Crítica:
La noticia es un ejercicio de suspense científico basado en la ausencia de datos. Vende la 'sorpresa' futura para compensar que, hoy por hoy, no tienen ni la remotely idea de qué es la sustancia.
La noticia es un ejercicio de suspense científico basado en la ausencia de datos. Vende la 'sorpresa' futura para compensar que, hoy por hoy, no tienen ni la remotely idea de qué es la sustancia.
Durante décadas, la ciencia nos vendió la película de que nuestros ancestros terrestres pasaron por una crisis de identidad adolescente, transformándose de renacuajos babosos a adultos funcionales. Una especie de metamorfosis obligatoria para conquistar el asfalto primitivo. Pero llega Jason Pardo y su equipo del Field Museum de Chicago para dinamitar el guion. Resulta que los embolomeres, esos depredadores tope del Carbonífero que medían unos 2 metros en su madurez, no jugaban a los disfraces. Analizando fósiles desenterrados entre los años 60 y 90 en Mazon Creek, Illinois, los investigadores dieron con dos bebés de apenas 2 centímetros. Aquí está el giro: estos pequeñines no tenían branquias externas ni el aspecto de un renacuajo. Lo que sí tenían era un saco vitelino externo, una especie de 'tupper' de energía similar al de los peces pulmonados, y una estructura ósea que era básicamente la versión en miniatura de sus padres. En términos de calle, el embolomere no nació para ser una cosa y luego convertirse en otra; nació siendo él mismo, solo que más pequeño. Es la misma lógica que seguimos los humanos: no pasamos de ser un anfibio a un mamífero, simplemente crecemos y nos ponemos más torpes. Pardo y Arjan Mann han demostrado que hace unos 308 millones de años, la norma no era la transformación radical, sino la continuidad. Al estudiar otras dos especies de tetrápodos de la misma época, confirmaron que el 'estilo renacuajo' no era el pase VIP para salir del agua. La evolución, al parecer, no necesitaba un puente de metamorfosis para que los animales empezaran a caminar por la tierra firme; bastaba con nacer con el equipo completo y empezar a crecer.
La NASA nos vende hoy una postal idílica de Annie Easley, pero si rascamos la pintura, el cuadro es más oscuro. Imagina entrar en una oficina donde eres 'subprofesional', una etiqueta corporativa elegante para decir que eres un mueble que sabe sumar. Easley entró en 1955 en el NACA (el abuelo de la NASA) siendo una de apenas cuatro personas negras entre 2.500 empleados. Un goteo ridículo que solo ocurrió porque la Segunda Guerra Mundial había dejado las oficinas vacías; no fue generosidad, fue necesidad operativa. Mientras los jefes la miraban por encima del hombro, Annie hacía el trabajo sucio: cálculos matemáticos brutales que hoy haría cualquier móvil de gama media en un pestañeo. Fue una 'computadora humana', una programadora antes de que existieran los teclados modernos. Su cerebro fue el motor invisible detrás de los sistemas de conversión de energía y el cohete Centaur, piezas que años después permitieron que la sonda Cassini llegara a Saturno en 1997. Lo irónico es que, tras pasar 34 años navegando entre el racismo sistémico y el sexismo de pasillo, terminó como consejera de Igualdad de Oportunidades (EEO). Básicamente, la pasaron de calcular órbitas a intentar que la agencia dejara de ser un club privado de caballeros blancos. Se jubiló en 1989 y se fue en 2011, dejando una lección de resistencia que su madre le tatuó en la cabeza: puedes ser lo que quieras, pero prepárate para trabajar el triple que el resto solo para que te permitan sentarte a la mesa. Una historia de éxito, sí, pero escrita con la tinta del esfuerzo contra un viento en contra absolutamente brutal.
Nos han vendido el 'Súper El Niño' como si fuera el final de los tiempos, un apocalipsis con nombre de niño malcriado que viene a dejarnos a todos bajo el agua o secos como un palo. Pero bajemos el volumen al drama. El Dr. Javier Vinós, que sabe de esto más que nosotros de pagar el alquiler, ha puesto los puntos sobre las íes en Libertad Digital: no hay pruebas científicas de que este fenómeno sea más frecuente o intenso por culpa del calentamiento global. Para que nos entendamos, El Niño es como el termostato de la casa: el océano Pacífico absorbe la energía del Sol y, cuando el sistema se satura, necesita soltar el calor para no explotar. Es una danza natural entre vientos alisios y aguas cálidas que ocurre cada dos a cinco años. No es una moda de TikTok; ya los navegantes españoles del siglo XVI, mientras buscaban oro y especias, anotaban en sus bitácoras que los vientos hacían cosas raras en Sudamérica. Lo que nos venden como 'Súper El Niño' es, básicamente, marketing del miedo. Etiquetas mediáticas para generar clics mientras los científicos se pelean con la 'barrera de predictibilidad de primavera', que es básicamente el momento donde los modelos fallan y nadie sabe muy bien qué va a pasar. Ya tuvimos episodios bestiales en 1983, 1998 y 2016 sin necesidad de adornos publicitarios. ¿Y nosotros? Pues que en España el impacto es ridículo. Mientras Australia se quema o los trópicos se inundan, aquí seguimos discutiendo si lloverá el lunes. La verdadera tragedia no es el clima, sino la manía de convertir un debate científico abierto en una sentencia definitiva para asustar al personal.
El universo de la NASA, a veces, parece más telenovela que ciencia ficción. El exadministrador Jim Bridenstine, piloto de la Marina, congresista y director de museo (un currículum digno de un anuncio de superhéroe), se sienta a recordar tiempos mejores. ¿Mejores para quién? Para una NASA que, según él, necesitaba un buen sacudón. Y vaya que lo sacudió, especialmente cuando le tocó lidiar con el sablazo de un sector crítico que cuestionaba su nombramiento. En paralelo, mientras Bridenstine evoca sus glorias pasadas, SpaceX decide hacer pública su Oferta Pública Inicial (OPI), una jugada que podría redefinir la industria espacial. Imaginen la lista de la compra: un cohete a 149,99 dólares (con descuento si usas el código IN-COLLECTSPACE, cortesía de collectSPACE.com). Un capricho para el coleccionista, pero un símbolo del creciente interés comercial en el espacio. Pero la cosa no acaba ahí. La NASA defiende su tripulación totalmente masculina para la misión Artemis 3, argumentando que no hay nada que leer entre líneas. ¿En serio? La comunidad científica, comprensiblemente, no se lo cree. Y mientras tanto, científicos proponen rociar químicos en el campo magnético terrestre para protegernos de las tormentas solares. Una solución digna de una película de ciencia ficción barata, pero con un coste que probablemente no aparecerá en la factura del ciudadano de a pie. Quantum Space, por su parte, se prepara para salir a bolsa, y la U.S. Space Force le ha otorgado un contrato Andromeda IDIQ. Todo un negocio, vaya. Rod Pyle y Tariq Malik, los anfitriones de 'This Week In Space', intentan desentrañar este laberinto de noticias espaciales cada viernes. ¿Lograrán mantenernos informados sin que nos dé un ataque de ansiedad existencial?
Un estrella, de esas que pesan tanto que nuestro sol parecería una mota de polvo, decidió desaparecer sin dejar rastro. No una simple implosión, no un agujero negro elegante, sino una evaporación cósmica. La cosa pasó a 1.300 millones de años luz, en una galaxia enana donde, evidentemente, no tienen problemas de gentrificación. Los astrónomos, que andan con la vista clavada en el cielo como quien busca las llaves en el sofá, detectaron la explosión, bautizada como SN 2023vbw, en 2023. Lo curioso es que, en lugar de un fogonazo y un silencio, la luz subió poco a poco durante 190 días, como un recibo de la luz en verano, y luego se apagó. Para que una estrella se desintegre así, tiene que ser de las gordas, de las que pesan entre 170 y 350 veces lo que pesa nuestro sol. Imaginen el sablazo. Al parecer, el núcleo de estas bestias se calienta tanto que empieza a lanzar rayos gamma, que luego chocan con las capas externas y se convierten en electrones y positrones, dejando al núcleo sin soporte. Si además la estrella es 'pobre' en metales pesados (sí, las estrellas también tienen su clase social), la cosa se va de las manos y explota en una serie de explosiones termonucleares que la hacen pedazos. El misterio es que, si estas estrellas se autodestruyen así, ¿dónde están los agujeros negros supermasivos que deberían dejar? Algunos creen que estas 'supernovas de inestabilidad por pares' podrían explicar la falta de agujeros negros en un cierto rango de masa. En resumen, una estrella se esfumó, dejando a los astrónomos rascándose la cabeza y a nosotros preguntándonos si el universo está gastando más de lo que ingresa.
Japón nos ha mandado un Transformer al espacio. Sí, un Transformer de verdad, aunque del tamaño de una pelota de tenis. Mientras nosotros peleamos por un hueco en el parking, la Agencia de Exploración Aeroespacial Japonesa (JAXA) y Sony han diseñado un robot esférico llamado SORA-Q (espacio + esfera, por si acaso) que se transforma para rodar por la luna. ¿La misión? Allanar el camino para robots lunares autónomos más pequeños. SORA-Q viajó a bordo del SLIM, la primera misión japonesa en aterrizar suavemente en la luna en enero de 2024, junto a otro robot, LEV-1, una especie de saltamontes lunar. La cosa es que este robot no es cosa de ingenieros aeroespaciales al uso; Takara-TOMY, los reyes de los juguetes (sí, los de los Transformers con Hasbro) pusieron su granito de arena, usando su experiencia para que SORA-Q se desplegara como si saliera de una caricatura. El robot se estiró, desplegó ruedas y una cámara, y se puso a explorar cerca del cráter Shioli, dentro del cráter Cyrillus (98 kilómetros de diámetro, para que te hagas una idea), en Mare Nectaris. La comunicación se cortó después de 100 minutos, probablemente porque LEV-1, el saltamontes, se quedó sin pilas o se rompió al dar sus saltitos, impidiendo que SORA-Q enviara sus datos. El equipo de Daichi Hirano, responsable del proyecto, argumenta que la clave está en la autonomía y el tamaño: mejor dos robots pequeños que uno grande y caro. Una inversión, en definitiva, para explorar rincones inaccesibles.
La búsqueda de un 'sí' rotundo en la prueba de embarazo, esa odisea moderna que puede costar un riñón (literalmente, hasta 30.000 dólares en EE.UU.) y un quebradero de cabeza emocional, está a punto de cambiar. Científicos en Viena y Texas, armados con células madre y una buena dosis de ingenio, han logrado crear 'blastoides': embriones de laboratorio que imitan a los reales, pero sin el drama del esperma y el óvulo. ¿El objetivo? Desentrañar por qué tantas gestaciones fracasan, una estadística que ronda el 60% en las transferencias de IVF. En el laberinto de la fertilidad, donde cada ciclo es un 'sablazo' emocional y económico, estas réplicas celulares permiten observar el momento crucial de la implantación, algo antes imposible. Hasta ahora, los investigadores se conformaban con 'instantáneas' de embriones extraídos en intervenciones o abortos. Ahora, pueden 'pinchar' y 'perturbar' estos modelos en una placa de Petri, como dice Peter Rugg-Gunn de Cambridge. El equipo de Nicolas Rivron ha conseguido que estos blastoides se implanten en modelos artificiales del endometrio con un éxito del 80%. Jun Wu, en Texas, ha descubierto que el tejido de mujeres con historial de fallos de IVF reduce la tasa de implantación al 20%. Y, lo que es más prometedor, han identificado fármacos que podrían aumentar las tasas de éxito hasta en un 60%. Empresas como Simbryo Technologies ya ofrecen pruebas predictivas para evaluar la viabilidad de la transferencia, mientras que dawn-bio busca optimizar las condiciones de crecimiento embrionario. La meta, ambiciosa, de Peter Greiner es alcanzar una tasa de 'bebé sano' del 100%. Pero la ciencia avanza a pasos agigantados, descubriendo 'botones de pausa' en el desarrollo embrionario y genes clave para la implantación. Un territorio éticamente inexplorado, donde algunos científicos, como Jacob Hanna, sueñan con cultivar embriones hasta las 70 días para obtener óvulos para mujeres infértiles. Una frontera que, según Emma Cave de Durham University, exige una regulación cuidadosa para evitar caer en la 'ectogénesis' completa, un escenario aún lejano pero inquietante.
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