Crítica:
El texto original es una oda romántica que confunde el éxito de ventas con la redención histórica. Ignora deliberadamente el porqué del silencio monárquico en España para centrarse en el romanticismo del paisaje francés.
El texto original es una oda romántica que confunde el éxito de ventas con la redención histórica. Ignora deliberadamente el porqué del silencio monárquico en España para centrarse en el romanticismo del paisaje francés.
Hay una gimnasia mental admirable en el ecosistema mediático actual, pero lo de José Miguel Monzón Navarro, alias El Gran Wyoming, es deporte de élite. Desde 2006, el presentador de ‘El intermedio’ ha hecho de la sátira un bisturí para diseccionar las fortunas ajenas y los pecados de la derecha, mientras en su propia cartera guardaba un catálogo inmobiliario que haría palidecer a cualquier fondo buitre de barrio. No hablamos de un modestito apartamento para pasar el verano, sino de más de 19 inmuebles repartidos por España. La mayoría de sus apuestas están concentradas en la Comunidad de Madrid, con propiedades en Chamberí, Malasaña y el centro histórico. Hay de todo: pisos, locales comerciales y plazas de garaje. Básicamente, mientras el ciudadano medio lucha contra el sablazo del alquiler o intenta que la hipoteca no se coma su sueldo, Wyoming ha montado un imperio de ladrillos. Lo más fascinante es la naturalidad con la que gestiona la paradoja. El comunicador no se esconde; afirma haber ganado mucho dinero en 30 años de televisión y que lo invierte donde quiere. Según él, se puede ser rico y 'buena gente'. El problema no es el saldo bancario, sino la hipocresía de usar la riqueza como arma arrojadiza contra el adversario político mientras uno mismo es, técnicamente, un gran tenedor. Es la eterna historia del 'haz lo que yo digo, pero no mires mi escritura de propiedad'. En plena crisis de vivienda, donde el precio de los alquileres es una pesadilla cotidiana, descubrir que el altavoz de la justicia social tiene una colección de pisos es como enterarse de que el vegano más radical es el dueño de una sequencedora de jamones. Una contradicción que no se resuelve con humor, sino con coherencia.
Hay niveles de desesperación que hacen que cualquier menú parezca un banquete, incluso si el plato principal es una carpa tóxica pescada a mano en un embalse prohibido. El pasado 8 de septiembre, la realidad en Ceuta se resumió en bolsas de plástico llenas de peces que son, básicamente, cápsulas de riesgo sanitario. No hay cañas, no hay cebos; hay manos desesperadas y un hambre que ignora que el agua del embalse del Renegado no pasa ningún control sanitario precisamente porque no es apta para el consumo humano. Mientras el ciudadano medio se piensa tres veces si el aguacate del súper está demasiado maduro, aquí hay personas que, tras la entrada masiva de finales de julio, juegan a la ruleta rusa alimenticia. Lo más fascinante es la coreografía de la negligencia institucional. El espacio es propiedad estatal, gestionado por la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir y bajo la tutela de la Delegación del Gobierno. En teoría, es un recinto vedado; en la práctica, es un buffet libre de riesgos biológicos sin un solo guardia que vigile la entrada. La gestión del territorio en Ceuta parece haberse convertido en una sugerencia más que en una norma. Ya tuvimos el episodio del ánsar, un ave protegida que terminó siendo cena, y los colegios ocupados justo antes del inicio del curso. El contraste es sangrante: para el vecino, el perímetro es un muro infranqueable; para quien no tiene nada, es una puerta abierta a una intoxicación grave. No es solo una cuestión de seguridad alimentaria, es el retrato de un Estado que sabe contar los inmigrantes que entran, pero olvida vigilar dónde comen y cómo sobreviven en el limbo de la irregularidad.
La 'normalidad' en Ceuta tiene un precio muy curioso: petardos, porras y una aritmética que no cuadra ni en el peor de los presupuestos domésticos. El operativo arrancó a las 6:30, moviendo a la gente desde las playas del Trampolín y Benítez hacia el puerto, en un despliegue que recordó más a una evacuación de emergencia que a un trámite administrativo. El problema es que el Gobierno ha jugado a las sillas musicales con seres humanos: hay 1.700 plazas habilitadas para una marea de entre 3.000 y 4.000 personas. Es como intentar meter a toda una familia extendida en un coche compacto; alguien se queda fuera y el ambiente se calienta. La tensión estalló pasadas las 7:20. Cuando la incertidumbre sobre el espacio disponible golpeó, el pánico se apoderó de la fila y la Policía Nacional tuvo que sacar los antidisturbios y los petardos para frenar las carreras. Solo después de que la Audiencia Nacional diera el visto bueno, pasadas las 8:00, el traslado recuperó un ritmo pausado, casi coreografiado, en grupos de 150 a 200 personas recorriendo dos kilómetros. Mientras 423 personas ya lucen sus pulseras identificatorias en el puerto, el contraste es brutal. Venimos de la 'ciudad ambulante' del Tarajal, un zoco a cielo abierto donde se vende desde peines y colonias hasta sustancias que llegan del barrio del Príncipe o Hadu. Historias como la de Samir, que regresó a nado entre cadáveres en julio para terminar comprando una jaima, resumen la surrealista gestión de la frontera. Al final, el objetivo es 'descongestionar' la playa para que los vecinos recuperen su paz, aunque sea a base de triajes apresurados y una falta de plazas que convierte la esperanza en una carrera de obstáculos.
La gestión de fronteras en Ceuta suele ser un ejercicio de equilibrismo entre el caos y la improvisación, pero esta vez el imprevisto no ha venido en forma de valla, sino de virus. Un menor marroquí de 13 años, que se coló en la ciudad durante las entradas masivas de los días 30 y 31 de julio, ha dado el positivo en mpox. Es el primer caso confirmado en la plaza, un debut sanitario que nadie pidió y que llega justo cuando la ciudad intenta digerir la contingencia migratoria. Mientras el ciudadano medio lucha contra la inflación y ve cómo el ticket del supermercado parece una broma de mal gusto, el sistema sanitario se pone en modo alerta. El Instituto de Salud Carlos III (ISCIII) ha sido el encargado de poner el sello oficial al diagnóstico, confirmando que los síntomas detectados no eran una simple irritación, sino la viruela del mono. El chaval ahora aguarda en aislamiento en uno de los centros de acogida, bajo la tutela del Gobierno autonómico, que ha pasado de gestionar camas y mantas a gestionar protocolos de bioseguridad. La coreografía es la de siempre: síntomas compatibles, envío de muestras al organismo estatal y, finalmente, el anuncio oficial. El virus, que se mueve por contacto estrecho y deja un rastro de ganglios inflamados, fatiga y ampollas que parecen sacadas de una película de terror cutáneo, ha encontrado en la saturación de los centros de acogida el escenario ideal. Las autoridades aseguran que todo está bajo control y que se han tomado medidas para evitar que el brote se convierta en una fiesta no deseada. Al final, la realidad nos recuerda que los virus no llevan pasaporte ni respetan las vallas fronterizas; simplemente aprovechan el desorden.
Hay una ironía deliciosa, casi poética, en que el epicentro del caos en la calle Julián Gayarre sea una antigua sucursal de Caja Laboral. El lugar donde antes se gestionaban hipotecas y ahorros con aire acondicionado y moqueta, hoy es el refugio de un grupo de jóvenes extranjeros que han aplicado su propia 'ingeniería financiera': luz gratis de la red y colchones sobre el suelo. Mientras una inmobiliaria nacional mantiene el cartel de 'se vende' como quien cuelga un cuadro en una galería de arte, el inmueble en el número 36, casi en esquina con Juan María Guelbenzu, lleva al menos dos años siendo el patio de recreo de una ocupación que los vecinos de la Milagrosa ya no saben cómo digerir. Para el residente medio, que ve cómo la lista de la compra sube mientras la seguridad baja, el local es un agujero negro. Cristales rotos y cartones en las ventanas sirven de decoración urbana, mientras la Policía Municipal hace acto de presencia solo cuando el problema escala, como ocurrió recientemente con el robo de la cadena a una mujer mayor en el entorno. Es el contraste perfecto: por un lado, la nostalgia de las zapaterías y pescaderías que ya son fósiles; por otro, la resistencia heroica de Bodegas Leyre, Bodega Núñez o El Mochuelo, y la agonía de la taberna Albéniz, cuyos dueños ya huelen la jubilación. La Milagrosa se ha convertido en un laboratorio social. El barrio tradicional, ese donde todos sabían quién era el hijo de quién, ahora navega entre kebabs y bares latinos. La antigua oficina, que en los noventa ya sufría ataques en su cajero automático, ha cerrado el círculo. De ser un templo del capital a ser un nido de precariedad y malestar vecinal, todo bajo la mirada indiferente de quien posee la llave del local pero prefiere esperar a que el mercado inmobiliario haga el milagro.
Barcelona tiene una memoria selectiva muy conveniente. En 1992 nos vendieron la Villa Olímpica como el escaparate del mundo, un sueño de cristal y jardines donde el futuro parecía brillante. Treinta y cuatro años después, el escaparate se ha roto y lo que queda es un campamento de tiendas de campaña que ha colonizado el espacio público con la naturalidad de quien se muda a un piso compartido sin pagar fianza. Hoy, entrar en ese parque es como intentar entrar en un club privado donde el carné de socio es una lona impermeable. El contraste es obsceno. Donde antes había casales de verano y niños jugando, ahora hay un muro invisible de inseguridad. Los vecinos cuentan que el espacio es sencillamente inaccesible; el ocio familiar ha sido sustituido por agresiones y un sentimiento de extranjería en su propia calle. Es la paradoja barcelonesa: vivir en una de las ciudades más caras de Europa mientras el espacio común se desvanece entre costuras de nylon. En el tablero político, la música ha cambiado pero el baile es el mismo. Hay quien ya echa de menos los tiempos de Ada Colau, lo cual es decir mucho, porque se cree que con Jaume Collboni el declive ha cogido velocidad de crucero. El balance es un agujero negro en delincuencia, inmigración ilegal y acceso a la vivienda. Pero lo más desolador no es el caos, sino la rendición: se estima que solo dos de cada diez barceloneses denuncian los robos que sufren. Denunciar se ha convertido en un trámite burocrático inútil, una pérdida de tiempo que no devuelve la cartera ni devuelve la paz. La gestión socialista ha logrado lo impensable: que el ciudadano prefiera el silencio al papel oficial.
Hay una forma muy elegante de decir que alguien está ignorando un incendio mientras sostiene el bote de gasolina: se llama gestión ministerial. En Ceuta, la realidad ha decidido darle un bofetón de realidad a Mónica García. Mientras la ministra de Sanidad practicaba el arte de la escapología saliendo por la puerta trasera de la Delegación del Gobierno para evitar que los ciudadanos le recordaran que el mundo real existe, el sistema sanitario local ha sumado un nuevo trofeo a su colección de desastres: el primer caso de viruela del mono. El paciente, un menor marroquí de 17 años que saltó la valla el pasado 31 de julio, permanece aislado en un centro de menores, probablemente preguntándose cómo hemos llegado a esto. Para quienes crean que es un hecho aislado, la lista de la compra sanitaria en Ceuta es ya un catálogo de enfermedades que en España habíamos archivado en los libros de historia. Tenemos tuberculosis, sarampión y 13 casos de varicela en Urgencias que hacen que la sala de espera parezca un campamento de colonias mal gestionado. Los médicos, agotados y sin refuerzos, denuncian que ven tres o cuatro casos diarios de tuberculosis, algunos con 'cavernas' en los pulmones; huecos que se forman cuando el tejido muere, una metáfora perfecta de cómo se siente el personal sanitario ante el abandono institucional. Lo más fascinante es el giro narrativo: Mónica García tildó de 'xenófobos' a los facultativos que avisaban de este cóctel infeccioso. Ahora, con la viruela del mono confirmada este 17 de septiembre, la ministra huye en coche mientras los gritos de 'dimisión' rebotan en los cristales. Es la danza habitual del poder: negar el colapso hasta que el colapso tiene nombre, apellido y pústulas cutáneas. Mientras tanto, el Hospital Universitario de Ceuta sigue operando con la esperanza de que el optimismo ministerial cure las infecciones.
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