Crítica:
El texto original es una columna de opinión disfrazada de análisis técnico que utiliza analogías geográficas para asustar. Carece de matices sobre la precariedad laboral y la economía sumergida.
El texto original es una columna de opinión disfrazada de análisis técnico que utiliza analogías geográficas para asustar. Carece de matices sobre la precariedad laboral y la economía sumergida.
El Gobierno ha sacado el champán porque la tasa de paro ha bajado al 9,87%, una cifra que venden como un milagro divino, aunque en cualquier país decente rozar el diez por ciento sea el síntoma de un paciente en cuidados intensivos. Es la eterna danza de los números: mientras el paro de los españoles se mantiene en un 9,5%, el de los extranjeros se dispara al 17,2%. Casi el doble. Resulta fascinante que nos vendan la necesidad de importar mano de obra mientras el 17,2% de esa 'mercancía' resulta ser invisible para el mercado laboral. Bajemos al barro de las cifras, que es donde se esconde la hipocresía. Tenemos 730.000 extranjeros en las listas del paro y casi dos millones más que ni siquiera aparecen en la población activa. No es un bache; es un agujero contable. Si traducimos esto al lenguaje de la calle, los extranjeros desempleados pesan más que toda la población de Cantabria. Los inactivos equivalen a sumar Asturias, Cantabria y La Rioja. Es como si el Estado decidiera invitar a cenar a millones de personas sin que nadie haya pagado el menú. Para rematar el cuadro, el Gobierno prepara una regularización de un millón de personas que, sumando la reagrupación familiar, podría añadir tres millones más al tablero. Hagamos la cuenta rápida: sería como si mañana toda la población de Cataluña decidiera que trabajar es opcional. Ninguna Seguridad Social aguanta este ritmo de 'tirar de tarjeta' sin que el sistema implosione. O el establishment busca el consenso para dinamitar el Estado del bienestar desde dentro, o estamos asistiendo a una ingeniería demográfica donde el coste lo pagaremos todos en la próxima factura de servicios públicos.
Hay quien gasta sus ahorros en un retiro en Bali y hay quien, como Chris Packham, sueña con que un T. rex lo use de aperitivo. El naturalista británico, que ya tiene 65 años y la piel curtida de campo, ha lanzado 'Evolution' en BBC Two y BBC iPlayer el pasado 13 de julio. No es el típico documental de colegio con diapositivas aburridas; es un despliegue de CGI que intenta que dejemos de mirar el móvil para mirar la naturaleza, aunque Packham admite que quiere que usemos el móvil precisamente para contarle a los colegas en el pub que los murciélagos comen la mitad de su peso cada noche. La serie se olvida del orden cronológico lineal —ese que nos dormía en clase— y se centra en cinco animales icónicos para explicar cómo pasamos de branquias a mandíbulas y de ahí a los huesos del oído. Es como si en lugar de leer el manual de instrucciones de un mueble de IKEA, te enseñaran el momento exacto en que el tornillo se convirtió en pieza maestra. Packham no se anda con rodeos: reconoce que la ciencia no es una verdad absoluta y que los expertos a veces se pelean entre ellos, dejando huecos de ambigüedad que son, básicamente, el espacio donde vive la imaginación. Entre encuentros con gusanos de terciopelo y peces pulmonados (que, según él, son babosos y mordelcos), Packham lanza la pulla final. Nos recuerda que no somos el centro del universo, sino un accidente afortunado en un 'punto azul pálido'. Mientras Sir David Attenborough nos enseñó a amar la naturaleza, Packham quiere que nos importe de verdad, porque seguir destruyéndola es como quemar la casa mientras intentas averiguar dónde dejaste las llaves.
El Departamento de Policía de Los Ángeles (LAPD) tiene un apetito insaciable por los juguetes tecnológicos. Desde los contratos con Palantir hasta el despliegue de drones para vigilar manifestantes, el tercer cuerpo policial más grande de EE. UU. suele comprar cualquier software que prometa control total. Pero incluso para ellos, el contrato con Flock Safety ha resultado ser un producto defectuoso, como ese electrodoméstico barato que compras en oferta y termina quemando la cocina. La decisión de no renovar el acuerdo de tres años no ha sido un acto de generosidad hacia la privacidad ciudadana, sino un ejercicio de supervivencia legal. Dean Gialamas, el jefe de información del LAPD, ha tenido que admitir que existen 'serias preocupaciones' sobre las libertades civiles. Y es que los datos son demoledores: una auditoría del 10 de julio de la Oficina del Inspector General reveló que el sistema es una ruleta rusa. En solo dos meses, las cámaras generaron 161 alertas falsas de vehículos robados. Si sumamos los 337 casos reales, tenemos una tasa de error del 32,3 %. Traducido al lenguaje de la calle: uno de cada tres conductores detenidos es totalmente inocente. Lo verdaderamente escalofriante no es el fallo del software, sino el protocolo. El LAPD trata estas alertas como paradas de 'alto riesgo'. No es un simple 'licencia y registro'; es un despliegue de fuerza con apoyo aéreo y supervisores, convirtiendo un error de base de datos en una situación de rehén involuntario. Para la población negra de Los Ángeles —que representa el 19,5 % de los muertos a manos de la policía pese a ser solo el 9 % de la ciudad—, este margen de error del 32 % no es un dato estadístico, es una sentencia de riesgo vital. Al final, la ingeniería financiera de la vigilancia ha chocado con la realidad de que sus algoritmos no saben distinguir un Range Rover robado de un ciudadano yendo a comprar el pan.
La promesa era sencilla: máquinas haciendo el trabajo sucio mientras nosotros nos dedicábamos a contemplar el atardecer o a leer libros que no sean manuales de Excel. Pero Sam Altman, el gurú de OpenAI, acaba de soltar la bomba en el podcast 'Relentless'. Olvidaos de la semana laboral de cuatro horas; la inteligencia artificial no viene a darnos vacaciones, sino a apretarnos más la tuerca. Es el clásico truco del mago: te venden la automatización para liberar al humano, pero al final te encuentras haciendo el triple de tareas porque ahora 'eres más productivo'. Altman, con la calma de quien tiene la cuenta bancaria blindada, sugiere que en un mundo post-superinteligencia estaremos más ocupados que nunca. Y aquí viene la joya del sarcasmo corporativo: afirma que, aunque nos quejemos, 'secretamente seremos felices'. Traducido al lenguaje de la calle: nos quiere convertidos en hámsters en una rueda de oro, corriendo hasta el agotamiento mientras el CEO nos convence de que el burnout es, en realidad, plenitud profesional. Mientras figuras como el senador de Vermont, Bernie Sanders, intentan rescatar la idea de la semana de cuatro días, la narrativa de Silicon Valley ha pivotado. Ya no se trata de sustituir el esfuerzo, sino de 'intensificar' el rol. En la práctica, esto significa que si la IA hace el trabajo de tres personas, el jefe no te manda a casa el jueves, sino que te asigna la carga de esos tres compañeros despedidos. Es una ingeniería financiera del tiempo humano donde el beneficio se queda arriba y el estrés se democratiza abajo. Altman nos dice que somos ratas en un laberinto y que, milagrosamente, nos encanta el queso del estrés.
Resulta conmovedor ver que los dueños del mundo, esos que tienen el saldo bancario tan inflado que ya no saben dónde meter los ceros, han empezado a sudar frío. Los zillionaires de la IA han descubierto que el público ya no quiere comprarles la moto de la 'utopía tecnológica'. Según YouGov, tres cuartas partes de los estadounidenses exigen que se les ponga correa a la inteligencia artificial, un sentimiento que une a la izquierda y la derecha como pocas veces ocurre. Mientras el ciudadano medio lucha contra la inflación y ve que el recibo de la luz sube más que su sueldo, las Big Tech inyectan millones en elecciones estatales y federales para blindar sus intereses. La rabia tiene ahora un blanco tangible: los centros de datos. No es que a la gente le molesten los servidores per se, es que son el único lugar donde se puede poner un muro o una protesta frente a una industria de billones de dólares que se siente intocable. Mark Cuban, el hombre que sabe leer el mercado mejor que nadie y que ya tiene sus rencillas con Sam Altman de OpenAI, ha soltado la bomba: la lucha contra los centros de datos es solo una pantalla. Es el odio visceral hacia la acumulación de riqueza obscena que la IA está concentrando en manos de unos pocos. La solución de Cuban para evitar que la fiesta termine en una revuelta socialista es casi tierna. Sugiere donar miles de millones a pueblos pequeños, hacerle un guiño a los sindicatos de artistas y dejar de contratar famosos para que nos vendan la IA como si fuera el nuevo detergente. Básicamente, propone que los magnates empiecen a 'besar el culo' de quienes madrugan para pagar las facturas. Mientras tanto, los más precavidos ya están diseñando búnkeres en islas remotas y chequeando sus flotas de jets privados, por si el día del juicio final llega antes que la próxima actualización de software.
Elon Musk ha descubierto que jugar al 'ajuste de cuentas' con la vida humana no es como optimizar el código de un Tesla. Resulta que el hombre más rico del mundo, en su delirio de eficiencia con el DOGE, decidió que USAID era un gasto superfluo. Para Musk, recortar la ayuda exterior es como quitarle el azúcar al café; para 4,5 millones de niños menores de cinco años, según el estudio de la revista Lancet, es una sentencia de muerte programada para 2030. La cosa se puso fea el fin de semana. Musk, con la arrogancia de quien cree que el mundo es un simulador, retó a cualquiera a dar un solo nombre de alguien muerto por sus tijeras presupuestarias. Nicholas Kristof, columnista del New York Times y alguien que sí sabe lo que es pisar el barro en Liberia o Sudán del Sur, aceptó el reto y le sirvió una lista detallada de víctimas, incluyendo bebés. ¿La respuesta del genio de X? Un berrinche digital digno de un niño al que le quitan la tablet. Musk pasó de la 'eficiencia gubernamental' a llamar a Kristof 'pedazo de mierda' y 'malvado' en una tormenta de tuits que olía a desesperación. Lo más delirante es la escala del ahorro. Mientras el presupuesto federal estadounidense se mueve en cifras astronómicas, la ayuda exterior representaba apenas entre el 0,7% y el 1,4% del gasto total. Es decir, Musk ha dinamitado la salud global por una cantidad que, en la contabilidad de su fortuna, no llega ni a un error de redondeo. Mientras tanto, la Escuela de Salud Pública de Harvard advierte que el Ébola vuelve a hacer estragos en el Congo. Al final, el 'Departamento de Eficiencia' ha logrado lo impensable: ahorrar unos centavos a costa de millones de vidas, demostrando que la empatía no entra en el algoritmo de Musk.
Imaginen que el termostato de Europa es un viejo radiador que alguien ha decidido apagar sin avisar. Esa es, básicamente, la AMOC: una cinta transportadora de agua cálida y salada que viaja desde los trópicos al Atlántico Norte para que nosotros no tengamos que vivir en una nevera gigante. El problema es que el hielo de Groenlandia se está derritiendo a un ritmo frenético, diluyendo la salinidad del agua como quien echa demasiada agua al caldo y le quita todo el sabor. Resultado: el agua ya no se hunde, la corriente se frena y el sistema empieza a dar las últimas.
Comentarios