La plaga de pulpos en el Reino Unido no remite, sino que está batiendo récords: en el primer semestre de 20...

Pulpo británico disfrazado de gallego: el sablazo

economia Una ilustración satírica y conceptual. Un plato de madera tradicional gallego con pulpo, pero debajo del plato hay un mapa del Reino Unido y una bandera británica asomando discretamente. Alrededor, tentáculos de pulpo abrazando monedas de euro y billetes, con un termómetro marcando una temperatura alta en el fondo marino. Estilo editorial de revista, colores vibrantes y trazo limpio.

El Reino Unido ha decidido montar un buffet libre de cefalópodos y los números son, sencillamente, obscenos. Mientras el pescador gallego mira el horizonte con el bolsillo vacío, en el suroeste de Inglaterra han sacado 3.000 toneladas de Octopus vulgaris solo en el primer semestre de 2026.

Para que nos entendamos: los británicos han pescado en seis meses más pulpo que toda la flota gallega en dos años completos. Es como si tú ahorraras durante dos lustros y tu vecino, por un golpe de suerte climática, se comprara una mansión en una tarde. La receta del desastre es sencilla: corrientes marinas que arrastraron paralarvas desde Francia y unas olas de calor que dejaron el agua 5 grados por encima de lo normal.

El pulpo, que suele ser un optimista ingenuo que pierde al 99% de sus crías, de repente se encontró en un spa termal donde crecer y reproducirse era pan comido. Ahora, la horda ha colonizado Gales y Escocia, según la Universidad de Plymouth, y se están comiendo hasta las nasas, dejando a bogavantes y langostas en la quiebra alimenticia.

Incluso han empezado a practicarse el canibalismo, porque en el fondo marino británico ya no queda ni un mejillón que no haya pasado por sus tentáculos. Pero aquí viene la joya de la corona: la hipocresía del plato. En las lonjas gallegas el kilo ronda los 11,4 euros, pero el producto congelado de Brixham o Newlyn entra en España por 8 o 9 euros.

Un ahorro del 20% que los mayoristas celebran mientras el pulpo de Cornualles se cuece en las rías gallegas y se etiqueta con nombres que huelen a Atlántico local. El consumidor come 'pulpo de Galicia', pero el animal probablemente nunca vio una ría, sino que prefirió el clima cálido de Devon antes de terminar en un plato de madera.

Crítica:

La noticia es un despliegue de datos impecable, pero peca de ingenuidad al no cuestionar la legalidad del etiquetado en los cocederos. Es un escándalo de trazabilidad disfrazado de curiosidad biológica.

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