Imagínate vivir en España, pero que para enviar un paquete a Algeciras te traten como si estuvieras mandándolo desde el Congo o Nigeria. Esa es la surrealista comedia burocrática que padece Ceuta. Mientras el resto del país intenta ayudar comprando online a los comerciantes locales, se topan con un muro: la ciudad no pertenece a la Unión Aduanera.
Es el equivalente a vivir en el mismo edificio que tu vecino pero tener que pasar el control de pasaportes para ir a pedirle un poco de sal.
Arantxa Campos, presidenta de la Confederación de Empresarios de Ceuta, lo tiene claro: es una tortura. Un camión de tomates frescos pasa por los mismos controles que uno que va para Argelia, haciendo que la verdura llegue a la mesa con la frescura de un mueble antiguo.
Lo más irónico es que, mientras a Gibraltar le han hecho un traje a medida en julio, Ceuta sigue vistiendo harapos administrativos desde 1986. Pedro Sánchez, el 3 de septiembre, prometió en el Congreso corregir este 'desastre' (término que ya usaba CNN), pero ha pasado un mes y el olvido es la única medida efectiva.
La economía local está en cuidados intensivos.
El 90 % son pymes y micropymes, y ya han volado 44 autónomos. Para ellos, los 5.000 euros de ayuda son como intentar apagar un incendio forestal con un vaso de agua, especialmente para quienes no facturaron ni un euro en agosto tras la invasión. Y ojo al dato: el paro baja un 4 % interanual, pero no es por el éxito empresarial, sino porque hay que contratar a cientos de personas para limpiar las 1.775 toneladas de basura —unas 3,5 piscinas olímpicas de mugre— dejadas por los inmigrantes ilegales y montar carpas.
El Gobierno dice que volveremos a la normalidad antes de fin de año, pero en la calle saben que eso es un cuento chino.
Crítica:
La crónica expone la hipocresía gubernamental con éxito, aunque el texto original peca de optimismo ingenuo al citar la 'cercanía' de Arcadi España. El contraste entre la limpieza de basura y el descenso del paro es el dato más demoledor y mejor aprovechado.
Comentarios