El Gobierno cambia de estrategia y culpa ahora a la derecha de la invasión y el estallido social en Ceuta

Ceuta arde y el Gobierno busca culpables

politica Una ilustración conceptual y satírica que muestra un tablero de ajedrez donde las piezas son edificios gubernamentales y banderas, mientras una mano invisible mueve las piezas erráticamente. Al fondo, una ciudad costera envuelta en humo y caos, contrastando con una tumbona de playa vacía y un cóctel, simbolizando la ausencia y la improvisación política. Estilo editorial de revista política, colores contrastados, sin rostros reales.

El Gobierno ha descubierto que gestionar una crisis es como intentar tapar un agujero en la piscina con chicle: tarde o temprano, el agua te llega al cuello. Tras un mes de vacaciones y una ausencia que en Ceuta se sintió como un abandono total, el Ejecutivo ha decidido que la mejor forma de limpiar el tablero es jugar la carta del 'culpable externo'.

Fernando Grande-Marlaska y José Manuel Albares han desempolvado el diccionario de la indignación para lanzar dardos contra la 'ultraderecha', la 'internacional reaccionaria' y hasta Elon Musk. Es la clásica maniobra de distracción: cuando no sabes dónde dejaste las llaves de la gestión, culpas al vecino de que te las haya robado. La estrategia ha sido un festival de volantazos.

Primero intentaron echarle el muerto a Juan Jesús Vivas, luego se pelearon con Italia y, al ver que nada cuajaba, han decidido que el estallido social y las agresiones a militares son culpa de los 'influencers ultraconservadores'. Mientras tanto, Marruecos disfruta de un silencio sepulcral; ocho ministros han pasado por el Congreso y ninguno se ha atrevido a decir ni 'mu' contra Rabat, tratando al país alauita con una delicadeza que ya quisiera cualquier pareja en su primera cita, a pesar de que la soberanía de la ciudad autónoma esté en el centro del tablero. Ahora, Pedro Sánchez regresa de sus vacaciones para dar la cara el lunes 31 de agosto en la cadena SER.

Llega tarde, llega improvisando y llega activando el Consejo de Seguridad Nacional y cambios en la ley de asilo justo cuando el incendio ya ha quemado el jardín. Al final, entre tanta 'desinformación' y 'odio', lo único real es la sensación de los ceutíes, que ven cómo el Estado llega al rescate solo cuando ya no queda nada que rescatar.

Crítica:

El texto es un ejercicio de manual sobre el desplazamiento de culpas, aunque peca de no dar voz a las víctimas reales del estallido. La narrativa es efectiva, pero la ausencia de datos sobre el número exacto de inmigrantes convierte la crisis en un concepto abstracto.

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