Mientras en España seguimos discutiendo si el presupuesto para el transporte público alcanza para llegar al estadio, en Rabat han montado una maquinaria de relojería que deja a nuestra Federación como un equipo de barrio jugando en césped artificial. El rey Mohamed VI no ha ido a pedir permiso, ha ido a comprar la partida.
Con una estrategia que haría palidecer a cualquier lobo de Wall Street, Marruecos ha tejido una red de influencias donde el balón es lo de menos y el tablero de ajedrez lo es todo.
La operación tiene nombre y apellidos: Youssef Amrani, el embajador en EEUU, y Fouzi Lekjaa, el cerebro que se mueve en los pasillos de la FIFA con la soltura de quien es dueño del edificio.
Mientras nosotros confiamos en la 'diplomacia del buen rollo', Lekjaa ha blindado los siete votos de la CAF y ha puesto el ojo en la AFC, moviendo los hilos con el jeque Hamad Al Thani de Catar y Yasser Al Misehal de Arabia Saudí. Es un juego de espejos donde el príncipe Mohamed bin Salman y la Administración de Donald Trump actúan como los grandes padrinos, asegurando que la Concacaf —con su sede en Miami— se incline hacia el lado marroquí.
¿El precio de la traición? El pragmatismo más crudo. Gianni Infantino, el jefe de la FIFA, no es tonto: que le prometan 150 millones extra de recaudación gracias al estadio de Casablanca es como si te ofrecieran un bono de descuento en la compra del mes mientras tú solo hablas de 'tradición deportiva'.
Con 20 votos prácticamente atados y la sospecha de que algunos países de la Conmebol podrían vendernos por debajo de la mesa, el Santiago Bernabéu y el Camp Nou empiezan a parecerse a un sueño lejano. España esperaba el apoyo de la UEFA, pero en el mercado de influencias actual, la lealtad tiene la caducidad de un yogur barato.
Crítica:
La noticia es un despliegue de geopolítica disfrazada de deporte, aunque brilla por la ausencia de alguna respuesta oficial de la Federación Española. El enfoque es acertado al exponer que el fútbol es, en realidad, la moneda de cambio de los autócratas.
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