Imaginen que organizan una cena privada en casa y, para que el vecino cotilla no escuche los secretos de familia, deciden apagar el Wi-Fi y cerrar las persianas con candado. Pues eso, pero a escala geopolítica y con el presupuesto de un país pequeño. Durante la cumbre de la OTAN en Madrid, los días 29 y 30 de junio de 2022, la Moncloa decidió que el aire de IFEMA estaba demasiado 'contaminado' de tecnología china.
La orden fue clara: apagar las antenas de Huawei. No fue un apagón general, sino un sablazo quirúrgico a la marca de Shenzhen para que los jefes de Estado pudieran hablar de secretos militares sin que Pekín anotara los apuntes en una libreta invisible.
Mientras nosotros peleamos con el operador para que el 5G llegue al salón, Telefónica, Orange y Vodafone tuvieron que jugar al juego del escondite tecnológico.
La OTAN, que no se fía ni de su sombra, desplegó su propio sistema de conectividad cifrado y satelital, dejando la red comercial en el cajón. Todo esto mientras el Ejecutivo español evaluaba, siguiendo el manual de la Comisión Europea, meter a Huawei en la lista de 'proveedores de alto riesgo'.
Es la clásica danza de la hipocresía: usamos sus equipos para que el móvil no se corte en el ascensor, pero cuando llegan los americanos y llaman a China 'desafío sistémico', la tecnología asiática pasa de ser un avance prodigioso a ser un micrófono oculto en el jarrón. El veto, que empezó con Donald Trump y Joe Biden mantuvo, terminó por aterrizar en Madrid con la sutileza de un mazo, dejando claro que en la alta política, la seguridad no se negocia, se apaga con un interruptor.
Crítica:
El texto original es un ejercicio de 'fuentes dicen', evitando mojarse con documentos oficiales. Le sobra cautela y le falta admitir que el despliegue de redes propias de la OTAN hace que el apagón de Huawei sea más un acto simbólico que una medida técnica real.
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