Crítica:
La noticia es un esqueleto; falta saber quién es la víctima y por qué es el blanco de una guerra de bandas. Demasiado énfasis en la vestimenta y poca profundidad en el móvil del crimen.
La noticia es un esqueleto; falta saber quién es la víctima y por qué es el blanco de una guerra de bandas. Demasiado énfasis en la vestimenta y poca profundidad en el móvil del crimen.
La paradoja es un plato que se sirve frío, pero en el puerto de Ceuta se sirvió con piedras y botes de humo. Resulta que el grupo Negu Gorriak, aterrizando desde Pamplona con la intención de 'poner el cuerpo como escudo' por los refugiados, se encontró con un comité de bienvenida que no precisamente les había preparado un pastel. Bajo el lema 'basta ya contra los radicales', una marea de manifestantes decidió que la mejor forma de combatir el radicalismo era, precisamente, a base de gritos de 'puta ETA' y cortes de carretera. En este despliegue de 'tolerancia' y 'orden', la ingeniería del caos alcanzó su punto máximo cuando una señora, que solo quería bajar del ferry y llegar a casa sin que su coche pareciera un colador, acabó siendo la víctima colateral. La confundieron con la comitiva proetarra y le dieron un sablazo de piedras que dejó el vehículo destrozado. Un detalle exquisito: combatir la violencia con pedradas a desconocidos es, probablemente, la definición más honesta de coherencia que hemos visto últimamente. La tensión escaló hasta que la Policía tuvo que desplegar a la UIP y la UPR para evitar que el puerto se convirtiera en un campo de batalla. Mientras la Guardia Civil custodiaba a los miembros de Negu Gorriak en la primera planta del puerto para que no los lincharan, algunos manifestantes sugerían irse al 'Trampolín' a echar a los inmigrantes, mientras otros gritaban que 'meterían fuego' en el mismo lugar. Al final, el balance es el de siempre: un detenido, un coche hecho añicos y una ciudad que, entre el discurso del 'basta ya' y las amenazas incendiarias, demuestra que el odio es el único combustible que nunca sufre crisis de suministro.
Hacerse cargo de la prole ajena parece haberse convertido en el negocio más rentable del sector público, al menos en ciertos códigos postales. Mientras el trabajador medio ve cómo su nómina se desangra entre el alquiler y una cesta de la compra que parece un atraco a mano armada, en Navarra hay quien ha descubierto el 'combo dorado'. El caso de una mujer marroquí que percibe más de 4.000 euros al mes —sumando el Ingreso Mínimo Vital (IMV) y las ayudas por acoger a dos sobrinos— es la bofetada de realidad que necesita cualquiera que crea que el esfuerzo laboral es el camino más rápido hacia la estabilidad. Traduzcamos el lenguaje burocrático a moneda de calle. En Navarra, acoger al primer niño supone un ingreso neto de 850 euros. Si te animas con el segundo, el Estado te aplica un 'descuento' del 25%, dejándolo en 637,50 euros. Total: 1.487,50 euros netos solo por abrir la puerta de casa. Pero si entramos en el terreno del 'acogimiento especializado', la cifra sube hasta los 1.500 euros mensuales. Es decir, una familia con un adulto y dos niños podría embolsarse 2.987,50 euros netos. Prácticamente un sueldo de directivo medio sin haber pisado una oficina ni haber cotizado un solo día. El mapa del 'bienestar' varía según la región, pero el esquema es el mismo. En Madrid, el primer menor aporta 500 euros, el especial 1.000 y la urgencia llega a los 2.000 euros. En Cataluña, el precio varía según la edad: desde 496 euros (0-9 años) hasta 563 euros (15-18 años). En Andalucía, el rango es más modesto, entre 398,66 y 553,71 euros. Lo verdaderamente fascinante es que todo esto es compatible con el IMV. Una ingeniería financiera pública que permite vivir como un rey mientras el vecino que trabaja 40 horas semanales lucha por llegar al día 30.
Hay una ironía deliciosa en el aire de La Ferté-Vidame. Mientras en España nos peleamos por saber si el rey es un activo o un lastre, en Francia —la patria de la guillotina y el espíritu republicano— lo reciben con alfombra roja y aplausos. Este domingo, Juan Carlos I, con sus 88 años y el aura de quien ya no tiene nada que perder, aterrizó en este pueblo de postal para recoger el premio al mejor libro de memorias del año, el galardón del duque de Saint-Simon. Un premio que, ojo, también querían figuras como la mística Patti Smith o el filósofo Régis Debray. El monarca llegó a las cinco de la tarde escoltado por su 'clan' íntimo: la infanta Elena, Victoria Federica, Irene, María Zurita y su médico, Eduardo Anitua. Curioso que, en un despliegue de afecto francés, brillaran por su ausencia el embajador de España y la infanta Sofía, que ya está instalada en París. El rey, hablando de 'legados' y 'posteridad' en su libro ‘Reconciliación’ (Planeta, 2025), se vendió como un valiente que elige dar testimonio frente al silencio. Una narrativa potente, aunque en casa los medios monárquicos lo hayan tratado con la frialdad de un congelador industrial. Lo más surrealista es el contraste. El año pasado, el premio en La Ferté-Vidame fue para Daniel Cohn-Bendit, el icono del Mayo del 68. Francia no se complica la vida: premia al revolucionario y al rey sin que le tiemble el pulso. Nosotros, en cambio, seguimos atrapados en el cainismo, dejando que el mejor actor político del siglo XX pase sus días en Abu Dabi mientras los galos le hacen la pelota literaria. Es el clásico caso de quien no es valorado en su barrio, pero es estrella en el pueblo de al lado.
Hay una gimnasia mental admirable en el ecosistema mediático actual, pero lo de José Miguel Monzón Navarro, alias El Gran Wyoming, es deporte de élite. Desde 2006, el presentador de ‘El intermedio’ ha hecho de la sátira un bisturí para diseccionar las fortunas ajenas y los pecados de la derecha, mientras en su propia cartera guardaba un catálogo inmobiliario que haría palidecer a cualquier fondo buitre de barrio. No hablamos de un modestito apartamento para pasar el verano, sino de más de 19 inmuebles repartidos por España. La mayoría de sus apuestas están concentradas en la Comunidad de Madrid, con propiedades en Chamberí, Malasaña y el centro histórico. Hay de todo: pisos, locales comerciales y plazas de garaje. Básicamente, mientras el ciudadano medio lucha contra el sablazo del alquiler o intenta que la hipoteca no se coma su sueldo, Wyoming ha montado un imperio de ladrillos. Lo más fascinante es la naturalidad con la que gestiona la paradoja. El comunicador no se esconde; afirma haber ganado mucho dinero en 30 años de televisión y que lo invierte donde quiere. Según él, se puede ser rico y 'buena gente'. El problema no es el saldo bancario, sino la hipocresía de usar la riqueza como arma arrojadiza contra el adversario político mientras uno mismo es, técnicamente, un gran tenedor. Es la eterna historia del 'haz lo que yo digo, pero no mires mi escritura de propiedad'. En plena crisis de vivienda, donde el precio de los alquileres es una pesadilla cotidiana, descubrir que el altavoz de la justicia social tiene una colección de pisos es como enterarse de que el vegano más radical es el dueño de una sequencedora de jamones. Una contradicción que no se resuelve con humor, sino con coherencia.
Hay niveles de desesperación que hacen que cualquier menú parezca un banquete, incluso si el plato principal es una carpa tóxica pescada a mano en un embalse prohibido. El pasado 8 de septiembre, la realidad en Ceuta se resumió en bolsas de plástico llenas de peces que son, básicamente, cápsulas de riesgo sanitario. No hay cañas, no hay cebos; hay manos desesperadas y un hambre que ignora que el agua del embalse del Renegado no pasa ningún control sanitario precisamente porque no es apta para el consumo humano. Mientras el ciudadano medio se piensa tres veces si el aguacate del súper está demasiado maduro, aquí hay personas que, tras la entrada masiva de finales de julio, juegan a la ruleta rusa alimenticia. Lo más fascinante es la coreografía de la negligencia institucional. El espacio es propiedad estatal, gestionado por la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir y bajo la tutela de la Delegación del Gobierno. En teoría, es un recinto vedado; en la práctica, es un buffet libre de riesgos biológicos sin un solo guardia que vigile la entrada. La gestión del territorio en Ceuta parece haberse convertido en una sugerencia más que en una norma. Ya tuvimos el episodio del ánsar, un ave protegida que terminó siendo cena, y los colegios ocupados justo antes del inicio del curso. El contraste es sangrante: para el vecino, el perímetro es un muro infranqueable; para quien no tiene nada, es una puerta abierta a una intoxicación grave. No es solo una cuestión de seguridad alimentaria, es el retrato de un Estado que sabe contar los inmigrantes que entran, pero olvida vigilar dónde comen y cómo sobreviven en el limbo de la irregularidad.
La 'normalidad' en Ceuta tiene un precio muy curioso: petardos, porras y una aritmética que no cuadra ni en el peor de los presupuestos domésticos. El operativo arrancó a las 6:30, moviendo a la gente desde las playas del Trampolín y Benítez hacia el puerto, en un despliegue que recordó más a una evacuación de emergencia que a un trámite administrativo. El problema es que el Gobierno ha jugado a las sillas musicales con seres humanos: hay 1.700 plazas habilitadas para una marea de entre 3.000 y 4.000 personas. Es como intentar meter a toda una familia extendida en un coche compacto; alguien se queda fuera y el ambiente se calienta. La tensión estalló pasadas las 7:20. Cuando la incertidumbre sobre el espacio disponible golpeó, el pánico se apoderó de la fila y la Policía Nacional tuvo que sacar los antidisturbios y los petardos para frenar las carreras. Solo después de que la Audiencia Nacional diera el visto bueno, pasadas las 8:00, el traslado recuperó un ritmo pausado, casi coreografiado, en grupos de 150 a 200 personas recorriendo dos kilómetros. Mientras 423 personas ya lucen sus pulseras identificatorias en el puerto, el contraste es brutal. Venimos de la 'ciudad ambulante' del Tarajal, un zoco a cielo abierto donde se vende desde peines y colonias hasta sustancias que llegan del barrio del Príncipe o Hadu. Historias como la de Samir, que regresó a nado entre cadáveres en julio para terminar comprando una jaima, resumen la surrealista gestión de la frontera. Al final, el objetivo es 'descongestionar' la playa para que los vecinos recuperen su paz, aunque sea a base de triajes apresurados y una falta de plazas que convierte la esperanza en una carrera de obstáculos.
La gestión de fronteras en Ceuta suele ser un ejercicio de equilibrismo entre el caos y la improvisación, pero esta vez el imprevisto no ha venido en forma de valla, sino de virus. Un menor marroquí de 13 años, que se coló en la ciudad durante las entradas masivas de los días 30 y 31 de julio, ha dado el positivo en mpox. Es el primer caso confirmado en la plaza, un debut sanitario que nadie pidió y que llega justo cuando la ciudad intenta digerir la contingencia migratoria. Mientras el ciudadano medio lucha contra la inflación y ve cómo el ticket del supermercado parece una broma de mal gusto, el sistema sanitario se pone en modo alerta. El Instituto de Salud Carlos III (ISCIII) ha sido el encargado de poner el sello oficial al diagnóstico, confirmando que los síntomas detectados no eran una simple irritación, sino la viruela del mono. El chaval ahora aguarda en aislamiento en uno de los centros de acogida, bajo la tutela del Gobierno autonómico, que ha pasado de gestionar camas y mantas a gestionar protocolos de bioseguridad. La coreografía es la de siempre: síntomas compatibles, envío de muestras al organismo estatal y, finalmente, el anuncio oficial. El virus, que se mueve por contacto estrecho y deja un rastro de ganglios inflamados, fatiga y ampollas que parecen sacadas de una película de terror cutáneo, ha encontrado en la saturación de los centros de acogida el escenario ideal. Las autoridades aseguran que todo está bajo control y que se han tomado medidas para evitar que el brote se convierta en una fiesta no deseada. Al final, la realidad nos recuerda que los virus no llevan pasaporte ni respetan las vallas fronterizas; simplemente aprovechan el desorden.
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