Crítica:
La noticia es un catálogo de premios disfrazado de reportaje. Se queda corta al no profundizar en el impacto real de la conservación, limitándose a la estética del dolor.
La noticia es un catálogo de premios disfrazado de reportaje. Se queda corta al no profundizar en el impacto real de la conservación, limitándose a la estética del dolor.
Alan Dean Foster, el hombre que ha escrito más novelizaciones que yo he tenido cenas decentes, vuelve a la carga. Con una trayectoria de 55 años que incluye haber sido el 'fantasma' detrás de la primera novela de Star Wars en 1976 y el arquitecto de guiones para Star Trek: The Motion Picture, Foster no es un novato; es el abuelo con trucos bajo la manga de la ciencia ficción. Su nueva apuesta, 'Lost on Paradise', que aterrizará el 20 de octubre de 2026 bajo el sello de Blackstone Publishing, nos vende la eterna fantasía del 'escape'. La trama es el pan de cada día en tiempos de crisis: una Tierra que es básicamente un vertedero glorificado donde Jonos y Liina sobreviven rebuscando en la basura de los ricos, como quien intenta encontrar un ticket válido en un cajón viejo. El sueño es 'Paradise', un mundo donde tres razas (Eiquan, Lusanata y humanos) conviven en una armonía que huele a folleto turístico engañoso. Para llegar allí, hace falta una pasta que Jonos y Liina no tienen, pero como en toda buena historia de desesperados, terminan huyendo tras un delito. Foster, que ha diseccionado el horror en Alien, The Thing y Terminator: Salvation, no nos va a regalar un final feliz de Disney. El autor admite que su 'Paraíso' es una trampa conceptual: es perfecto hasta que llegas y lo arruinas todo, comparándolo con la llegada de los europeos a Tahití, donde el 'intercambio cultural' fueron la viruela y las enfermedades venéreas. En resumen: el libro es una metáfora sobre la migración y la fragilidad de la utopía, escrita por alguien que sabe que, al final, el aire puro siempre tiene un precio que no podemos pagar.
La historia nos enseña que el reciclaje no nació con las bolsas de plástico ni con el postureo ecológico del siglo XXI. En la Abadía de Westminster, hace siglos, alguien decidió que comprar un ataúd nuevo era un gasto superfluo y optó por el 'segundamano' de lujo. Resulta que un sarcófago de piedra caliza del siglo IV, diseñado originalmente para un tal Valerius Amandinus —un ricachón local de la época romana—, terminó sirviendo de dormitorio eterno para alguien que llegó unos 700 años más tarde. Básicamente, le hicieron un 'squatting' funerario a un romano. La confusión empezó en 1820, cuando unos obreros, con la delicadeza de un elefante en una cristalería, reventaron la tapa en seis pedazos. Para cuando los arqueólogos pudieron recomponer el puzle en 1869, se encontraron con una paradoja: el nombre de Amandinus abajo y una cruz latina medieval arriba. Es como comprar un iPhone usado y que el dueño anterior haya dejado su nombre grabado en el chasis, pero tú le pegues una pegatina de tu equipo de fútbol. Gracias al carbono 14 y a un análisis óseo que deja en ridículo la teoría del siglo XIX sobre un 'joven robusto', Warwick Rodwell y su equipo han reducido la lista de sospechosos a dos monjes benedictinos de alta alcurnia: Aelfwig (fallecido hacia 1020) o Wulnoth (muerto en 1049). El ocupante medía unos 1,75 metros y tenía entre 35 y 49 años. Rodwell apuesta por Aelfwig, probablemente porque ya estaba en la plantilla de la Abadía. El proceso fue sencillo: metieron el ataúd de madera del monje dentro de la piedra romana, sellaron la tapa y se olvidaron del dueño original. Una ingeniería financiera del descanso eterno donde el prestigio del material importaba más que la propiedad privada del difunto.
Hay gente que colecciona sellos y hay gente que, como George Lucas, amontona 40.000 piezas de arte mientras el resto de nosotros peleamos con el precio de la luz. Para los que no tenemos un jet privado para aterrizar en Los Ángeles y visitar el Lucas Museum of Narrative Art —ese edificio con forma de nave espacial que abrirá en septiembre de 2026 junto a la University of Southern California—, la editorial Taschen ha lanzado el 'consuelo' perfecto. Se trata de un set de dos volúmenes que es, básicamente, un entrenamiento de pesas disfrazado de catálogo de arte. Hablemos de números, que es donde empieza la ironía. El set cuesta 200 dólares. Por ese precio, te llevas 832 páginas de papel satinado que pesan casi 14 libras (unos 6,3 kilos). Es decir, que por el precio de una cena decente para dos y un par de copas, Taschen te vende la excusa perfecta para cancelar la suscripción al gimnasio: levantar estos tomos es, técnicamente, hacer cardio. El contenido es un despliegue de ego y talento. George Lucas y su esposa, Mellody Hobson, han curado una selección que va desde Norman Rockwell y Frank Frazetta hasta el mítico Ralph McQuarrie. El libro incluye un prefacio de Lucas donde recuerda sus días de estudiante en USC y sus charlas con Joseph Campbell, y un prólogo de Guillermo del Toro que le añade ese sello de prestigio intelectual. La joya de la corona son las 100 páginas dedicadas a 'Star Wars in Motion', con props, bocetos de Industrial Light and Magic y renders digitales. Es el catálogo definitivo para el fan que quiere sentir que posee un trozo de la galaxia sin tener que pagar un billete de avión a California.
Hay una diferencia abismal entre el maquillaje de las series médicas de hace veinte años y lo que nos vomita en pantalla 'The Pitt'. Antes, simular una herida era básicamente jugar con plastilina y pegamento en barra; James Lipshaw, de Harvard, recuerda que en el 96 practicaban inyecciones en naranjas porque 'se parecía a la piel'. Una broma pesada. Hoy, la cosa es ingeniería aeroespacial aplicada a las tripas. Para que veamos un pulmón rotando en un pecho abierto o una bandera estadounidense atravesando un tórax, Myriam Arougheti y su equipo no tiran de intuición, sino de un proceso industrial. Primero, el Dr. Joe Sachs manda la 'lista de la compra' de traumas; luego, clonan al actor mediante escaneos 3D para que la prótesis encaje como un guante. No hay margen de error: si un hueso queda mal puesto, el Dr. Joe fulmina la pieza porque 'el paciente estaría muerto'. El truco está en el silicone 'deadened'. Han mezclado silicona con plastificantes para que no rebote como una pelota de goma, sino que flote y se mueva como la grasa humana. A esto le suman tecnología de drones —sí, la misma de los quadcopters— para manejar animatrónicos diminutos. Así es como logran que un bebé salga del canal de parto sin que un técnico tenga que estar lubricando un muelle oxidado detrás de las cámaras. Mientras nosotros peleamos por el precio del aceite, Warner Bros. Discovery suelta el presupuesto sin pestañear, permitiendo que Autonomous F/X y Jason Collins reinventen la rueda en cada episodio. Es un despliegue de lujo técnico donde la ciencia y el arte se dan la mano para que el espectador sienta que está en urgencias, pero con la comodidad de su sofá.
Hay historias que nacen de la inspiración divina y otras que surgen de una lista de ideas anotadas en un cuaderno desde la infancia, como si fueran la lista de la compra de un loco. Matt Dinniman hizo lo segundo y acabó creando un monstruo: 'Dungeon Crawler Carl'. La premisa es sencilla y cruel: un hombre y la gata insufrible de su ex, Princess Donut, intentando que no los conviertan en sashimi intergaláctico en un programa de televisión para alienígenas. Es básicamente el 'Running Man' pero con más gatos y un presupuesto de efectos especiales que haría llorar a cualquier ayuntamiento. El éxito no es una casualidad, aunque Dinniman lo venda con modestia. Vender 14 millones de copias no es 'dar en el clavo', es haber montado un imperio mientras el resto seguimos peleándonos con el PDF de la declaración de la renta. La clave es el sentimiento de impotencia: un sistema diseñado para aplastarte mientras el mundo mira y come palomitas. Muy actual, muy real, muy nosotros. Ahora, el negocio escala. Peacock ha decidido que es momento de pasar el libro a la pantalla, poniendo al mando a Seth MacFarlane (Fuzzy Door) y a los veteranos Eric Heisserer y Chris Yost. El autor, que ahora juega a ser co-productor ejecutivo, confiesa que el reto es mantener el tono. Porque pasar de un libro que es como un 'Mariokart mortal' —según describe Dinniman sobre el octavo volumen, 'A Parade of Horribles', lanzado en mayo de 2026— a una serie de streaming sin que parezca un anuncio de cereales, tiene su miga. Con ocho libros ya en la calle y dos más en el horno, el banquete está servido. Solo falta ver si la adaptación tiene la misma mala leche que el papel.
Hay una nostalgia peligrosa en el aire, de esa que te vende que viajar en avión era un evento social y no una lucha por sobrevivir en un asiento medio, mientras intentas que el vecino no te use el hombro de almohada. El TWA Hotel, ese capricho arquitectónico de Eero Saarinen en el JFK que parece más una escultura que un sitio para dormir, ha decidido montar el 'Mission: 60s'. Del 23 al 25 de octubre de 2026, Nueva York se convertirá en un set de rodaje de la Era Espacial donde el dress-code es 'estilo 1969' o morir. La jugada es maestra: mezclar la gloria de Apollo con el glamour de Star Trek. Mientras nosotros peleamos con la aplicación del banco para pagar el alquiler, Luna Replicas y Space for Humanity nos invitan a gastarnos 150 dólares por un pase de fin de semana (u 85 si solo quieres un día de delirio retro) para escuchar a leyendas como el director de vuelo Gerry Griffin o astronautas como Nicole Stott y Ron Garan. El itinerario es un despliegue de nostalgia industrial. Empezamos el viernes con un tour por el sitio de la Feria Mundial de 1964 en Flushing Meadows, visitando el Rocket Park con sus Gemini-Titan II y Mercury-Atlas D, básicamente juguetes gigantes de una época en la que el presupuesto público no se cuestionaba si el objetivo era plantar una bandera en la Luna. Luego, el sábado se pone sofisticado con la 'Spacefarer Soiree' a bordo de un Lockheed Constellation, con música de Bonnie Gordon y la presencia de Bob Picardo. Para cerrar, el domingo Uplift Aerospace nos dará el 'Overview' mediante VR, porque claro, como no todos tenemos el presupuesto para salir de la atmósfera, nos conformamos con unas gafas de plástico. Todo coordinado por mentes como Jeffrey Kluger y Frank White, en un puente dorado entre la primera carrera espacial y la actual obsesión por volver a la Luna para quedarse.
En un mundo donde perdemos el ticket del parking antes de salir del centro comercial, resulta casi ofensivo que en Wells, Maine, alguien haya tenido la disciplina de guardar un papel durante 250 años. No es un tesoro pirata ni un mapa hacia El Dorado, sino una copia manuscrita de la Declaración de Independencia, redactada en julio de 1776 por el secretario municipal Nathaniel Wells. El señor Wells no se limitó a archivar el documento; lo cosió al libro de actas del pueblo, convirtiendo un trámite burocrático de la época en una cápsula del tiempo que ha sobrevivido a guerras, humedades y al olvido administrativo. La historia es un ejercicio de logística colonial. Tras el visto bueno del Segundo Congreso Continental, el impresor John Dunlap lanzó las copias oficiales el 4 de julio de 1776, aunque hoy solo quedan 26 de aquellas hojas originales. Pero el Consejo de Massachusetts —porque Maine era entonces el patio trasero de Massachusetts hasta 1820— decidió que la libertad no podía ser solo para quienes sabían leer. Ordenaron que la Declaración se leyera en voz alta y que cada secretario municipal la transcribiera en sus registros. Mientras nosotros luchamos con el PDF que no abre, en el siglo XVIII la viralidad consistía en que un cura leyera el texto el primer domingo después de recibirlo, gracias a las copias de Ezekiel Russell. De aquellas impresiones para ministros solo quedan entre 12 y 21 ejemplares. El hallazgo en la oficina del secretario de Wells no es solo un dato para historiadores con codos; es la prueba de que, hace dos siglos y medio, la administración pública funcionaba mejor que el servicio de atención al cliente de cualquier operadora actual.
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