Crítica:
La noticia es un ejercicio de prudencia técnica que oculta el escándalo detrás de términos como 'deflactores'. Le falta courage para llamar al maquillaje fiscal por su nombre: mentira institucional.
La noticia es un ejercicio de prudencia técnica que oculta el escándalo detrás de términos como 'deflactores'. Le falta courage para llamar al maquillaje fiscal por su nombre: mentira institucional.
Hay un arte muy fino en cobrar miles de euros por hora para decirle a un cliente que el futuro es hoy, y KPMG acaba de llevarse el premio al 'estafador del año' en la categoría de consultoría. En octubre, la firma lanzó un informe titulado “Redefining excellence in the age of agentic AI”, que básicamente era un panfleto para que las empresas no se sintieran como dinosaurios por seguir usando el cerebro humano. El problema es que, en lugar de analizar la realidad, parece que dejaron que la IA escribiera el examen y esta decidió inventarse la vida de todo el mundo. El informe aseguraba, con una seguridad pasmosa, que UBS integraba agentes de IA en asesoría y riesgo, que los Ferrocarriles Federales Suizos eran ahora un 'orquestador de movilidad holístico' y que Transport for London gestionaba el tráfico con magia algorítmica. Spoiler: todo mentira. Cuando el Financial Times llamó a preguntar, los portavoces de UBS, SBB y TfL soltaron la bomba: aquello era 'factualmente incorrecto' y 'engañoso'. Es el equivalente corporativo a decir que tienes un Ferrari en el garaje cuando en realidad tienes un patinete oxidado que no arranca. Lo más delirante es el caso del NHS Greater Manchester. KPMG citó una nota de prensa sobre la lucha contra el cáncer de pulmón y, mediante un juego del teléfono estropeado digital, concluyó que la IA ya hacía el triaje de pacientes y predecía reingresos. Una alucinación colectiva procesada por computadoras. Mientras McKinsey despliega 12,000 agentes de IA tras despedir a 5,000 empleados, KPMG nos demuestra que la verdadera utilidad de la IA en el mundo corporativo no es la eficiencia, sino la capacidad de 'vender humo' a escala industrial sin despeinarse. Al final, el informe fue retirado, pero el veneno ya estaba en el pozo, citado hasta en prensa checa.
Imagínate que tu jefe te dice que eres un genio, que tu cerebro es oro puro y que no hay nadie en el mercado que trabaje mejor que tú. Te sientes el rey del mambo, hasta que te das cuenta de que solo te lo dice para copiarte el truco y luego darte la patada. Eso es, básicamente, la 'ingeniería financiera' de Mark Zuckerberg en Meta. El magnate ha aplicado una táctica que haría palidecer a los generales romanos: la decimación. Pero en lugar de gladiadores, aquí tenemos programadores con sueldos de seis cifras y una ansiedad que no cabe en un coworking. En abril, Meta anunció que el 10% de su plantilla —unos 7.800 trabajadores— pasaría a mejor vida laboral. Lo brillante del proceso fue el 'periodo de aviso' de casi un mes; un mes entero de incertidumbre, como esperar a que te llegue la factura de la luz sabiendo que te han clavado un extra, pero sin saber exactamente cuánto. Pero el giro cruel llega con el audio filtrado por More Perfect Union. Zuckerberg, con la empatía de un algoritmo de spam, admitió en una reunión general que la empresa estaba 'cosechando' los datos de sus empleados para entrenar sus modelos de IA. Según el CEO, es mucho más eficiente que la IA aprenda observando a 'gente muy inteligente' de casa que contratar empresas externas. Traducido al lenguaje de la calle: te uso de profesor particular gratis para que mi robot aprenda a hacer tu trabajo y así pueda echarte sin que me tiemble el pulso. Si eres tan brillante como para entrenar a la máquina que te va a sustituir, felicidades, acabas de optimizar tu propio despido.
Imaginen que estamos en 1962. No hay apps, no hay GPS y el concepto de 'comida rápida' era básicamente que el repartidor no se perdiera por el camino. En Wisconsin, un tal Dennis J. Sheahan decidió que esperar a que la pizza llegara tibia era un insulto al paladar y montó 'Pizza on Wheels'. La idea era una locura: furgonetas convertidas en cocinas móviles con horno doble, fregadero y nevera. Básicamente, un restaurante con ruedas que cocinaba la masa mientras el chófer esquivaba vacas en la carretera para que la pizza aterrizara en tu puerta recién salida del fuego. El sistema era casi steampunk: un despachador recibía la llamada y, mediante radio, avisaba al camión más cercano para que empezara la danza del queso. Sheahan no se quedó en Kenosha; para 1963 ya tenía tres camiones en Madison y en 1964 aterrizó en Green Bay, soñando con conquistar ocho ciudades más. Pero, seamos realistas: cocinar en un vehículo en movimiento es como intentar hacer un castillo de naipes en medio de un terremoto. Los expertos actuales, como Noel Brohner, lo llaman 'Cirque du Soleil', porque mantener el queso en el centro mientras giras una esquina requiere más fe que un crédito hipotecario sin aval. La historia se repite porque el ego humano es cíclico. En 2016, la startup Zume intentó lo mismo con robots y una ingeniería financiera que atrajo 445 millones de dólares de inversores. ¿El resultado? El mismo desastre. Zume acabó pivotando a cajas de cartón en 2019 y colapsó totalmente en 2023. Mientras tanto, gigantes como Domino's prefirieron la ruta aburrida: cajas de cartón eficientes y promesas de 30 minutos. Al final, Sheahan empezó a malvender sus camiones en 1967 y para 1971 'Pizza on Wheels' era solo un recuerdo borroso, demostrando que hay cosas que es mejor dejar quietas, especialmente si llevan queso fundido y van a 60 kilómetros por hora.
El Gobierno ha vuelto a hacer magia: ha intentado salvar la España vaciada y ha terminado por inflar el precio de los terrones de tierra. Mientras que en las ciudades comprar un piso es un deporte de riesgo reservado a herederos o astronautas, el suelo rústico se ha convertido en el nuevo 'bitcoin' de los cuatro caminos. Según el INE, en abril de 2026 las compras de fincas subieron un 6,8% (14.298 operaciones), mientras que la vivienda urbana sigue desplomándose con una caída acumulada del 2,4% desde enero. ¿Cuál es el truco? El Programa DUS 5000. El Ejecutivo ha soltado 675 millones de euros de los fondos Next Generation para 'proyectos singulares de energía limpia'. Suena muy noble en un despacho de Madrid, pero en la calle se traduce en que cualquiera con un poco de picardía compra una finca en un pueblo de reto demográfico, le clava tres paneles solares en el tejado y se cobra la subvención para financiarse la casa de campo. Es la ingeniería financiera aplicada al autoconsumo: usar la ecología como excusa para el ladrillo. La fiebre es real. El 46% de los dueños ya está mirando el calendario para vender y el 22% de los compradores solo quiere montar proyectos de renovables o créditos de carbono. Regino Coca, el CEO de Cocampo, lo deja claro: la tierra es ahora el 'refugio' contra la inflación. El festín se concentra en Andalucía, Castilla y León, Comunidad Valenciana y Castilla-La Mancha, que se reparten el 55,5% de las operaciones (7.929 compras). Al final, hemos convertido 6.974 municipios en un tablero de Monopoly donde el premio no es salvar el pueblo, sino aprovechar el agujero contable de Bruselas para comprar suelo barato antes de que la burbuja explote.
Nos vendieron la moto de que el cartón salvaría el planeta mientras nos obligaban a beber con un tubo que se deshace en la boca antes de llegar al fondo del vaso. Una genialidad. Pero bajemos al barro: la realidad es que sustituir el plástico es, en términos ecológicos, como intentar apagar un incendio echándole gasolina. Según los datos, cambiar el plástico por sus 'alternativas eco' multiplica por 3,6 el uso de materiales y por 2,2 el consumo energético. Es decir, que para sentirnos virtuosos mientras usamos una pajita de papel, estamos triplicando las emisiones de gases de efecto invernadero. Un negocio redondo para la conciencia, pero un desastre para el clima. La hipocresía alcanza niveles olímpicos con las bolsas de algodón orgánico. Un estudio del Gobierno de Dinamarca de 2018 soltó la bomba: hay que usar una de estas bolsas 20.000 veces para que sea tan 'verde' como la de plástico. Básicamente, tendrías que heredar la bolsa de tu tatarabuelo para que la cuenta cuadre. Mientras tanto, Sergio Lahuerta (de la empresa Esfer) y Mari Carmen Delamo (de Anaip) denuncian que el plástico es insustituible en quirófanos o transfusiones de sangre, donde la esterilidad no es una sugerencia, sino una cuestión de vida o muerte. Para rematar la faena, España ha inventado un impuesto al plástico virgen de 0,45 euros por kilo que no existe en el resto de Europa. Es el clásico 'sablazo' al vecino: penalizamos a nuestra industria, que emplea a 82.000 personas y ha subido el reciclado un 85% desde 2015, para terminar importando el mismo plástico de países con estándares ambientales de hace tres décadas. No estamos salvando el mundo, solo estamos exportando la contaminación y destruyendo el empleo nacional con una sonrisa ecologista.
Mientras el ciudadano medio hace malabarismos con el ticket del supermercado y reza para que el coche no le pida un cambio de correa, el Estado ha montado un banquete de 38.284 millones de euros en subvenciones durante 2025. De ese festín, las asociaciones, fundaciones, partidos y sindicatos se han servido una ración de 4.771 millones. Para que nos entendamos: es como si el presupuesto de un barrio entero desapareciera en un abrir y cerrar de ojos, pero con la bendición administrativa del Sistema Nacional de Publicidad de Subvenciones. En la cima de este Olimpo del dinero público, la Fundació per a la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) lidera el ranking con unos jugosos 64,8 millones. Le siguen el Consejo Valenciano de Colegios de Abogados con 51,7 millones y el Institut de Ciències Fotòniques (ICFO) con 39,3 millones. Todo muy noble, hasta que bajamos al barro de la política y el sindicalismo, donde el dinero fluye con una naturalidad pasmosa. El Partido Popular se embolsó 22,7 millones y el PSOE 18,6 millones. Vox, con 7,5 millones y el PSC superando los cinco millones, no se quedaron mirando. Los sindicatos tampoco han dejado pasar el tren: Comisiones Obreras captó 13,5 millones y la UGT 13 millones, sin contar los 'extras' de sus federaciones regionales. Y para rematar el cuadro, la CEOE se llevó 18,4 millones. Es la danza perfecta: patronales, sindicatos y partidos, todos bailando al ritmo de los fondos públicos. A esto sumamos los 326 millones provenientes de los Next Generation, que aterrizan en digitalización y transición energética, mientras el contribuyente sigue intentando entender por qué su factura de la luz parece un número de teléfono.
Hablemos claro: en España, el dinero público tiene un código postal preferido. Mientras el ciudadano medio mira el ticket del supermercado con pánico, el ecosistema de fundaciones catalanas ha montado una maquinaria de captación que deja pequeños hasta a los gigantes industriales. No es mala suerte, es ingeniería jurídica. En 2025, el sector asociativo se repartió un pastel de 4.771 millones de euros (el 12,46% de los 38.300 millones globales), y Cataluña se llevó la parte más cremosa del postre. El ranking es un despliegue de generosidad selectiva. A la cabeza, la Fundació per a la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) se anotó 64,81 millones de euros. Para ponerlo en perspectiva, la UOC recibe más pasta que ArcelorMittal España (48,68 millones), Repsol Petróleo (39 millones) o Renault España (57,16 millones). Sí, han leído bien: una universidad abierta tiene más grifo abierto que colosos del acero o la gasolina. El 'podio' sigue con el Consejo Valenciano de Colegios de Abogados (51,71 millones), pero luego Cataluña vuelve a cerrar el grifo para los demás: el Institut de Ciències Fotòniques (ICFO) sumó 39,35 millones —con 26,51 millones viniendo directos de Europa vía Plan de Recuperación—, la Fundació Eurecat 29,21 millones, y la Barcelona Mobile World Capital 24,22 millones. Sumando la Fundación Laboral de la Construcción (23,97 millones), la Fundació Privada Clínic per a la Recerca Biomèdica (23,05 millones) y la Escac (22,54 millones), el sexteto catalán engulló más de 183,5 millones de euros. ¿El truco? Mientras Madrid o Andalucía pagan sus laboratorios con presupuesto directo, Cataluña usa fundaciones privadas para 'externalizar' el gasto. Es un giro contable brillante: lo que en otros sitios es un gasto de personal, allí es una subvención. Así, el Vall d’Hebron (15,8 millones) y el Sant Pau (14,7 millones) siguen la estela de un modelo donde ser 'privado' es la mejor forma de vivir del dinero público.
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