cascos viejos para ponerle correas y tornillos a otros que están igual de mal. Mientras tanto, los agentes comparten el 'material caliente' (chalecos y espinilleras) como quien comparte un cepillo de dientes en un hostal barato. Con 200 efectivos en Ceuta y 130 en Melilla, la seguridad fronteriza se ha convertido en un ejercicio de supervivencia donde el presupuesto parece haberse evaporado en el camino.
Hay que tener una capacidad de malabarismo mental admirable para llamar «media casa» a un refugio que incluye un jardín de 837,37 metros cuadrados. Óscar López, el hombre que pilota la Transformación Digital y la Función Pública, nos ha intentado vender su propiedad en Riaza como si fuera un estudio compartido en el barrio de Usera, cuando en realidad hablamos de una joya incrustada en el Torreón, un palacete que respira abolengo y que supera los 1.000 metros de superficie total. Lo irónico no es solo el tamaño —que para el ciudadano medio es el espacio de tres o cuatro parcelas de huerto urbano— sino el pedigrí del inmueble. La casa fue el feudo del doctor Antonio García Tapia, una eminencia de la otorrinolaringología que no solo fundó un hospital-dispensario el 8 de septiembre de 1935, sino que se llevó muy bien con el bando nacional, luciendo con orgullo la Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio y la Gran Cruz del Mérito Naval, ambas en 1945. López, que en 2025 se dedicó a lanzar dardos contra Feijóo y Abascal usando placas del Instituto Nacional de la Vivienda para evocar el fantasma del franquismo, parece haber olvidado que su propio descanso veraniego ocurre en el antiguo palacio de un capitán del ejército de Franco. La operación inmobiliaria se cerró el 16 de junio de 2020, en plena pandemia, mientras el ministro presidía Paradores. Compró al 50% con su pareja una superficie construida de 174,30 metros cuadrados y una plaza de garaje romboidal de 12,50 metros. Todo un ejercicio de humildad socialista: criticar la estética del régimen mientras se disfruta de la piscina comunitaria de un palacete diseñado para la élite de la dictadura. Es la nueva arquitectura del progreso: borrar el pasado en Twitter, pero mantener las escrituras en el Registro de la Propiedad.
Comentarios