Crítica:
El texto es un alegato industrial muy bien armado, pero ignora deliberadamente el problema de la degradación microplástica en los océanos. Se centra en la huella de carbono para distraer del impacto físico del residuo.
El texto es un alegato industrial muy bien armado, pero ignora deliberadamente el problema de la degradación microplástica en los océanos. Se centra en la huella de carbono para distraer del impacto físico del residuo.
Mientras el ciudadano medio hace malabarismos con el ticket del supermercado y reza para que el coche no le pida un cambio de correa, el Estado ha montado un banquete de 38.284 millones de euros en subvenciones durante 2025. De ese festín, las asociaciones, fundaciones, partidos y sindicatos se han servido una ración de 4.771 millones. Para que nos entendamos: es como si el presupuesto de un barrio entero desapareciera en un abrir y cerrar de ojos, pero con la bendición administrativa del Sistema Nacional de Publicidad de Subvenciones. En la cima de este Olimpo del dinero público, la Fundació per a la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) lidera el ranking con unos jugosos 64,8 millones. Le siguen el Consejo Valenciano de Colegios de Abogados con 51,7 millones y el Institut de Ciències Fotòniques (ICFO) con 39,3 millones. Todo muy noble, hasta que bajamos al barro de la política y el sindicalismo, donde el dinero fluye con una naturalidad pasmosa. El Partido Popular se embolsó 22,7 millones y el PSOE 18,6 millones. Vox, con 7,5 millones y el PSC superando los cinco millones, no se quedaron mirando. Los sindicatos tampoco han dejado pasar el tren: Comisiones Obreras captó 13,5 millones y la UGT 13 millones, sin contar los 'extras' de sus federaciones regionales. Y para rematar el cuadro, la CEOE se llevó 18,4 millones. Es la danza perfecta: patronales, sindicatos y partidos, todos bailando al ritmo de los fondos públicos. A esto sumamos los 326 millones provenientes de los Next Generation, que aterrizan en digitalización y transición energética, mientras el contribuyente sigue intentando entender por qué su factura de la luz parece un número de teléfono.
Hablemos claro: en España, el dinero público tiene un código postal preferido. Mientras el ciudadano medio mira el ticket del supermercado con pánico, el ecosistema de fundaciones catalanas ha montado una maquinaria de captación que deja pequeños hasta a los gigantes industriales. No es mala suerte, es ingeniería jurídica. En 2025, el sector asociativo se repartió un pastel de 4.771 millones de euros (el 12,46% de los 38.300 millones globales), y Cataluña se llevó la parte más cremosa del postre. El ranking es un despliegue de generosidad selectiva. A la cabeza, la Fundació per a la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) se anotó 64,81 millones de euros. Para ponerlo en perspectiva, la UOC recibe más pasta que ArcelorMittal España (48,68 millones), Repsol Petróleo (39 millones) o Renault España (57,16 millones). Sí, han leído bien: una universidad abierta tiene más grifo abierto que colosos del acero o la gasolina. El 'podio' sigue con el Consejo Valenciano de Colegios de Abogados (51,71 millones), pero luego Cataluña vuelve a cerrar el grifo para los demás: el Institut de Ciències Fotòniques (ICFO) sumó 39,35 millones —con 26,51 millones viniendo directos de Europa vía Plan de Recuperación—, la Fundació Eurecat 29,21 millones, y la Barcelona Mobile World Capital 24,22 millones. Sumando la Fundación Laboral de la Construcción (23,97 millones), la Fundació Privada Clínic per a la Recerca Biomèdica (23,05 millones) y la Escac (22,54 millones), el sexteto catalán engulló más de 183,5 millones de euros. ¿El truco? Mientras Madrid o Andalucía pagan sus laboratorios con presupuesto directo, Cataluña usa fundaciones privadas para 'externalizar' el gasto. Es un giro contable brillante: lo que en otros sitios es un gasto de personal, allí es una subvención. Así, el Vall d’Hebron (15,8 millones) y el Sant Pau (14,7 millones) siguen la estela de un modelo donde ser 'privado' es la mejor forma de vivir del dinero público.
En el Olimpo de la administración pública, presupuestar es un arte abstracto. La SEPI se plantó en enero de 2021 con un presupuesto de 42 millones de euros para contratar asesores que validaran los rescates pandémicos; una cifra que haría palidecer a cualquier familia al mirar la cuenta corriente. Al final, el Tribunal de Cuentas ha soltado la bomba: solo gastaron 4,7 millones. Un 11% del plan original. Para el ciudadano de a pie, esto sería un 'ahorro', pero en el lenguaje de los despachos, es la prueba de que el presupuesto era un número inventado o que el mercado de la validación oficial estaba en rebajas agresivas. La ingeniería fue sencilla. De los 10.000 millones del Fondo de Apoyo a la Solvencia de Empresas Estratégicas (Fasee), solo pidieron el 53% (5.393 millones) y el Gobierno acabó autorizando apenas 3.256 millones. Menos trabajo, menos facturas. Pero lo verdaderamente escabroso no es cuánto costó, sino qué se compró con esos millones. 96 contratos, 18 de ellos por la vía rápida de la 'emergencia' (donde seis se hicieron a dedo, sin publicidad), sirvieron para que consultoras como Mazars dieran el visto bueno a planes de viabilidad que, en el caso de Duro Felguera, eran técnicamente inexistentes. Mientras tanto, el carrusel de favores gira con una precisión suiza. Javier Loriente, secretario del consejo gestor que evaluaba los rescates, pasó de validar expedientes a ser socio de Duro Felguera nueve meses después. Una transición profesional tan fluida que asusta. Entre Plus Ultra, Tubos Reunidos y Air Europa, la justicia ahora busca respuestas, mientras Bartolomé Lora se prepara para su cita judicial el 3 de julio por presunta prevaricación. Al final, el ahorro en asesores no fue eficiencia, fue simplemente que el visto bueno salió más barato de lo previsto.
Hablemos claro: el sistema de pensiones es hoy un castillo de naipes sostenido con cinta adhesiva y mucha fe. Mientras nos venden la narrativa de la solvencia, la realidad es que el Gobierno de Pedro Sánchez ha tenido que rescatar el agujero con 355.800 millones de euros sacados directamente de los impuestos de familias y empresas. Básicamente, el IVA de tu café y el IRPF de tu nómina están sirviendo de parche para que el sistema no implosione. No es un ajuste, es un trasvase masivo. Para que nos entendamos, desde que Sánchez llegó a Moncloa en 2018, el Estado ha inyectado el doble de lo que hizo Mariano Rajoy en sus seis años de mando. El salto es obsceno: pasamos de 145.000 millones a cierre de 2017 a unos pasmosis 500.968 millones a cierre de 2025. El 71% de todo ese dinero ha fluido bajo la gestión actual. Y ojo al dato, que aquí es donde la magia contable se vuelve oscura: el medio billón de euros que ha crecido este trasvase desde 2010 representa la mitad de todo el incremento de la deuda pública de España en el mismo periodo. Estamos hipotecando el futuro para pagar el presente. El Instituto Santalucía ha destapado el truco: el déficit real para 2025 es de 45.209 millones de euros, una cifra que hace palidecer el oficial de -7.352 millones. ¿Cómo lo hacen? Escondiendo el MEI, ese mecanismo para los 'boomers' que no puede usarse para gastos corrientes. Para equilibrar esta balanza sin trucos, necesitaríamos aparecer mágicamente cinco millones de nuevos afiliados o que cada trabajador acepte un sablazo del 23,5% más en su cuota. El FMI ya pide un debate transparente, pero claro, hablar con la verdad es el único deporte que no se practica en el presupuesto general.
Bolonia ha decidido jugar a ser la niñera del talento. Mientras el alquiler en la ciudad se ha disparado un 45% desde 2019, convirtiéndola en la cuarta ciudad más cara de Italia con una media de 1.250 euros al mes (solo Milán, Florencia y Roma le llevan la delantera en el arte de vaciar carteras), la Cámara de Comercio de Bolonia ha lanzado un plan para que los graduados no huyan despavoridos. El 16 de junio anunciaron que, si eres un recién graduado de la Universidad de Bolonia o de la Academia ITS de Emilia-Romaña y consigues contrato entre el 1 de marzo de 2026 y el 16 de octubre, hay dinero sobre la mesa. Aquí llega la magia de la ingeniería financiera. Te venden un paquete de hasta 10.000 euros, pero no te emociones: no es un cheque en blanco. La parte 'regalo' son 3.000 euros a fondo perdido que vienen de un fondo global de un millón de euros. El resto, otros 7.000 euros, es un préstamo sin intereses que tendrás que devolver en cinco años. Es como cuando tu padre te presta dinero para el coche: no te cobra intereses, pero te obliga a que la cuenta corriente y la nómina vivan en el banco que ellos digan. Valerio Veronesi, presidente de la Cámara de Comercio, lo llama 'invertir en competitividad'. En la calle lo llamamos 'poner un parche en una tubería reventada'. El proceso es un baile de fechas: solicitudes del 15 de septiembre al 16 de octubre, y el préstamo se puede gestionar hasta el 30 de junio de 2027. Detalle curioso: las mujeres tienen prioridad en el orden de concesión. Un gesto noble, aunque el mercado inmobiliario sigue siendo un tiburón que se come los 3.000 euros de subvención en menos de tres meses de alquiler.
El Estado, al parecer, tiene una deuda que no es precisamente con Hacienda, sino con los tribunales. Más de 14.400 millones de euros, para ser exactos, engordando un déficit que ya nos hacía sudar. La Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal (AIREf), que suena a agencia de viajes pero en realidad vigila el dinero público, ha sacado los trapos sucios al sol. No hablamos de la crisis de 2008, ni de la pandemia, sino de sentencias. Sentencias que, como el café de la esquina, van sumando y sumando. La cosa viene de lejos: entre 2014 y 2025, el Estado ha gastado 19.407 millones en sentencias, una media anual de 1.617 millones. ¡Casi el presupuesto de un ministerio pequeño! Y la lista de agravios es larga: arbitrajes internacionales por energías renovables (¿quién no conoce a alguien con placas solares?), autopistas de peaje que parecen un atraco a mano armada, avales ICO-COVID que ahora vuelven como un bumerán y hasta tasas de gestión de residuos radiactivos. La AIReF, con cara de pocos amigos, exige a Hacienda y Economía que dejen de predecir el futuro con la bola de cristal y que incluyan estos riesgos en sus informes. Pero la cosa no acaba ahí. Los desastres naturales, como la DANA de octubre de 2024, han costado 65.085 millones entre 2005 y 2025. Y con el cambio climático, parece que vamos a tener más 'sorpresas'. Además, las empresas públicas tienen un pasivo equivalente al 9% del PIB, y las corporaciones locales concentran el 72% de ellas, aunque solo representen el 7% del pasivo. El sector central, en cambio, agrupa el 8% de las entidades pero ¡concentra el 85% del pasivo! En resumen, un baile de números que da más dolor de cabeza que la declaración de la renta. La AIReF ha creado incluso un modelo llamado MEGAIREf para analizar los peores escenarios. ¡Menuda fiesta!
Zapatero, el hombre que nos vendió el oro barato, ahora presume de un ajuar joyero tasado en 1,3 millones de euros. Ansorena y el Instituto Gemológico Español certifican el botín: oro blanco, diamantes, esmeraldas… un catálogo de caprichos mientras la cesta de la compra se encarecía. La ironía, amigos, es que el oro, precisamente el que él vendió en 2007 argumentando que “ya no era rentable”, se ha disparado un 124% en cinco años, alcanzando los 4.238 dólares la onza. ¿Rentable ahora, verdad? Aquella operación, que le inyectó 2.150 millones a las arcas públicas, hoy equivaldría a casi seis veces más. La plata, por si fuera poco, ha subido un 150%. Los diamantes, eso sí, han perdido brillo, víctimas de la competencia de los sintéticos y la sobreoferta. Una caída del 6% desde 2021. Pero las esmeraldas y los zafiros, más exclusivos, han visto su valor incrementarse, impulsando el índice Gemval un 10,84%. Y no olvidemos que una joya ya tallada vale el doble. Mientras tanto, un 21% de los españoles ve las joyas como inversión, un 19% como ahorro y el resto… ¿sentimentalismo? En 2024, la joyería y relojería facturó 2.100 millones, con la joyería representando el 55% del total. Un dato que contrasta con la austeridad que nos predicaban. ¿Casualidad? Difícilmente. La pregunta no es cuánto valen las joyas de Zapatero, sino quién pagó la factura de su “rentabilidad” fallida.
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