Crítica:
El texto original es un panfleto optimista que maquilla el racismo estructural con anécdotas inspiradoras. Le falta profundizar en la precariedad real de las 'subprofesionales' para no sonar a relaciones públicas de la NASA.
El texto original es un panfleto optimista que maquilla el racismo estructural con anécdotas inspiradoras. Le falta profundizar en la precariedad real de las 'subprofesionales' para no sonar a relaciones públicas de la NASA.
Nos han vendido el 'Súper El Niño' como si fuera el final de los tiempos, un apocalipsis con nombre de niño malcriado que viene a dejarnos a todos bajo el agua o secos como un palo. Pero bajemos el volumen al drama. El Dr. Javier Vinós, que sabe de esto más que nosotros de pagar el alquiler, ha puesto los puntos sobre las íes en Libertad Digital: no hay pruebas científicas de que este fenómeno sea más frecuente o intenso por culpa del calentamiento global. Para que nos entendamos, El Niño es como el termostato de la casa: el océano Pacífico absorbe la energía del Sol y, cuando el sistema se satura, necesita soltar el calor para no explotar. Es una danza natural entre vientos alisios y aguas cálidas que ocurre cada dos a cinco años. No es una moda de TikTok; ya los navegantes españoles del siglo XVI, mientras buscaban oro y especias, anotaban en sus bitácoras que los vientos hacían cosas raras en Sudamérica. Lo que nos venden como 'Súper El Niño' es, básicamente, marketing del miedo. Etiquetas mediáticas para generar clics mientras los científicos se pelean con la 'barrera de predictibilidad de primavera', que es básicamente el momento donde los modelos fallan y nadie sabe muy bien qué va a pasar. Ya tuvimos episodios bestiales en 1983, 1998 y 2016 sin necesidad de adornos publicitarios. ¿Y nosotros? Pues que en España el impacto es ridículo. Mientras Australia se quema o los trópicos se inundan, aquí seguimos discutiendo si lloverá el lunes. La verdadera tragedia no es el clima, sino la manía de convertir un debate científico abierto en una sentencia definitiva para asustar al personal.
El universo de la NASA, a veces, parece más telenovela que ciencia ficción. El exadministrador Jim Bridenstine, piloto de la Marina, congresista y director de museo (un currículum digno de un anuncio de superhéroe), se sienta a recordar tiempos mejores. ¿Mejores para quién? Para una NASA que, según él, necesitaba un buen sacudón. Y vaya que lo sacudió, especialmente cuando le tocó lidiar con el sablazo de un sector crítico que cuestionaba su nombramiento. En paralelo, mientras Bridenstine evoca sus glorias pasadas, SpaceX decide hacer pública su Oferta Pública Inicial (OPI), una jugada que podría redefinir la industria espacial. Imaginen la lista de la compra: un cohete a 149,99 dólares (con descuento si usas el código IN-COLLECTSPACE, cortesía de collectSPACE.com). Un capricho para el coleccionista, pero un símbolo del creciente interés comercial en el espacio. Pero la cosa no acaba ahí. La NASA defiende su tripulación totalmente masculina para la misión Artemis 3, argumentando que no hay nada que leer entre líneas. ¿En serio? La comunidad científica, comprensiblemente, no se lo cree. Y mientras tanto, científicos proponen rociar químicos en el campo magnético terrestre para protegernos de las tormentas solares. Una solución digna de una película de ciencia ficción barata, pero con un coste que probablemente no aparecerá en la factura del ciudadano de a pie. Quantum Space, por su parte, se prepara para salir a bolsa, y la U.S. Space Force le ha otorgado un contrato Andromeda IDIQ. Todo un negocio, vaya. Rod Pyle y Tariq Malik, los anfitriones de 'This Week In Space', intentan desentrañar este laberinto de noticias espaciales cada viernes. ¿Lograrán mantenernos informados sin que nos dé un ataque de ansiedad existencial?
Un estrella, de esas que pesan tanto que nuestro sol parecería una mota de polvo, decidió desaparecer sin dejar rastro. No una simple implosión, no un agujero negro elegante, sino una evaporación cósmica. La cosa pasó a 1.300 millones de años luz, en una galaxia enana donde, evidentemente, no tienen problemas de gentrificación. Los astrónomos, que andan con la vista clavada en el cielo como quien busca las llaves en el sofá, detectaron la explosión, bautizada como SN 2023vbw, en 2023. Lo curioso es que, en lugar de un fogonazo y un silencio, la luz subió poco a poco durante 190 días, como un recibo de la luz en verano, y luego se apagó. Para que una estrella se desintegre así, tiene que ser de las gordas, de las que pesan entre 170 y 350 veces lo que pesa nuestro sol. Imaginen el sablazo. Al parecer, el núcleo de estas bestias se calienta tanto que empieza a lanzar rayos gamma, que luego chocan con las capas externas y se convierten en electrones y positrones, dejando al núcleo sin soporte. Si además la estrella es 'pobre' en metales pesados (sí, las estrellas también tienen su clase social), la cosa se va de las manos y explota en una serie de explosiones termonucleares que la hacen pedazos. El misterio es que, si estas estrellas se autodestruyen así, ¿dónde están los agujeros negros supermasivos que deberían dejar? Algunos creen que estas 'supernovas de inestabilidad por pares' podrían explicar la falta de agujeros negros en un cierto rango de masa. En resumen, una estrella se esfumó, dejando a los astrónomos rascándose la cabeza y a nosotros preguntándonos si el universo está gastando más de lo que ingresa.
Japón nos ha mandado un Transformer al espacio. Sí, un Transformer de verdad, aunque del tamaño de una pelota de tenis. Mientras nosotros peleamos por un hueco en el parking, la Agencia de Exploración Aeroespacial Japonesa (JAXA) y Sony han diseñado un robot esférico llamado SORA-Q (espacio + esfera, por si acaso) que se transforma para rodar por la luna. ¿La misión? Allanar el camino para robots lunares autónomos más pequeños. SORA-Q viajó a bordo del SLIM, la primera misión japonesa en aterrizar suavemente en la luna en enero de 2024, junto a otro robot, LEV-1, una especie de saltamontes lunar. La cosa es que este robot no es cosa de ingenieros aeroespaciales al uso; Takara-TOMY, los reyes de los juguetes (sí, los de los Transformers con Hasbro) pusieron su granito de arena, usando su experiencia para que SORA-Q se desplegara como si saliera de una caricatura. El robot se estiró, desplegó ruedas y una cámara, y se puso a explorar cerca del cráter Shioli, dentro del cráter Cyrillus (98 kilómetros de diámetro, para que te hagas una idea), en Mare Nectaris. La comunicación se cortó después de 100 minutos, probablemente porque LEV-1, el saltamontes, se quedó sin pilas o se rompió al dar sus saltitos, impidiendo que SORA-Q enviara sus datos. El equipo de Daichi Hirano, responsable del proyecto, argumenta que la clave está en la autonomía y el tamaño: mejor dos robots pequeños que uno grande y caro. Una inversión, en definitiva, para explorar rincones inaccesibles.
La búsqueda de un 'sí' rotundo en la prueba de embarazo, esa odisea moderna que puede costar un riñón (literalmente, hasta 30.000 dólares en EE.UU.) y un quebradero de cabeza emocional, está a punto de cambiar. Científicos en Viena y Texas, armados con células madre y una buena dosis de ingenio, han logrado crear 'blastoides': embriones de laboratorio que imitan a los reales, pero sin el drama del esperma y el óvulo. ¿El objetivo? Desentrañar por qué tantas gestaciones fracasan, una estadística que ronda el 60% en las transferencias de IVF. En el laberinto de la fertilidad, donde cada ciclo es un 'sablazo' emocional y económico, estas réplicas celulares permiten observar el momento crucial de la implantación, algo antes imposible. Hasta ahora, los investigadores se conformaban con 'instantáneas' de embriones extraídos en intervenciones o abortos. Ahora, pueden 'pinchar' y 'perturbar' estos modelos en una placa de Petri, como dice Peter Rugg-Gunn de Cambridge. El equipo de Nicolas Rivron ha conseguido que estos blastoides se implanten en modelos artificiales del endometrio con un éxito del 80%. Jun Wu, en Texas, ha descubierto que el tejido de mujeres con historial de fallos de IVF reduce la tasa de implantación al 20%. Y, lo que es más prometedor, han identificado fármacos que podrían aumentar las tasas de éxito hasta en un 60%. Empresas como Simbryo Technologies ya ofrecen pruebas predictivas para evaluar la viabilidad de la transferencia, mientras que dawn-bio busca optimizar las condiciones de crecimiento embrionario. La meta, ambiciosa, de Peter Greiner es alcanzar una tasa de 'bebé sano' del 100%. Pero la ciencia avanza a pasos agigantados, descubriendo 'botones de pausa' en el desarrollo embrionario y genes clave para la implantación. Un territorio éticamente inexplorado, donde algunos científicos, como Jacob Hanna, sueñan con cultivar embriones hasta las 70 días para obtener óvulos para mujeres infértiles. Una frontera que, según Emma Cave de Durham University, exige una regulación cuidadosa para evitar caer en la 'ectogénesis' completa, un escenario aún lejano pero inquietante.
La expedición Shenzhou 21, un culebrón espacial de 210 días, ha concluido con un aterrizaje en Mongolia Interior. Un récord de permanencia en la estación Tiangong, salpicado de imprevistos dignos de una serie de Netflix. Resulta que la cápsula de regreso original, la Shenzhou 20, amaneció con una grieta en la ventana, cortesía de un 'recuerdo' de basura espacial. Imagínense la escena: los astronautas de la 20, a punto de hacer la maleta, y zas, un sablazo de micrometeorito. Demasiado riesgo para volver en ella, así que cedieron su asiento a la tripulación recién llegada, dejándolos temporalmente 'varados' en la órbita. Una movida que, en la lista de la compra de problemas espaciales, está cerca del desastre. China, sin embargo, no se anduvo con chiquitas: aceleró el lanzamiento de la Shenzhou 22 (sin tripulación, ojo) para rescatar a los astronautas Zhang Lu, Wu Fei y Zhang Hongzhang. Wu Fei, con 32 años, se convirtió en el astronauta chino más joven en viajar al espacio, y aprovechó para soltar una frase motivacional digna de un anuncio de coches: “La juventud más hermosa es responder al llamado de la patria”. La Shenzhou 21 realizó tres paseos espaciales y experimentos en microgravedad, ciencia de materiales y medicina aeroespacial. Mientras tanto, la Shenzhou 20, la que casi se quedó sin billete de vuelta, regresó a la Tierra vacía en enero. Ahora, la Shenzhou 23, con Zhu Yangzhu, Zhang Zhiyuan y Lai Ka-ying (el primer astronauta de Hong Kong en el espacio), ha tomado el relevo. Uno de ellos se quedará un año completo en Tiangong, otro hito para el programa espacial chino. Todo un drama, a 400 kilómetros de altura.
La infertilidad masculina, un tema tabú y sorprendentemente común (afecta a 1 de cada 10 parejas), tiene un nuevo aspirante a salvador: Paterna Biosciences. Esta startup estadounidense promete fabricar espermatozoides en laboratorio a partir de células madre testiculares, una noticia que podría cambiar la vida de muchos. ¿Demasiado bueno para ser verdad? Los expertos se muestran cautelosos, recordando el fiasco de Kallistem en 2015, que hizo promesas similares sin ofrecer resultados tangibles. Paterna afirma obtener entre “decenas y decenas de miles” de espermatozoides por muestra, incluso capaces de fertilizar óvulos y generar embriones. Sin embargo, la empresa se niega a publicar pruebas, invocando la protección de su propiedad intelectual, una estrategia que levanta más sospechas que esperanzas. El quid de la cuestión no es solo si pueden fabricar esperma, sino si este esperma es seguro. El proceso de meiosis, esencial para la creación de espermatozoides, es un campo minado genético donde los errores pueden tener consecuencias devastadoras. Pero la verdadera bomba está por llegar: para muchos hombres con infertilidad genética, esta técnica podría ser inútil a menos que se combine con la edición genética CRISPR, abriendo la puerta a la creación de “bebés diseñados”. Alex Pastuszak, cofundador de Paterna, no descarta esta posibilidad, argumentando que el objetivo es ayudar a la mayor cantidad de personas posible. ¿Un acto de altruismo o el inicio de una nueva era de eugenesia? La pregunta sigue en el aire. Mientras tanto, la esperanza, y el escepticismo, siguen fermentando en los laboratorios de fertilidad de todo el mundo.
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