'Disclosure Day' review: A close encounter with Spielberg's brilliance that doesn't quite make…

Spielberg: Marcianos, Dios y villanos incompetentes

cine Una composición cinematográfica surrealista que mezcla elementos de ciencia ficción y religión: un platillo volante dorado flotando sobre una catedral gótica antigua, con rayos de luz divina descendiendo sobre una ciudad moderna. Estilo de iluminación dramática, colores saturados, atmósfera de misterio y épica, sin personas reales, enfoque artístico y conceptual.

Steven Spielberg ha vuelto a mirar al cielo, pero esta vez parece que se ha distraído con el catecismo. 'Disclosure Day' llega a los cines con la promesa de un encuentro cercano, pero termina siendo un híbrido extraño entre una persecución de presupuesto infinito y una charla de confirmación parroquial.

Tenemos a Daniel Kellner (Josh O'Connor), un experto en ciberseguridad que huye de los malos, y a Margaret Fairchild (Emily Blunt), una meteoróloga que, por un giro del destino, se convierte en la antena receptora de sabiduría alienígena. Todo esto mientras la corporación Wardex, liderada por un Noah Scanlon (Colin Firth) que es más elegante que un traje de seda pero con la peligrosidad de un gatito, intenta detenerlos. La trama se mueve como quien intenta montar un mueble de IKEA sin instrucciones: hay piezas que no encajan.

La Wardex tiene la capacidad operativa de una panadería de barrio; sus 40 guardias armados son incapaces de ver a un hombre escondido detrás de una valla de madera que es, básicamente, un colador. Es el típico 'peligro moderado' de película infantil donde el villano es más un estorbo que una amenaza real.

Pero lo que realmente dinamita la película es su obsesión teológica. Jane Blankenship (Eve Hewson), una exmonja, clava una cruz en su mano mientras Scanlon recita escrituras. Es tan obvio que duele, como si Spielberg quisiera darnos una lección de religión mientras nos vende palomitas. Entre la música evocadora de John Williams y unos planos generales que te dejan respirando, la película intenta preguntarse si Dios ama a los marcianos.

Un dilema que suena a conversación de bar a las tres de la mañana. Al final, nos queda un CGI animal un poco cutre y una moraleja sobre la compasión que es tan dulce que llega a empalagar. Es un paseo agradable, pero con la profundidad de un charco después de una llovizna.

Crítica:

La reseña original es demasiado blanda con la inconsistencia del guion. Le perdona la falta de lógica a Spielberg solo porque la música de Williams suena bonita.

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