Marruecos tendrá en 2031 cuatro de las diez desaladoras más grandes del mundo para salvar su agricultura mientras España financia la obra

España paga el agua del tomate marroquí

politica Una ilustración satírica y conceptual. En primer plano, un tomate rojo brillante y perfecto apoyado sobre un fajo de billetes de euros. Al fondo, una megaestructura industrial de desalinización moderna frente al mar, con tuberías que conectan la planta con campos de cultivo verdes en medio de un desierto árido. Estilo editorial de revista económica, colores contrastados, iluminación dramática.

Hay que tener una cara dura del tamaño del Atlas. Mientras en España gestionar el agua es un deporte de riesgo entre sequías y el fantasma de Acuamed, nuestro vecino marroquí ha decidido jugar a la liga de los grandes. Para 2031, el reino alauita tendrá cuatro de las diez desaladoras más grandes del planeta, situándose justo detrás de los jeques de Arabia Saudita y Emiratos.

Y aquí viene el giro irónico: el 'empujoncito' financiero viene de Madrid. Con una ingeniería financiera que haría llorar a cualquier contribuyente, España ha soltado unos 340 millones de euros públicos. El desglose es un poema: 250 millones vía FIEM, 60 millones de Cesce y otros 31 millones por Cofides.

Básicamente, estamos pagando la factura de la luz y el agua para que los tomates de Karam Green Agri lleguen más frescos y baratos a los lineales de Lidl y Tesco, compitiendo —y machacando— a la huerta española. El plan es agresivo. De producir 345 millones de metros cúbicos anuales con 17 plantas, quieren saltar a 1.700 millones para 2030.

La joya de la corona es la planta de Casablanca, construida por Acciona con un coste de 887 millones de euros, que además sirve de 'maquillaje' hídrico para impresionar a la FIFA de cara al Mundial 2030. Mientras tanto, el Plan Verde de Aziz Ajanuch demostró que plantar sandías en el desierto de Zagora es una genialidad...

si no te importa agotar los acuíferos. Ahora, con la ósmosis inversa bajando los costes a 50 centavos el metro cúbico, el agua ya no cae del cielo, sino que sale de una tubería financiada por nosotros. Un negocio redondo para ellos; para nosotros, un agujero contable con sabor a salmuera.

Crítica:

El texto es una bofetada de realidad necesaria, aunque omite deliberadamente el retorno económico indirecto para las constructoras españolas. Es brillante al exponer la paradoja de financiar la competencia que te quita el mercado.

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