Crítica:
La noticia se pierde en un laberinto de porcentajes contables para camuflar el hecho político: el partido se vacía. Es un ejercicio de aritmética para distraer de la erosión ideológica.
La noticia se pierde en un laberinto de porcentajes contables para camuflar el hecho político: el partido se vacía. Es un ejercicio de aritmética para distraer de la erosión ideológica.
El Gobierno de Illa ha decidido jugar al Tetris con el mapa de Cataluña, y el resultado es un caos donde el ciudadano de a pie es el que paga la cuenta. La Ley 11/2025, ese regalo envuelto en buenas intenciones de la coalición PSC, Comunes, ERC y CUP, ha logrado lo que parecía imposible: que el mercado de la vivienda protegida se desplome un 15,33% en junio, mientras el mercado libre apenas respira con un crecimiento del 1,07%. Es la paradoja del siglo: para 'proteger' la vivienda, la paralizan. El drama tiene nombre y apellido: inseguridad jurídica. Hay más de 25.000 pisos atrapados en un limbo administrativo; 6.700 ya en 2026 y una proyección de 25.536 para 2030. En Badia del Vallés, donde la renta per cápita es un chiste de mal gusto y el PSC manda en el barrio, han nacido la Plataforma contra la Ley 11/2025. Allí, 2.500 familias ven cómo sus ahorros para la jubilación se convierten en humo porque no pueden vender un piso que ya no es protegido, pero que el Estado mantiene secuestrado por estar en una 'zona tensionada'. Es como si te dijeran que tu coche ya es tuyo, pero no puedes conducirlo porque la calle es 'demasiado transitada'. Mientras tanto, la Generalitat hace malabares con la lista de zonas tensionadas. Han subido a 302 el número de áreas afectadas, alcanzando al 72,9% de la población. Pero ojo al detalle: Figueres y Banyoles, bastiones de Junts, han quedado fuera del 'castigo'. Mientras los alcaldes de estas ciudades celebran la libertad de mercado, en Martorell o La Junquera se preparan para el cierre. El Consejo General del Notariado ya avisó: las transacciones cayeron un 4,1% en mayo. Al final, la ingeniería social de Illa solo consigue que haya menos oferta y que los precios suban, mientras el vecino espera que el Estado le devuelva la llave de su propio patrimonio.
Ceuta lleva casi 20 días con el pulso alterado, mientras en Madrid el Gobierno juega al tenis con la gestión de la crisis. Juan Jesús Vivas, el presidente de la ciudad, ha puesto un ultimátum de 30 días para volver a la normalidad antes de que suenen las campanas del curso escolar, amenazando con llevar el asunto al Supremo y al Constitucional. Es la desesperación del que ve cómo su ciudad se convierte en una sala de espera infinita mientras los ministros aterrizan, cambian impresiones y despegan sin dejar más que promesas en el aire. La respuesta del Ejecutivo es un despliegue de surrealismo administrativo. Mientras Exteriores e Interior prometen expulsiones, la responsable de Migraciones propone instalar 1.500 carpas, que ya podrían subir a 4.000. Es como intentar apagar un incendio forestal con un pulverizador de jardín: más espacio para esperar, pero ninguna salida. Mientras tanto, el PP, desde Génova, ha sacado de la naftalina la Ley de Seguridad Nacional mediante una Proposición no de Ley (PNL), sugiriendo que esto no es un simple problema de visados, sino un asunto de soberanía e integridad territorial. El contraste es sangrante. Por un lado, tenemos la 'amistad' estratégica con Marruecos, que parece valer más que la tranquilidad de Ceuta; por otro, la exigencia de Ezcurra y los populares de activar un Real Decreto que obligue a movilizar medios humanos y materiales de forma coordinada. El quid de la cuestión es si el Gobierno ha ignorado los avisos del CNI por pura negligencia o por una ingeniería diplomática donde Ceuta es la moneda de cambio. Al final, entre carpas y leyes olvidadas, la realidad es que la ciudad autónoma se siente sola en el tablero, esperando que el BOE deje de ser un libro de sugerencias y se convierta en acción.
Hay una gimnasia mental que ya quisiera el Cirque du Soleil: se llama 'gestionar la sanidad'. Mónica García, la ministra que ha hecho del ataque a la colaboración público-privada su deporte nacional y de señalar a Isabel Díaz Ayuso su mantra diario, acaba de dejarnos el manual de instrucciones sobre cómo hacer exactamente lo que criticas mientras miras al frente. En el Hospital Universitario de Ceuta, la coherencia ha salido por la ventana para dejar entrar al Grupo Quirón. No es un desliz, es una estrategia de manual. Mientras en los micrófonos Quirón es el villano que 'selecciona pacientes', en los papeles del INGESA es el socio preferido. Hablamos de 12 servicios externalizados. Para que el ciudadano medio lo entienda: es como criticar que el vecino use una empresa de limpieza y luego contratar tú a la misma empresa para que te friegue el suelo, pero cobrando el detergente con dinero público. El colmo del surrealismo llega con las endoscopias con sedación profunda. El contrato, adjudicado en febrero de 2026 a IDCQ Hospitales y Sanidad por 158.899 euros, obliga a los pacientes a pegarse un viaje hasta Los Barrios (Cádiz). Si resulta que necesitas una biopsia, felicidades: el servicio no está externalizado, así que tienes que volver a Ceuta y reprogramar todo. Un baile burocrático que puede retrasar diagnósticos críticos varios meses. Un sablazo a la eficiencia. Pero la fiesta sigue. En 2024, con García ya al mando, se rubricaron contratos de neurología y rehabilitación logopédica con Quirón. Sumemos 6.900 euros para test VHIT y 24.000 euros para artroresonancias en abril. Y para rematar la jugada, el 'estirón' presupuestario: 2.172.000 euros a la UTE Clínica Radiológica-Resona-Rusadir para resonancias. ¿Lo más irónico? Compraron una máquina de 3 teslas tan potente que algunos pacientes con tatuajes metálicos no pueden usarla, obligando a mantener el concierto privado. Al final, la sanidad pública de Ceuta parece más un catálogo de subcontratas que un servicio asistencial.
Hay una forma muy elegante de gestionar el caos: hacerlo por Zoom mientras el aire acondicionado de Lanzarote te acaricia la cara. Pedro Sánchez ha descubierto el secreto de la eficiencia moderna. Mientras Ceuta lidia con el asalto masivo de inmigrantes y una crisis sanitaria que no entiende de calendarios, el jefe del Ejecutivo ha decidido que el 'mando único' se ejerce mejor en pijama desde la residencia de La Mareta. La agenda de agosto es una oda al minimalismo. Dos videoconferencias. Solo dos. Una el 7 de agosto y otra el 17. Diez días de silencio sepulcral entre sesión y sesión, mientras el resto del equipo ministerial juega al 'estoy yo' trasladándose a la ciudad autónoma. Es como si el dueño de la empresa dejara que los mandos intermedios apaguen el incendio mientras él revisa el menú del buffet desde la playa. En el despliegue de figuras, Sánchez convocó a todo el elenco: desde Economía y Exteriores hasta Defensa, Interior, Política Territorial, Inclusión y Juventud. Un despliegue de cargos impresionante para una reunión que, en lenguaje de calle, es el equivalente a un grupo de WhatsApp donde todos asienten pero nadie tiene la llave de la puerta. Mientras tanto, Elma Saiz, la portavoz y ministra de Inclusión, aterrizó en Ceuta para anunciar 1.500 plazas de acogida temporal y, acto seguido, dedicarse a la jardinería política. En lugar de analizar el papel de Marruecos en el tablero, prefirió recitar un poema sobre la 'diversidad' y la 'convivencia', tachando a la oposición de sembrar odio. Muy bonito el discurso, pero la diversidad no es precisamente lo que preocupa al vecino que ve cómo su ciudad colapsa mientras el presidente despacha el problema entre siesta y siesta en La Mareta.
Mientras en Moncloa se miran el ombligo, en Rabat se están sirviendo el champán caro. Donald Trump ha decidido que Marruecos es el 'crush' del momento, y lo hace con una generosidad que ya quisiera cualquier vecino europeo. No es solo cariño diplomático; es una transferencia de confianza que duele. Para que nos entendamos: entre enero y mayo, las exportaciones estadounidenses a Marruecos alcanzaron los 2.745 millones de dólares, una cifra que hace que la balanza comercial parezca un buffet libre para Washington. El idilio se ha fraguado en tres actos que parecen sacados de una película de espías con presupuesto infinito. Primero, el 30 de abril, inauguraron un Consulado General en Casablanca que costó 350 millones de dólares. Sumemos a eso los 150 millones de la nueva embajada en Rabat y tenemos un ticket de gasto que dejaría tiritando a cualquier ayuntamiento español. No es solo ladrillo; es una alfombra roja para que fondos como Pimco o Citadel, y gigantes como Oracle, Cisco o Dell, se instalen cómodamente mientras 120 multinacionales ya han echado raíces. Luego vino el romanticismo palaciego. El embajador Duke Buchan —que ya sabe dónde nos aprieta el zapato porque fue embajador en España— le susurró al Rey Mohamed VI que Trump está "firmemente" con él, incluso en el espinoso asunto del Sáhara. El mensaje es claro: desde Tánger hasta Dajla, Washington pone la firma. Pero el giro cruel llegó el 1 de agosto. El Departamento de Estado, dirigido por Marcos Rubio, lanzó un aviso de viaje sobre Ceuta que es, básicamente, un dardo envenenado. Al colocar a España en el "Nivel 2" por riesgo de disturbios y terrorismo, Washington le dice al mundo que Marruecos es, paradójicamente, un sitio más tranquilo para pasear que el territorio español. Un movimiento maestro de relaciones públicas que deja a España como el vecino problemático mientras Rabat brilla como el socio fiable.
Vender humo es gratis, pero alquilar un estudio en Madrid cuesta un riñón y medio. Pedro Sánchez ha bautizado este periodo como la 'legislatura de la vivienda', una etiqueta con más marketing que resultados, porque mientras el discurso oficial se llena la boca con soluciones, la realidad es que los jóvenes españoles han convertido el cuarto de sus padres en su residencia permanente. No es una elección generacional, es un bloqueo financiero. Los datos de Eurostat son el golpe de realidad que no cabe en un tuit oficial. En 2010, la diferencia entre España y la media europea era un suspiro, apenas un 2,8%. Hoy, esa brecha es un abismo: mientras la media de la Unión Europea se planta en el 49,8%, en España el 68,7% de los jóvenes de entre 18 y 34 años siguen anclados al hogar familiar o dependiendo de la cartera de los progenitores. Es el máximo histórico. Bajo el mandato de Sánchez, la cifra ha trepado del 62,8% al actual 68,7% en 2025. Básicamente, independizarse se ha vuelto un deporte de riesgo o una fantasía de ciencia ficción. Lo más doloroso es mirar al vecino. Mientras Alemania, Austria o Estonia han logrado que sus jóvenes cierren la maleta y se marchen de casa, España ha decidido nadar contracorriente. Solo Croacia, Eslovaquia e Italia nos llevan la delantera en este ranking del estancamiento. Mientras en Francia o Bélgica la subida ha sido un paseo moderado, aquí ha sido un cohete. Al final, la 'legislatura de la vivienda' ha resultado ser la legislatura de 'espera a que tus padres hereden algo', porque con los salarios actuales, intentar pagar un alquiler es como intentar comprar un yate con el cambio de un café.
Hay quien dice que el poder corrompe, pero en Canarias el poder sabe a cacao y tiene un aroma sospechosamente familiar. Gabriel Andrés Megías Martínez, el número dos de Hacienda, ha decidido que los bombones de cortesía en los hoteles de lujo de Maspalomas y Meloneras deben pagar el impuesto AIEM. Un 'sablazo' fiscal que, sobre el papel, protege la industria local, pero que en la práctica es un regalo envuelto en papel dorado para su propio bolsillo. Mientras el turista cree que el bombón es gratis, el hotel paga un peaje que Megías firmó el 3 de agosto de 2026 en la Consulta nº 2.331, asegurando que las reglas de las franquicias internacionales no valen nada frente al fisco canario. Aquí es donde la historia deja de ser técnica y se vuelve una comedia de enredos. Resulta que Megías no es solo un burócrata con firma pesada; es el hijo del histórico director de La Isleña y consejero de Andrtés Megías Mendoza, S.A. Además, su familia controla 'La Candelaria', otra potencia chocolatera. El señor viceconsejero juega al escondite con la transparencia: en su ficha pública dice que no tiene 'actividad privada', pero en el Registro Mercantil su firma aparece nítida en las cuentas de 2024 como consejero de la empresa familiar. Es el clásico truco de firmar con la mano izquierda mientras la derecha recoge los beneficios. Para rematar el cuadro, tenemos a Pedro Ortega, el Director General de La Isleña desde 1989, que ha hecho un baile de sillas digno de un experto: ha sido presidente de ASINCA (que gestiona 350.000 euros públicos), Consejero de Economía entre 2015 y 2019 y ahora lidera la Confederación Canaria de Empresarios. Un ecosistema donde el regulador, el empresario y el político comparten el mismo café y, posiblemente, el mismo chocolate. No es gestión pública; es un club privado con presupuesto estatal.
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