Crítica:
El texto original es una sucesión de datos administrativos sin alma. Le falta cuestionar por qué España navega a contracorriente mientras el resto del continente firma el cheque del átomo.
El texto original es una sucesión de datos administrativos sin alma. Le falta cuestionar por qué España navega a contracorriente mientras el resto del continente firma el cheque del átomo.
Hay una nueva enfermedad profesional en el ecosistema corporativo: la 'IA-dependencia aguda'. No es que los jefes quieran optimizar procesos, es que han sustituido el sentido común por un chat. Imagínate que tu jefe, en lugar de mirar el balance de cuentas o hablar con el cliente, le pregunte a un bot si debe echarte. Pues así de surrealista. En una startup legal, el CEO llegó a redactar 'La Biblia', un manual de cientos de páginas generado por IA que los empleados debían estudiar como si fueran novicios en un convento tecnológico. Si no consultabas con el bot antes de hablar con él, básicamente estabas admitiendo que no te importaba tu puesto. El delirio escala rápido. Pasamos de usar ChatGPT para redactar un correo aburrido a pivotar el modelo de negocio cada semana porque el algoritmo dice que la negligencia médica es el negocio del momento, para luego saltar a las quiebras concursales sin despeinarse. Es el 'vibe-coding' llevado al extremo: gestionar una empresa basándose en sensaciones digitales y no en datos reales. Mientras el empleado de IT recibía un bono anual de 120 dólares —una cifra que parece más una propina que un incentivo profesional—, su supervisor usaba la IA como un 'sacerdote digital' para validar que todas sus decisiones eran correctas. Lo más cínico es el uso de la tecnología para el espionaje. Tres suscripciones Pro para controlar los chats de la plantilla, que terminaron convirtiéndose en una ventana para que los empleados supieran quién sería el próximo sacrificado en el altar de OpenAI. Al final, la productividad se ha ido al traste en un bucle de retroalimentación donde el jefe ignora la realidad del terreno porque Claude o ChatGPT le han dicho que el problema es que el vendedor no sabe vender, y no que el producto es un espejismo. Es la era del 'slop', donde el criterio humano es el estorbo y la alucinación de la máquina es la verdad absoluta.
El pánico al metal ha llegado a Corea del Sur. Los obreros de Hyundai, agrupados en el Korean Metal’s Worker’s Union, han decidido que ya basta de mirar videos de robots haciendo malabares y han votado por la huelga. No es que no quieran innovar; es que no quieren que la innovación los deje en la calle mientras el CEO sonríe en un folleto corporativo. La empresa juega la carta del 'bienestar', asegurando que los humanoides solo harán los trabajos sucios y peligrosos, esa clásica narrativa de que el robot es el nuevo becario que no se queja. Pero los trabajadores no son tontos: saben que cuando Hyundai anunció en enero que desplegaría los robots Atlas de Boston Dynamics en Georgia para 2028, la mecha quedó encendida. Y en mayo, la empresa soltó la bomba para los inversores: planean meter más de 25,000 humanoides en sus plantas. Veinticinco mil. Eso no es 'ayudar', es una sustitución en masa disfrazada de eficiencia. Para colmo, el sindicato pide un bono de rendimiento equivalente a un tercio de los beneficios anuales de la compañía. Traducido al lenguaje de la calle: quieren que les suelten unos 27,000 dólares por cabeza para los 73,000 empleados. Es el clásico 'págame ahora que puedes, porque cuando llegue el Atlas, no habrá quien cobre'. Mientras tanto, la envidia juega su papel; los trabajadores de Samsung ya se han llevado unos cheques gordos gracias a la IA, y nadie quiere sentirse el pobre Diablo del sector automotriz. Con BMW probando robots en Leipzig y Japan Airlines automatizando maletas en Haneda, el mensaje es claro: el futuro es brillante, siempre y cuando no seas el que aprieta el tornillo.
Hablemos claro: mandar humanos a Marte no es un paseo dominical ni un episodio de Star Trek; es un agujero financiero de proporciones bíblicas. La NASA, que tiene la sabiduría de un anciano pero la burocracia de un notario en agosto, ha comprendido que no puede cargar con todo el piano. Por eso, han decidido jugar al 'inquilino estrella'. En lugar de comprar el edificio entero, NASA contrata servicios, enviando una señal al mercado de que hay demanda real y no solo sueños de astronautas. Ya lo vimos con el programa COTS, el CCP y el HLS. Mientras nosotros peleamos por el precio del aceite, NASA acaba de soltar más de 1.000 millones de dólares en contratos para la Base Lunar, el escalón previo al salto rojo. Pero la verdadera jugada maestra es la externalización del riesgo. El programa ESCAPADE, que despegó en noviembre de 2025 sobre un cohete New Glenn de Blue Origin, es el ejemplo perfecto: una colaboración entre NASA, UC Berkeley, Rocket Lab y Advanced Space para estudiar la radiación sin que el presupuesto se evapore en el intento. Incluso hay planes más concretos, como el envío del instrumento Aeolus con Relativity Space en 2028, bajo la batuta de Jared Isaacman. Y aunque el programa Commercial Mars Payload Services (CMPS) de 2025 suena ambicioso, ahora mismo está en el limbo debido a que el Congreso y la Administración no se ponen de acuerdo con el presupuesto, recordándonos que, aunque queramos conquistar Marte, seguimos atrapados en la pelea eterna por el dinero en la Tierra. Al final, la promesa es que resolver cómo no morir de hambre o asfixia en Marte hará que nuestros hospitales y granjas aquí sean menos precarios. Es el clásico 'gastamos miles de millones allá arriba para que tú no te mueras aquí abajo'.
Hacerse rico en el sector de la publicidad suele requerir o un genio del marketing o una suerte divina. Pero Alba y Laura Rodríguez Espinosa, las hijas del expresidente José Luis Rodríguez Zapatero, parecen haber descubierto un código secreto. Su agencia, Whathefav, es una joya de la eficiencia: cinco empleados, cero deuda a largo plazo y una rentabilidad económica (ROI) del 69,19% al cierre de 2024. Para que el ciudadano de a pie lo entienda, mientras la media del sector sobrevive con un 7,74%, las hijas del exmandatario están multiplicando por nueve el rendimiento común. Es como si todos fuéramos en bicicleta y ellas hubieran aparecido con un Fórmula 1 en una calle peatonal. La ingeniería financiera de Whathefav es, sencillamente, insultante. Su rentabilidad financiera (ROE) escala al 70,06% frente al 19,06% sectorial, y su margen operativo (34,35%) deja al 4,41% de la competencia como una propina olvidada en el mostrador. Mientras la mayoría de las agencias viven hyphenadas al crédito bancario, ellas tienen 134.069 euros en tesorería, lo que supone el 57,2% de su activo. Básicamente, tienen la cartera tan llena que el efectivo representa cuatro veces más que la media del sector. Pero aquí llega el giro de guion. Este éxito rotundo, con una facturación que subió de 301.192 euros en 2022 a 471.811 euros en 2024, no ha pasado desapercibido para la justicia. El juez José Luis Calama, de la Audiencia Nacional, quiere saber qué servicios facturaron exactamente a la consultora Análisis Relevante dentro de la trama del rescate de Plus Ultra. La UDEF ya registró su sede en mayo. Entre beneficios netos de 125.640 euros y dividendos repartidos alegremente, Whathefav es el ejemplo perfecto de que, a veces, el mejor 'marketing' no es el que se vende, sino el que se hereda en el apellido.
El Gobierno ha sacado el champán porque la tasa de paro ha bajado al 9,87%, una cifra que venden como un milagro divino, aunque en cualquier país decente rozar el diez por ciento sea el síntoma de un paciente en cuidados intensivos. Es la eterna danza de los números: mientras el paro de los españoles se mantiene en un 9,5%, el de los extranjeros se dispara al 17,2%. Casi el doble. Resulta fascinante que nos vendan la necesidad de importar mano de obra mientras el 17,2% de esa 'mercancía' resulta ser invisible para el mercado laboral. Bajemos al barro de las cifras, que es donde se esconde la hipocresía. Tenemos 730.000 extranjeros en las listas del paro y casi dos millones más que ni siquiera aparecen en la población activa. No es un bache; es un agujero contable. Si traducimos esto al lenguaje de la calle, los extranjeros desempleados pesan más que toda la población de Cantabria. Los inactivos equivalen a sumar Asturias, Cantabria y La Rioja. Es como si el Estado decidiera invitar a cenar a millones de personas sin que nadie haya pagado el menú. Para rematar el cuadro, el Gobierno prepara una regularización de un millón de personas que, sumando la reagrupación familiar, podría añadir tres millones más al tablero. Hagamos la cuenta rápida: sería como si mañana toda la población de Cataluña decidiera que trabajar es opcional. Ninguna Seguridad Social aguanta este ritmo de 'tirar de tarjeta' sin que el sistema implosione. O el establishment busca el consenso para dinamitar el Estado del bienestar desde dentro, o estamos asistiendo a una ingeniería demográfica donde el coste lo pagaremos todos en la próxima factura de servicios públicos.
Resulta conmovedor ver que los dueños del mundo, esos que tienen el saldo bancario tan inflado que ya no saben dónde meter los ceros, han empezado a sudar frío. Los zillionaires de la IA han descubierto que el público ya no quiere comprarles la moto de la 'utopía tecnológica'. Según YouGov, tres cuartas partes de los estadounidenses exigen que se les ponga correa a la inteligencia artificial, un sentimiento que une a la izquierda y la derecha como pocas veces ocurre. Mientras el ciudadano medio lucha contra la inflación y ve que el recibo de la luz sube más que su sueldo, las Big Tech inyectan millones en elecciones estatales y federales para blindar sus intereses. La rabia tiene ahora un blanco tangible: los centros de datos. No es que a la gente le molesten los servidores per se, es que son el único lugar donde se puede poner un muro o una protesta frente a una industria de billones de dólares que se siente intocable. Mark Cuban, el hombre que sabe leer el mercado mejor que nadie y que ya tiene sus rencillas con Sam Altman de OpenAI, ha soltado la bomba: la lucha contra los centros de datos es solo una pantalla. Es el odio visceral hacia la acumulación de riqueza obscena que la IA está concentrando en manos de unos pocos. La solución de Cuban para evitar que la fiesta termine en una revuelta socialista es casi tierna. Sugiere donar miles de millones a pueblos pequeños, hacerle un guiño a los sindicatos de artistas y dejar de contratar famosos para que nos vendan la IA como si fuera el nuevo detergente. Básicamente, propone que los magnates empiecen a 'besar el culo' de quienes madrugan para pagar las facturas. Mientras tanto, los más precavidos ya están diseñando búnkeres en islas remotas y chequeando sus flotas de jets privados, por si el día del juicio final llega antes que la próxima actualización de software.
Elon Musk ha decidido que gestionar satélites y coches eléctricos no era suficiente adrenalina; ahora quiere gestionar tu cartera. Ha lanzado X Money, un servicio bancario para los usuarios Premium y Premium Plus que ya pagan hasta 40 dólares al mes por el placer de tener un check azul y que sus quejas lleguen más alto. La propuesta es tentadora en el papel: una tarjeta Visa, cajeros y un rendimiento anual del 6% con un 3% de cash-back. Suena a ganga, pero entregarle los ahorros de una vida a un hombre que convierte el caos en deporte nacional es, cuanto menos, una apuesta arriesgada. Mientras nosotros contamos los céntimos para el café, Musk busca convertir X en la 'superapp' definitiva, imitando el modelo chino de WeChat. Linda Yaccarino, su portavoz oficial, asegura que la app podrá entregar 'todo'. El problema es que ese 'todo' convive en la misma plataforma donde el discurso de odio y la desinformación fluyen con la misma naturalidad que los memes. No es casualidad que la senadora Elizabeth Warren le haya enviado una carta recordándole que su gestión de X no precisamente inspira confianza para manejar el sistema financiero nacional. La ironía es circular. Musk cofundó X.com en 1999, la semilla de lo que sería PayPal, de donde fue expulsado en el año 2000 por Peter Thiel y la junta directiva. Veinticuatro años después, Elon vuelve a intentar jugar al banquero, aunque con un calendario que parece sugerencia más que promesa. Prometió el lanzamiento para finales de 2024 en octubre de 2023, pero ha llegado con un retraso de más de dos años y medio. Si así de puntual es con los plazos, imaginar que tus fondos estarán a salvo es un ejercicio de fe digno de un santo.
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