Hay que tener valor, o una fe ciega en la ineficacia del sistema, para hacer lo que hizo este caballero rumano. Imaginen la escena: el tipo es un especialista en el 'cajero averiado', un truco tan viejo como el hambre que consiste en marear la perdiz a un anciano mientras le vacían la cuenta con la soltura de quien pide un café.
Entre abril de 2025 y mayo de 2026, este artista del engaño seleccionó a 13 víctimas en Valencia y Alicante. El método es de manual: folletos, periódicos y mucha palabrería para que el abuelo crea que la máquina no funciona mientras él, con una agilidad envidiable, le hace un agujero contable en la tarjeta.
La Guardia Civil hizo los deberes, lo cazó y lo llevó ante el juez. Pero aquí llega el giro cómico de esta tragedia: el juez, en un alarde de generosidad procesal, decidió que el sujeto podía volver a caminar por la calle. El problema es que el tipo no llegó ni a encender un cigarrillo en la acera.
La Policía Nacional lo estaba esperando en la puerta, como quien espera al autobús, porque resultaba que el sujeto tenía una lista de tareas pendientes con otros ancianos vulnerables.
Es una danza burocrática fascinante. Mientras el ciudadano medio tiembla si le llega una multa de tráfico, este multirreincidente operaba en los cajeros automáticos como si fueran su oficina personal.
Las cámaras de seguridad lo grabaron todo, pero parece que el vídeo es solo un accesorio decorativo en ciertos juzgados. El resultado es un círculo vicioso donde la libertad es un derecho que se concede a quien mejor sabe aprovecharse de la fragilidad ajena, solo para que otra unidad policial lo recoja en la puerta del tribunal.
Crítica:
La noticia es un catálogo de absurdos procesales, pero falla al mezclar datos de bandas peruanas y violadores que no tienen nada que ver con el protagonista. Un caos editorial que intenta inflar la sensación de inseguridad agrupando sucesos inconexos.
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