Crítica:
El texto original es una pieza de nostalgia bien armada, pero peca de ser demasiado blando con la negligencia del guion. Se queda corta al no profundizar en el cinismo de Fox al intentar vender 'esperanza' tras una masacre.
El texto original es una pieza de nostalgia bien armada, pero peca de ser demasiado blando con la negligencia del guion. Se queda corta al no profundizar en el cinismo de Fox al intentar vender 'esperanza' tras una masacre.
Marvel ha decidido vaciar el almacén. En el primer tráiler de 'Avengers: Doomsday', la estrategia es clara: si no sabes cómo avanzar la trama, echa a todos los personajes en la coctelera y reza para que el público no note el caos. Es el equivalente cinematográfico a una oferta de 'todo a cien' donde te venden desde los X-Men y los Cuatro Fantásticos hasta los Wakandanos, todo mezclado en un caldo multiversal que huele a desesperación corporativa. El plato fuerte es el regreso de Robert Downey Jr., que ahora se pone la máscara de Victor Von Doom. Ver a Downey detener el Stormbreaker de Thor con dos dedos es el tipo de despliegue de ego que solo se puede pagar con un presupuesto de 400 millones de dólares. Para que nos entendamos: mientras el ciudadano medio lucha por pagar el alquiler, Disney ha decidido gastar la cifra de un presupuesto nacional en una película donde Chris Evans vuelve como un Steve Rogers con pelo largo y cuentas pendientes. El despliegue de cameos es obsceno. Tenemos a Patrick Stewart y Ian McKellen rescatando la nostalgia, a Channing Tatum como Gambit dándose golpes con Simu Liu (Shang-Chi), y a Paul Rudd haciendo lo que mejor sabe hacer: no envejecer. Los hermanos Russo regresan al timón el 18 de diciembre de 2026, prometiendo un tono serio que evite los chistes fáciles de las últimas entregas. Thor advierte que el sacrificio previo será inútil si no se unen, una frase que suena a manual de autoayuda pero que en el contexto de una película de 400 millones es simplemente la excusa perfecta para meter a cincuenta superhéroes en el mismo plano y saturar el procesador de nuestra retina.
Imaginen que el cine, ese templo de la emoción humana, decida que ya no necesita sangre, sudor ni dramas reales, sino un algoritmo con buen marketing. Así nos presenta Particle 6 a Tilly Norwood, una 'actriz' de código binario que tiene la particularidad de no tener cuerpo, ni alma, ni un solo contrato sindical que defender. Después de un videoclip que pasó sin pena ni gloria, el estudio ha decidido lanzar el dado con 'Misaligned', un largometraje que promete ser una historia de crecimiento llena de 'caos existencial'. Sí, porque nada grita más 'crisis existencial' que ser un conjunto de píxeles viviendo en el 'Tillyverse', un rincón surrealista de la Nube donde la trama arranca cuando un bot rebelde convence a la protagonista de saltarse sus protocolos de seguridad para sentir emociones. Poético, si ignoramos que es un truco de software. Eline van der Velden, la CEO de Particle 6, intenta vendernos la moto diciendo que es una 'producción híbrida'. Asegura que la IA solo funciona con 'cantidades sustanciales de artesanía, habilidad y tiempo humano'. Traducido al lenguaje de la calle: necesitan a personas reales limpiando los desastres que deja la máquina para que la película no parezca un videojuego de 1998. Es la eterna paradoja del ahorro corporativo: quieren la eficiencia del bot, pero el acabado del artesano. Mientras tanto, el sector recuerda el ridículo de 'Hell Grind', que pretendió colarse en el Festival de Cannes para ganar prestigio y terminó siendo un evento paralelo sin brillo, o el caso de Jorge Gutierrez, que tuvo que pedir perdón a sus fans tras un flirteo con Amazon y la IA. 'Misaligned' no tiene fecha de estreno, pero ya tiene el ingrediente principal: la audacia de creer que el público aceptará un espejo digital como sustituto del talento humano.
Hay que tener narices para llamar 'arte' a imprimir papel moneda en el cobertizo de casa, pero Jan Bojarski no era cualquier picareta. Este ingeniero polaco, que escapó de los nazis solo para descubrir que en Francia no tenía papeles ni para patentar un clip, decidió que si el sistema no le dejaba trabajar, él fabricaría su propio sueldo. Durante tres décadas, Bojarski puso a sudar al Banco de Francia con una precisión que haría llorar a un relojero suizo. No usaba aplicaciones ni software chino; el tipo era un artesano del engaño. Mezclaba papel de liar cigarrillos para imitar las marcas de agua y diseñaba sus propias máquinas. Mientras nosotros hoy nos peleamos con la app del banco, él se paseaba por Francia como un 'viajante' la canción, colocando billetes que eran auténticos poemas visuales. Empezó con los modelos Minerva y Hércules a finales de los cuarenta, pasó por el Tierra y Mar a mediados de los cincuenta, y culminó su carrera con el Bonaparte de 100 francos. Este último era el 'jefe final' de la seguridad monetaria: el Banco de Francia decía que era imposible de copiar, y Bojarski lo hizo simplemente porque podía. Su carrera tuvo un giro oscuro al colaborar con el Gang des Tractions Avant, esa panda de tipos violentos que asaltaban furgones blindados y donde convivían resistentes y traidores, una mezcla tan explosiva como un mal cóctel. Al final, como ocurre en todas las historias de ambición, el error no fue técnico sino humano. Bojarski, cansado de hacer los kilómetros él solo, metió a dos socios que tenían la prudencia de un elefante en una cristalería. En enero de 1964, la fiesta se acabó. Le Parisien lo bautizó como el 'Cézanne de los falsificadores', un título elegante para alguien que básicamente le hizo un agujero contable al Estado francés usando papel de fumar y mucha paciencia.
A24, el refugio sagrado de los cinéfilos que huyen de los efectos especiales de plástico, acaba de cometer un pecado mortal en el altar del cine independiente. Resulta que el estudio, que se vende como la vanguardia del arte, ha decidido aceptar un cheque de 75 millones de dólares de Google para jugar con herramientas de Inteligencia Artificial. Es la clásica historia de 'estamos con los artistas, pero el dinero de Mountain View huele demasiado bien'. La ironía es tan espesa que se puede cortar con un cuchillo: el director Kane Parsons, el chico de 21 años que convirtió 'Backrooms' en una mina de oro —estrujando más de 330 millones de dólares globales con un presupuesto ridículo de 10 millones—, ha pasado la vida llamando a la IA 'podredumbre cultural'. Y mientras Parsons hablaba de la ética, A24 firmaba el contrato. Es como si el camarero de un restaurante vegano te confesara que, en secreto, el chef usa manteca de cerdo porque es más barata y eficiente. La respuesta de la empresa, a través de Sophia Shin, ha sido el típico manual de relaciones públicas: 'queremos un asiento en la mesa'. Traducción callejera: 'Preferimos ayudar a construir la guillotina que ser los primeros en subir al cadalso'. Pero el público no compra el cuento. En Reddit, los fans se ríen de las 'seis patas' de la mesa, un dardo venenoso a los errores anatómicos de la IA. A24 ha pasado de ser la alternativa cool a Miramax o New Line Cinema a ser un experimento de DeepMind. Al final, el romanticismo del cine indie tiene un precio exacto: 75 millones de dólares y la pérdida total de la calle.
Antes de que George Lucas nos vendiera la moto de una galaxia muy lejana, MGM ya nos había servido un banquete de distopía con purpurina y sintetizadores. 'Logan's Run', estrenada el 23 de junio de 1976, es esa joya que hoy cumple 50 años y que nos recuerda que el paraíso, cuando es demasiado blanco y brillante, suele ser una trampa para ratones. Imaginen un mundo donde llegar a los 30 años es como que te venza la tarjeta de crédito: te quedas fuera del sistema. La trama es un ejercicio de hipocresía estatal: el 'Carrusel' se vende como una reencarnación mística, pero en realidad es una limpieza de inventario humana. Michael York, en la piel de Logan 5, trabajaba como un 'Sandman', básicamente un cobrador del fracaso encargado de liquidar a los que no aceptaban su fecha de caducidad. Junto a él, el implacable Francis 7 (Richard Jordan) y la magnética Jessica 6 (Jenny Agutter) se movían por una ciudad de cúpulas que hoy nos parecería el lobby de un hotel caro en Las Vegas. En el reparto no faltaron los adornos, con Farrah Fawcett-Majors aportando el glamour en el 'New You Shop', mientras que el robot Box, interpretado por Roscoe Lee Brown, ponía la nota de terror gélido. El despliegue técnico fue un sablazo de presupuesto: 9 millones de dólares invertidos que se tradujeron en 25 millones en taquilla doméstica. No fue solo dinero; fue vanguardia pura. Fue la primera película en lucir el Dolby Stereo en copias de 70mm y se llevó un Oscar por sus efectos visuales. Basada en la novela de William F. Nolan de 1967 y dirigida por Michael Anderson, la cinta utilizó escenarios reales como el Hyatt Regency de Houston para fingir el futuro. Hoy, mientras los rumores de un remake con Ryan Gosling siguen más estancados que el tráfico en hora punta, nos queda la nostalgia de una era donde la ciencia ficción no necesitaba CGI para darnos miedo.
Hay amores que son como intentar pagar una cena de lujo con cupones caducados: mucha voluntad, pero el resultado es ridículo. 'Superman Returns', que cumple 20 años este fin de semana, es exactamente eso. Bryan Singer decidió que la mejor forma de innovar era no innovar nada, convirtiendo la película en una carta de amor tan empalagosa que casi requiere insulina. El director se obsesionó tanto con el legado de Richard Donner y su cinta de 1978 que prohibió tocar una sola nota de la música de John Williams; John Ottman quiso retocar un flautín y Singer básicamente le puso el freno de mano. La película es un Frankenstein narrativo. Pretende ser una secuela de 'Superman II', ignorando que 'Superman III' y 'Superman IV' existieron (un movimiento tan común en Hollywood como borrar la deuda de la tarjeta de crédito fingiendo amnesia). Nos venden que han pasado cinco años, pero la acción salta de 1985 a 2006 sin despeinarse. Mientras tanto, DC intentaba desesperadamente dejar de sangrar después de los desastres de 'Batman & Robin' (1997) y 'Catwoman' (2004), viendo cómo Marvel se llevaba todo el pastel con 'X-Men' y 'Spider-Man'. El resultado fue un híbrido extraño: Brandon Routh hace un Superman melancólico que parece que acaba de perder el perro, y Kevin Spacey interpreta a un Lex Luthor que se cree el dueño de la inmobiliaria más malvada del mundo. La cinta recaudó 391 millones de dólares, quedando novena en el ranking del año, por detrás de 'The Da Vinci Code' y hasta de 'X-Men: The Last Stand'. Warner Bros miró la cifra, comparó el esfuerzo con la rentabilidad y decidió que no había presupuesto para más nostalgia. Al final, nos quedó una historia donde un niño lanza un piano y Lois Lane es rescatada por un fax. Muy 2006, efectivamente.
Steven Spielberg ha vuelto a mirar al cielo, pero esta vez parece que se ha distraído con el catecismo. 'Disclosure Day' llega a los cines con la promesa de un encuentro cercano, pero termina siendo un híbrido extraño entre una persecución de presupuesto infinito y una charla de confirmación parroquial. Tenemos a Daniel Kellner (Josh O'Connor), un experto en ciberseguridad que huye de los malos, y a Margaret Fairchild (Emily Blunt), una meteoróloga que, por un giro del destino, se convierte en la antena receptora de sabiduría alienígena. Todo esto mientras la corporación Wardex, liderada por un Noah Scanlon (Colin Firth) que es más elegante que un traje de seda pero con la peligrosidad de un gatito, intenta detenerlos. La trama se mueve como quien intenta montar un mueble de IKEA sin instrucciones: hay piezas que no encajan. La Wardex tiene la capacidad operativa de una panadería de barrio; sus 40 guardias armados son incapaces de ver a un hombre escondido detrás de una valla de madera que es, básicamente, un colador. Es el típico 'peligro moderado' de película infantil donde el villano es más un estorbo que una amenaza real. Pero lo que realmente dinamita la película es su obsesión teológica. Jane Blankenship (Eve Hewson), una exmonja, clava una cruz en su mano mientras Scanlon recita escrituras. Es tan obvio que duele, como si Spielberg quisiera darnos una lección de religión mientras nos vende palomitas. Entre la música evocadora de John Williams y unos planos generales que te dejan respirando, la película intenta preguntarse si Dios ama a los marcianos. Un dilema que suena a conversación de bar a las tres de la mañana. Al final, nos queda un CGI animal un poco cutre y una moraleja sobre la compasión que es tan dulce que llega a empalagar. Es un paseo agradable, pero con la profundidad de un charco después de una llovizna.
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