Crítica:
El texto original es un collage de tertulias que confunde la noticia con la opinión de los analistas. Se pierde el rigor periodístico al basar la crónica en lo que 'dicen los directores de diarios' en lugar de fuentes directas.
El texto original es un collage de tertulias que confunde la noticia con la opinión de los analistas. Se pierde el rigor periodístico al basar la crónica en lo que 'dicen los directores de diarios' en lugar de fuentes directas.
Hay una coreografía política que ya es rutina: el drama, el anuncio solemne y la huida inmediata al spa. Pedro Sánchez ha presidido este martes el Consejo de Seguridad Nacional en el Complejo de la Moncloa, un acto que, sobre el papel, destila urgencia y gravedad. Pero la realidad tiene un ritmo distinto, más parecido al de quien deja la cafetera encendida y sale corriendo hacia la puerta. Apenas unas horas después de jugar al estratega jefe, el presidente ya tiene el equipaje listo para volver a Andorra. Mientras en Ceuta la situación es un incendio que no se apaga y el Ministerio de Defensa ha tenido que enviar a más de un centenar de militares desde Canarias para intentar poner orden desde el 30 de julio, el jefe del Ejecutivo planea su estancia del jueves al domingo. No es un viaje de trabajo; es el regreso al hotel de lujo con spa, cicloturismo y senderismo junto a Begoña Gómez. Es el contraste obsceno: mientras el país debate si el presidente debe comparecer en el Congreso por la crisis de Ceuta, él prefiere el aire puro de los Pirineos. La logística es envidiable. El dispositivo de seguridad ya se ha adelantado al país vecino, asegurando que el colchón esté mullido antes de que llegue el dueño. Agustín Pery y Manuel Marín lo han dejado claro: convocar el Consejo 25 días después de que el asunto estuviera supuestamente zanjado no es gestión, es una maniobra de distracción. Es dar manotazos de ahogado para justificar la ausencia. Mientras Fernando Grande-Marlaska, Óscar Puente y Margarita Robles intentan sostener el relato en el Parlamento, el capitán del barco decide que el mejor lugar para reflexionar sobre la crisis es una piscina climatizada. Una gestión ejemplar, si lo que se busca es el arte de desaparecer justo cuando el ruido se vuelve insoportable.
El Reino Unido ha decidido montar un buffet libre de cefalópodos y los números son, sencillamente, obscenos. Mientras el pescador gallego mira el horizonte con el bolsillo vacío, en el suroeste de Inglaterra han sacado 3.000 toneladas de Octopus vulgaris solo en el primer semestre de 2026. Para que nos entendamos: los británicos han pescado en seis meses más pulpo que toda la flota gallega en dos años completos. Es como si tú ahorraras durante dos lustros y tu vecino, por un golpe de suerte climática, se comprara una mansión en una tarde. La receta del desastre es sencilla: corrientes marinas que arrastraron paralarvas desde Francia y unas olas de calor que dejaron el agua 5 grados por encima de lo normal. El pulpo, que suele ser un optimista ingenuo que pierde al 99% de sus crías, de repente se encontró en un spa termal donde crecer y reproducirse era pan comido. Ahora, la horda ha colonizado Gales y Escocia, según la Universidad de Plymouth, y se están comiendo hasta las nasas, dejando a bogavantes y langostas en la quiebra alimenticia. Incluso han empezado a practicarse el canibalismo, porque en el fondo marino británico ya no queda ni un mejillón que no haya pasado por sus tentáculos. Pero aquí viene la joya de la corona: la hipocresía del plato. En las lonjas gallegas el kilo ronda los 11,4 euros, pero el producto congelado de Brixham o Newlyn entra en España por 8 o 9 euros. Un ahorro del 20% que los mayoristas celebran mientras el pulpo de Cornualles se cuece en las rías gallegas y se etiqueta con nombres que huelen a Atlántico local. El consumidor come 'pulpo de Galicia', pero el animal probablemente nunca vio una ría, sino que prefirió el clima cálido de Devon antes de terminar en un plato de madera.
Parece que la luna de miel con las autopistas gratuitas ha durado lo que un caramelo en la puerta de un colegio. Salvador Illa, presidente de la Generalitat, ha decidido que el aire puro de la gratuidad en la AP-7 ya ha pasado factura y ahora quiere que el conductor vuelva a abrir la cartera. El argumento es el de siempre: la carretera está hecha polvo por el flujo incesante de camiones que van y vienen de la Junquera, y los Mossos no dan abasto con las mafias que han convertido el asfalto en su zona de recreo. Pero claro, cobrar solo en Cataluña sería como poner el impuesto del aire solo en Barcelona; el ruido político sería ensordecedor. Por eso, el consejero de Movilidad ha tenido la brillante idea de extender el 'sablazo' a todo el territorio español, invitando a Pedro Sánchez a montar un plan conjunto. La ingeniería financiera es sencilla: para los turismos, el tajo iría de los 3 a los 8 céntimos por kilómetro. Traducido al lenguaje de la calle, es soltar entre 15 y 40 euros cada 500 kilómetros. Un gasto que, comparado con el precio actual de la cesta de la compra, parece una broma, pero que pica en el bolsillo del que viaja por necesidad. Para los camiones, la broma es más pesada: 20 céntimos por kilómetro, lo que se traduce en un billete de 100 euros cada 500 kilómetros. Illa mira con nostalgia el modelo de la A-636 vasca, donde los turismos ya pagan 0,16 euros por kilómetro (unos 2,5 euros por tramos cortos de 15 kilómetros) mediante un sistema dinámico sin cabinas. Básicamente, te registras en una web, das tus datos y esperas que el cargo llegue a tu cuenta mientras disfrutas del paisaje. Un sistema moderno para un problema antiguo: querer que el usuario pague el mantenimiento que el Estado no puede costear.
Hay que tener valor. Mucho valor. El 17 de noviembre de 2025, Óscar Puente se plantó ante los micrófonos para decirnos que el AVE Madrid-Barcelona volaría a 350 km/h sin mover un solo ladrillo del trazado. Era el día del triunfo, la 'ofensiva' contra la infraestructura obsoleta. Pero claro, un logro así no se celebra con un apretón de manos; se celebra con merchandising. Al día siguiente, la cuenta de TikTok de la Moncloa nos regaló la imagen del ministro repartiendo pines conmemorativos al Gabinete, como quien reparte cromos en el patio del colegio. Aquí viene el detalle que hace que a cualquiera le suba la tensión: esos 350 pines costaron 1.266,67 euros, IVA incluido. Para el ciudadano que mira la cuenta corriente con miedo, mil euros son una hipoteca pequeña o una compra del mes para tres familias; para el Ministerio de Transportes, es el precio de adornarse la solapa para celebrar algo que, en la práctica, no existía. Una ingeniería financiera del ego donde el metal brilla más que la realidad. La ironía alcanzó niveles estratosféricos dos meses después. Antes de que el primer tren pudiera siquiera soñar con esos 350 km/h, ocurrió la tragedia de Adamuz, con 46 muertos y 150 heridos. De repente, el mundo cambió. Las promesas de velocidad se convirtieron en restricciones de Adif y el mapa ferroviario pasó de ser una autopista al cielo a un laberinto de frenazos. Hoy, si entras en la web de Renfe, el viaje más rápido Madrid-Barcelona tarda 3 horas y 2 minutos. Nada de 'menos de 2 horas'. Al final, lo único que realmente alcanzó la velocidad del rayo fue el gasto de los pines, que desaparecieron del presupuesto público mucho antes de que el AVE pudiera siquiera acelerar.
En España, hacer la compra se ha convertido en un ejercicio de geopolítica involuntaria. Mientras el agricultor local intenta cuadrar cuentas con una calculadora que ya no da más de sí, el tomate marroquí entra en nuestras cocinas como quien entra en su propia casa, sin llamar y sin pagar peaje. No es una casualidad, es ingeniería burocrática. El Consejo de la UE y Marruecos han firmado un pacto en otoño de 2025 que es, básicamente, un 'borrón y cuenta nueva' sobre la legalidad. Han decidido ignorar que el Tribunal de Justicia de la UE (TJUE) sentenció el 4 de octubre de 2024 que usar los cultivos del Sáhara Occidental era ilegal. Pero claro, para Bruselas, la ley es una sugerencia cuando hay toneladas de hortalizas libres de arancel en juego. Los números son un sablazo en la mesa. De enero a mayo de 2026, hemos importado 66.049,53 toneladas de tomate marroquí, un récord que deja en ridículo el 2025 con sus 61.867,13 toneladas. Para que nos entendamos: el 70,30 % de los tomates que cruzan la frontera vienen del reino de Mohamed VI. Es una avalancha. Portugal, que subió sus ventas un 31,26 %, solo nos vendió 12.692,04 toneladas; es decir, compramos casi cuatro veces más al vecino del sur que al luso. Y Países Bajos, el presumido líder europeo, se queda en una anécdota: importamos 16 veces más de Marruecos que de los neerlandeses. La hipocresía es el ingrediente principal de esta ensalada. Mientras Marruecos disparó sus exportaciones mundiales un 34,81 % desde 2016 (pasando de 524.907 a 707.621 toneladas en 2025), el tomate español se ha desinflado un 36,16 %, cayendo de 910.663 a 581.361 toneladas. Competir contra normativas laborales y sanitarias laxas es como intentar ganar una carrera de Fórmula 1 yendo en bicicleta y cargando el carrito de la compra.
El 30 de julio no fue un día cualquiera; fue el día en que la frontera de Ceuta decidió jugar al colador. Mientras nosotros nos peleamos por el precio del aceite, un ejército de 200.000 personas —según The Wall Street Journal— decidió que era el momento ideal para probar suerte. No fue una coincidencia, fue una coreografía digital. Unos cuantos mensajes virales sobre una sentencia del Tribunal Supremo que prohibía las devoluciones rápidas sirvieron de cerilla para prender la mecha. De repente, el sueño europeo se convirtió en una carrera de obstáculos donde las mafias del tráfico humano fueron las directoras de orquesta, aprovechando el caos para colar sus 'paquetes' preferidos. El resultado es un agujero de seguridad que deja mal parado a cualquiera. El Gobierno dice que entraron más de 80.000 personas. Para que nos entendamos: es como si intentaran meter el estadio Santiago Bernabéu entero por una puerta de servicio en una sola tarde. Juan Vivas, presidente de Ceuta, ya avisaba de que los cruces habían pasado de 200 diarios a 1.500 el 29 de julio, justo antes del Día del Trono marroquí. Pero claro, la inteligencia era invisible. Fernando Grande-Marlaska dice que no sabía nada, mientras Margarita Robles sale al rescate defendiendo que el CNI y el CIFAS hicieron su trabajo. Un despliegue de optimismo institucional mientras los servicios públicos de la ciudad están en cuidados intensivos. En Bruselas, el humor es negro. La Comisión Europea mira a España con la cara que pone un profesor cuando el alumno no ha entregado el trabajo y, además, miente. No hay petición formal de ayuda a Frontex ni a Europol, y las devoluciones avanzan a paso de tortuga: entre 25 y 30 expedientes diarios. A este ritmo, terminaremos de gestionar la crisis cuando ya estemos celebrando el próximo siglo. Una vulnerabilidad expuesta que deja a la Unión Europea con el flanco sur abierto de par en par.
En el tablero eléctrico español, los técnicos de Red Eléctrica han decidido que ya basta de jugar al Monopoly con la estabilidad del país. Hartos de que las directrices políticas prioricen el postureo verde sobre la física básica, los ingenieros se han plantado. Su consigna es clara: «No va a haber otro apagón», una especie de 'whatever it takes' versión centro de control para evitar que el trauma del 28 de abril de 2025 se repita y termine con ellos dando explicaciones en un juzgado. La trama es deliciosa en su hipocresía. Mientras desde arriba exigen meter todas las renovables posibles en el mix —como quien intenta meter un colchón doble en un maletero de un Smart—, los técnicos, que son quienes realmente saben dónde están los cables, ignoran órdenes para evitar el colapso. Para que no nos quedemos a oscuras, están aplicando el Servicio de Respuesta Activa de la Demanda (SRAD), que básicamente consiste en pagarle a la industria para que apague las máquinas. Un parche caro que se ha usado cuatro veces en los últimos 35 días porque, sorpresa, cuando el cielo se nubla o el viento decide tomarse vacaciones, la fotovoltaica y la eólica dejan de dar la talla. Para evitar que el sistema haga 'clic' y se apague, han tenido que mantener encendidos ciclos combinados de gas, especialmente en Extremadura y Andalucía, las zonas donde el sistema ya sufrió el 'cero absoluto' en 2025. Pero claro, la seguridad tiene un precio que no pagan los políticos, sino el ciudadano. Entre la compra de dispositivos por 615 millones, la prórroga forzosa de Almaraz y el uso del SRAD, el resultado es un recibo de la luz este mes un 80% más caro que hace un año. Al final, el aire acondicionado nos salva del calor, pero la factura nos deja helados.
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