Imaginen que el despacho del Presidente es, en realidad, un grupo de WhatsApp donde se gestiona el país como quien organiza una cena de empresa con rencores acumulados. Los chats filtrados entre Pedro Sánchez y José Luis Ábalos —este último ahora coleccionando 24 años de prisión según el Tribunal Supremo— no son estados de razón, sino el diario de una obsesión.
Mientras el ciudadano medio lucha contra la inflación para que la lista de la compra no parezca un atraco a mano armada, el jefe del Ejecutivo se dedicaba, en la primavera de 2021, a jugar al 'detective de empadronamientos'.
El despliegue de ingenio fue conmovedor. Sánchez, con la vena de fiscal activada, instaba a Ábalos el 6 de abril de 2021 a recurrir la candidatura de Toni Cantó y el 'ex de Toledo', celebrando con un «jajaja me parto» que Cantó saltara del barco el 11 de abril.
Era el deporte nacional de Moncloa: el control obsesivo de las papeletas ajenas. Pero el verdadero monstruo bajo la cama era Isabel Díaz Ayuso. Para el dúo dinámico, la presidenta madrileña no era una gestora autonómica, sino una amenaza «en clave nacional».
La ironía alcanza su cenit el 6 de mayo de 2021, tras el batacazo electoral donde el PSOE acabó empatado con Más Madrid.
Sánchez, lejos de la autocrítica, fulminó la falta de pulso político en Ferraz y rechazó a Julio Navalpotro con un tajante «ni de coña». En lugar de eso, barajó nombres como Mercedes González, hoy imputada en el caso de las cloacas. Entre risas sobre vídeos de X y el envío de noticias sobre el hermano de Ayuso, los chats revelan que el poder real no estaba en los congresos, sino en el teclado de un móvil, donde el destino de los socialistas madrileños se decidía entre un «Inshalá» y un desprecio coordinado.
Crítica:
La noticia es un festín de filtraciones que expone el funcionamiento 'de guerrilla' del Gobierno, aunque brilla por la ausencia de contexto sobre la fuente original de los chats. El título es efectivo, pero el contenido es puro morbo administrativo.
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