Crítica:
El texto original es un folleto turístico espacial sin alma. Demasiado énfasis en la biografía de la redactora y muy poco en la implicación real de descubrir galaxias de baja masa.
El texto original es un folleto turístico espacial sin alma. Demasiado énfasis en la biografía de la redactora y muy poco en la implicación real de descubrir galaxias de baja masa.
Mientras nosotros peleamos por el precio del aceite de oliva o intentamos que la tarjeta no rebote el día 20, allá arriba, en el congelador cósmico, alguien ha encontrado un nuevo vecino. Se llama 2026 ED138, y no es una piedra cualquiera que flota por ahí; es un candidato a planeta enano. Para que nos entendamos: no es un asteroide insignificante, sino un cuerpo que, con un ancho de entre 600 y 1500 kilómetros, tiene la suficiente 'chicha' gravitatoria para haberse vuelto redondo, como una canica gigante perdida en el patio trasero del Sol. El hallazgo es obra de Matthew Holman, del Center for Astrophysics | Harvard & Smithsonian, quien el 13 de octubre se encontró con este bicho mientras pasaba datos por un código que diseñó con Kevin Napier. El objeto es un presumido: a pesar de estar a 46 unidades astronómicas del Sol (más lejos que Plutón, que ronda las 40 AU), brilla lo suficiente como para decir 'aquí estoy'. El Vera Rubin Observatory, ese monstruo asentado en el Cerro Pachón de Chile con un espejo de 8,4 metros, ha sido el chivato perfecto. Este telescopio, que empezó su Legacy Survey of Space and Time (LSST) en junio de este año, usa una cámara de 3,2 gigapíxeles para hacerle un 'time-lapse' al cielo, cazando desde materia oscura hasta los más de 11.000 asteroides que ya ha fichado. Lo más curioso es que el 2026 ED138 es un rebelde; tiene la órbita inclinada 25 grados, probablemente porque Neptuno le dio un empujón en el pasado. Y aunque Mario Jurić y Holman lo vieron 30 veces entre marzo y julio, resulta que la Dark Energy Camera ya lo había pillado en 2016. Ahora solo falta que el James Webb le eche un ojo en infrarrojo para confirmar si entra en el club VIP junto a Plutón, Ceres, Eris, Haumea y Makemake. Un club muy exclusivo, básicamente el 'quién es quién' de los mundos pequeños.
Alan Dean Foster, el hombre que ha escrito más novelizaciones que yo he tenido cenas decentes, vuelve a la carga. Con una trayectoria de 55 años que incluye haber sido el 'fantasma' detrás de la primera novela de Star Wars en 1976 y el arquitecto de guiones para Star Trek: The Motion Picture, Foster no es un novato; es el abuelo con trucos bajo la manga de la ciencia ficción. Su nueva apuesta, 'Lost on Paradise', que aterrizará el 20 de octubre de 2026 bajo el sello de Blackstone Publishing, nos vende la eterna fantasía del 'escape'. La trama es el pan de cada día en tiempos de crisis: una Tierra que es básicamente un vertedero glorificado donde Jonos y Liina sobreviven rebuscando en la basura de los ricos, como quien intenta encontrar un ticket válido en un cajón viejo. El sueño es 'Paradise', un mundo donde tres razas (Eiquan, Lusanata y humanos) conviven en una armonía que huele a folleto turístico engañoso. Para llegar allí, hace falta una pasta que Jonos y Liina no tienen, pero como en toda buena historia de desesperados, terminan huyendo tras un delito. Foster, que ha diseccionado el horror en Alien, The Thing y Terminator: Salvation, no nos va a regalar un final feliz de Disney. El autor admite que su 'Paraíso' es una trampa conceptual: es perfecto hasta que llegas y lo arruinas todo, comparándolo con la llegada de los europeos a Tahití, donde el 'intercambio cultural' fueron la viruela y las enfermedades venéreas. En resumen: el libro es una metáfora sobre la migración y la fragilidad de la utopía, escrita por alguien que sabe que, al final, el aire puro siempre tiene un precio que no podemos pagar.
Mientras nosotros peleamos por el precio del aceite de oliva o intentamos que el Wi-Fi no se caiga en mitad de una videollamada, a 37 millones de años luz hay una fiesta de luces que no conoce la crisis. Se trata de la NGC 1827, una galaxia espiral que el Telescopio Espacial Hubble ha decidido fotografiar de perfil, como quien hace un 'spoiler' visual de lo que verías si tuvieras un coche con combustible infinito y mucha paciencia. La NGC 1827 no es una galaxia convencional; es lo que los expertos llaman una espiral 'intermedia'. En lenguaje llano: es la indecisa del cosmos, situada en ese limbo estructural entre las galaxias con barra y las que no la tienen. Desde nuestra perspectiva, no vemos el remolino clásico, sino un borde centelleante, una especie de encaje cósmico tejido con cintas de polvo marrón y estrellas azules que brillan más que cualquier anuncio de neón en Times Square. Hay una estrella en particular que se lleva todo el protagonismo con cuatro picos de difracción, un efecto técnico de la cámara ACS del Hubble que, traducido al mundo real, es como ese reflejo molesto pero elegante de una joya bajo el foco de una joyería. Pero no se equivoquen, esto no es solo una sesión de fotos para el Instagram intergaláctico. Esta imagen es parte de un censo masivo de 260 galaxias satélite. Hasta ahora, el Hubble ha localizado 111, moviéndose por el vacío como un inspector de Hacienda buscando activos ocultos. El objetivo es entender la dinámica de estas galaxias de baja masa y cómo se llevan con sus 'anfitrionas', similares a nuestra Vía Láctea. Ciencia pura, mientras nosotros seguimos intentando entender por qué el mando de la tele no funciona.
Vivimos en una era donde el algoritmo nos anestesia con vídeos de gatitos, pero de vez en cuando llega una imagen que te pega un bofetón de realidad en toda la cara. Federico Veronesi, un italiano con ojo para la tragedia, ha logrado lo impensable en el valle del río Huab, Namibia: capturar el duelo animal. No es una postal bonita de safari; es una madre elefante arrastrando el cuerpo de su cría, con la pata del pequeño encajada entre el colmillo y la trompa. Un golpe en el estómago que ha dejado en ridículo cualquier pretensión de superioridad humana sobre la cognición animal. Mientras nosotros discutimos si el vecino ha aparcado mal el coche, Kathy Moran, presidenta del jurado, describe la obra como un "golpe visceral". Veronesi no encontró la escena en un catálogo; tuvo que rastrear marcas de arrastre en el cauce seco de un río, como quien busca una aguja en un pajar de arena. El resultado es el premio máximo del Wildlife Photographer of the Year 2026, superando una montaña de 65.000 fotografías enviadas desde todos los rincones del globo. El Natural History Museum de Londres, que organiza este despliegue de talento, ha repartido trofeos en 20 categorías. Desde la crudeza de Francisco Negroni en Chile, exponiendo la hipocresía de la caza ilegal de pumas en Santa Cruz a pesar de la prohibición de 2025, hasta la macabra "merienda" de Alexis Tinker-Tsavalas, donde una mosca licúa a otra viva. Es un catálogo de la supervivencia donde el dolor de un elefante se convierte en el estándar de oro del arte. Las imágenes estarán expuestas hasta el 11 de julio de 2027, para que podamos recordar que, mientras nosotros pagamos impuestos y nos quejamos del wifi, la naturaleza sigue gestionando el luto con una dignidad que nos deja pequeños.
A las 4:43 A.M. del 15 de octubre de 1997, mientras la mayoría de los mortales en Florida luchaban contra la almohada, un cohete Titan IVB/Centaur decidió que era el momento perfecto para despertar a todo el vecindario. Con un empuje de 3,4 millones de libras (unos 1,5 millones de kilos), la misión Cassini-Huygens no solo convirtió la noche en día, sino que probablemente dejó una colección de alarmas de coches sonando en coro, como si el cielo mismo estuviera dando un concierto de rock no solicitado. No era la primera vez que nos asomábamos a Saturno. Las sondas Pioneer 11, Voyager 1 y Voyager 2 ya habían pasado por allí entre 1979 y 1981, pero aquello fueron viajes de 'turista express': fotos rápidas, un saludo y a seguir corriendo. La NASA, la ESA y la ASI decidieron que ya bastaba de postales rápidas y que hacía falta alguien que se instalara allí, como quien alquila un piso en el centro para conocer el barrio a fondo. El plan era ambicioso: un viaje de miles de millones de millas hacia el frío más absoluto del sistema solar. Durante 20 años, Cassini fue el informante estrella, enviando datos que reescribieron los libros de texto, hasta que el 15 de septiembre de 2017 llegó el 'Gran Final'. En un acto de sacrificio que haría palidecer a cualquier drama coreano, la sonda se lanzó deliberadamente contra las nubes del gigante gaseoso en una maniobra de autodestrucción. Un final digno para una máquina que nos enseñó que Saturno es mucho más que unos anillos bonitos, demostrando que, a veces, para obtener la verdad absoluta, hay que estar dispuesto a estrellarse contra ella.
Mark Zuckerberg salió a X (la antigua Twitter) con el pecho inflado para asegurarnos que su nuevo agente, Muse AI, fue 'construido desde cero para la privacidad y la seguridad'. Una declaración que, vista hoy, suena a chiste de mal gusto o a vendedor de coches usados jurando que el motor no hace ruido. Mientras Zuckerberg presumía de blindaje, la realidad era un colador. Resulta que Muse AI tiene una función de 'compartir' que es, básicamente, dejar la puerta de casa abierta con un cartel de 'bienvenidos'. Los investigadores de la firma de ciberseguridad Claroc descubrieron que podían acceder a más de 6.800 enlaces generados por Muse. El truco no requería un hacker de película, sino una simple consulta en bases de datos de direcciones web. Era como buscar en una guía telefónica pública donde, en lugar de números, encontrabas los secretos más íntimos de la gente. Lo que se filtró no fueron memes inofensivos. Hablamos de documentos de ingresos corporativos, solicitudes de préstamos, detalles de transacciones bancarias y hasta el calendario de vacaciones de algún despistado. Información que para cualquier usuario es el equivalente a entregar la tarjeta de crédito y la llave del cajón de los secretos a un desconocido. Pero el despliegue de cinismo no termina ahí. Mientras Meta cerraba la función tras el aviso de Ars Technica, salió a la luz que Muse mantenía expedientes detallados de los amigos y familiares de los usuarios, siguiendo una instrucción interna de crear una 'página para cada persona en la vida del usuario'. Básicamente, Meta no solo pierde tus datos, sino que se dedica a hacer un censo no solicitado de tu árbol genealógico y tu círculo social. Un primer mes de vida brillante para una IA que promete seguridad pero entrega vulnerabilidad en bandeja de plata.
Hay algo profundamente democrático en el hecho de que, ya seas un caniche faldero o un gigante alado de casi tres metros, llegue un momento en que el cerebro simplemente hace 'clic' y necesitas correr en círculos como si te persiguiera el recaudador de impuestos. Se llaman 'zoomies', ese ataque de hiperactividad que suele terminar con un jarrón roto en el salón, pero que en el caso de Chert y Pumice, dos machos de 1.5 años, se traduce en saltos y aleteos frenéticos en el recinto de San Simeon. La Ventana Wildlife Society nos vende este espectáculo como 'pura diversión', pero mientras nosotros vemos a dos pájaros haciendo el ridículo, Joe Burnett, el gestor del programa de recuperación, nos recuerda que esto es, básicamente, el gimnasio de los cóndores: una forma de soltar energía y entender cómo demonios funcionan esas alas de 2.9 metros (9.5 pies) antes de lanzarse al vacío. Estos dos ejemplares, junto a otros tres compañeros, están en una especie de 'sala de espera' biológica hasta el 24 de octubre a las 10 a.m., fecha en la que serán liberados en vivo para el mundo entero. La historia es un contraste brutal. En 1982, la especie estaba a un paso de convertirse en un recuerdo, con solo 23 individuos vivos en todo el planeta; una cifra que hace que cualquier saldo bancario en números rojos parezca una fortuna. De aquel abismo se ha pasado a 607 ejemplares a finales de 2025, y una población local en California central de 104 aves. Eso sí, la libertad tiene letra pequeña: Chert y Pumice saldrán al aire con transmisores de radio y GPS pegados al ala. Básicamente, el Estado les ha puesto un tobillera electrónica para asegurarse de que no se pierdan mientras celebran que ya no viven en un zoo.
Comentarios