Crítica:
La noticia es un ejercicio de lectura entre líneas sobre el cinismo electoral. Le falta profundizar en el contenido real de los decretos para contrastar la promesa con la realidad técnica.
La noticia es un ejercicio de lectura entre líneas sobre el cinismo electoral. Le falta profundizar en el contenido real de los decretos para contrastar la promesa con la realidad técnica.
Hay quien dice que las reglas del juego son para todos, pero en los despachos del Ministerio de Justicia parece que el reglamento es más bien una sugerencia editable. Sofía Puente, que en aquel entonces movía los hilos como alto cargo, se ha visto envuelta en un jardín jurídico considerable. La historia es sencilla: la Ley de Memoria Democrática de 2022 decía que, para recuperar la nacionalidad, había que demostrar que el abuelo o el padre huyó de España entre 1936 y 1955. Un requisito básico, como presentar el DNI para sacar el pasaporte. Pero entonces llega el 13 de junio de 2023 y Puente, en un oficio dirigido al Consulado General de España en Montreal, decide que acreditar la fecha de salida es un trámite prescindible. Básicamente, convirtió un muro de hormigón en una puerta giratoria. La Asociación Hazte Oír no ha pasado por alto este 'olvido' administrativo y ha ampliado por quinta vez la querella por prevaricación administrativa. La jueza María Inmaculada Lova, del Juzgado de Instrucción Número 35 de Madrid, ya ha admitido el trámite. Lo irónico es que Puente se contradijo en apenas siete meses y medio, firmando una instrucción y luego dinamitándola con un oficio. Este 'estilo libre' administrativo ha creado un precedente que otros consulados copiaron como quien copia un truco de cocina, facilitando la nacionalidad sin los papeles exigidos. Mientras tanto, el Tribunal Supremo mantiene en el congelador la contabilidad de más de 160.000 posibles votos para el 29 de noviembre, porque la propia Administración ha confesado que no tiene ni idea de quién entró por la puerta grande y quién por la ventana que dejó abierta Sofía Puente.
Hay regalos que pesan más que el oro, y el 'detalle' que José Luis Rodríguez Zapatero guarda en su despacho es, ahora mismo, un lastre judicial de los gordos. El exmandatario ha intentado venderle al Juzgado Central de Instrucción número 4 una historia digna de una novela de espías: dice que las joyas son un obsequio personal de la monarquía saudí, aceptado por pura 'deferencia'. El problema es que, cuando el juez José Luis Calama le pide el ticket de compra o una certificación, la respuesta es el silencio absoluto desde Riad. Zapatero, en un giro de guion sorprendente, pidió al juez que abriera una comisión rogatoria. Básicamente, quería que el Estado español hiciera el papeleo diplomático para preguntar en Arabia si es verdad que le regalaron las piedras. El juez Calama, que no nació ayer y tiene el olfato afrutado para detectar hipocresías, le ha cerrado el grifo. ¿Su argumento? Es una genialidad de la ironía judicial: si Zapatero tiene una relación tan estrecha y 'especial' con los jeques que estos le regalan joyas sin estuche ni factura, ¿por qué no coge un avión y va él mismo a recoger los papeles? El auto es lapidario. Calama le recuerda que no tiene la libertad de movimientos restringida; no hay brazalete ni prohibición de salida. Mientras el ciudadano medio se lo piensa dos veces para pagar el IVA de una cafetera, el expresidente pretende que la justicia construya 'ex novo' el soporte probatorio de una historia que no tiene ni una sola prueba objetiva. Es el clásico caso de querer que el juzgado haga el trabajo sucio de una coartada que, a día de hoy, tiene la solidez de un castillo de naipes en medio de un vendaval.
Hay un arte casi místico en el silencio administrativo, esa capacidad de mirar un incendio y decidir que no es el momento de usar el extintor. En la Audiencia Nacional, la jueza María Tardón ha tenido que escuchar el relato de un teniente coronel de la Guardia Civil que, básicamente, describe una escena de surrealismo puro. El oficial advirtió sobre seis barcos marroquíes —dos interceptoras, dos patrulleras y dos lanchitas— merodeando la costa la noche antes del asalto del 30 y 31 de julio. Fue el aviso perfecto, el tipo de alerta que en cualquier casa normal te haría cerrar la puerta con doble cerrojo, pero el delegado del Gobierno en Ceuta decidió que las instrucciones eran un lujo innecesario. Cero órdenes. Vacío absoluto. Mientras tanto, en la frontera, la escena parecía coreografiada. Un jefe policial describió a agentes marroquíes, algunos uniformados y otros de paisano, haciendo de 'guías turísticos' para la avalancha humana, señalando el camino con la amabilidad de quien indica la salida de un cine. Al otro lado, los militares marroquíes practicaban el zen absoluto: brazos caídos. La joya de la corona es la puerta del vallado. Un inspector jefe de la Policía confirmó que había una entrada que «siempre está abierta», la cual fue utilizada como alfombra roja para los invasores. La respuesta oficial es digna de un manual de autoayuda: no la cerraron para evitar 'aplastamientos'. Es decir, prefirieron dejar la puerta abierta al caos antes que arriesgarse a un tapón. Mientras el responsable de Seguridad Ciudadana de Ceuta gritaba que no tenía medios y que el protocolo de la Policía Nacional era un fantasma, el Gobierno de Juan Jesús Vivas veía cómo la frontera se convertía en un colador por pura inacción coordinada.
En el Ministerio de Asuntos Exteriores han empezado a sonar las alarmas y, cuando el agua llega al cuello, algunos han decidido que es el momento perfecto para hacer las maletas. No es una coincidencia poética; es puro instinto de supervivencia. Mientras el ciudadano medio lucha contra la inflación con una calculadora en la mano, en los despachos de José Manuel Albares se gestionan 'salidas estratégicas' justo cuando el Tribunal Supremo ha decidido dejar de hacer el paripé con la Ley de Nietos. Xavier Martí Martí, el hombre que estuvo al mando de Españoles en el Exterior y Asuntos Consulares mientras se cocinaba la instrucción de Sofía Puente (sí, la hermana del ministro Óscar Puente), ha hecho un movimiento maestro de 'desaparición'. El 29 de septiembre dejó de ser subsecretario para aterrizar el 30 en Filipinas. Un destino que, en el lenguaje diplomático, es como pasar de un ático en el Barrio de Salamanca a un cuarto interior sin ventana: ideal para pasar desapercibido si el viento político cambia de dirección y alguien empieza a preguntar por los expedientes. Pero la fiesta del éxodo no termina ahí. El BOE del 27 de octubre ha oficializado la salida de María Luisa Benítez-Donoso, jefa de gabinete de Diego Martínez Belío. A ella, a diferencia de Martí, le han dado el 'premio gordo': un destino de primer nivel como recompensa por haber estado en el núcleo duro del poder. Todo esto ocurre mientras el Supremo ha puesto el cronómetro: cinco días para entregar la lista nominal de las 163.020 personas nacionalizadas bajo la sospechosa instrucción de Sofía Puente. El plazo expira el 28 de octubre a las 15:00 horas, y la amenaza es clara: multas o responsabilidad penal. Albares, que no es tonto, se ha blindado el 22 de octubre enviando un telegrama 'imperativo' exigiendo un Excel que, según los propios funcionarios, es tan ágil como un tanque en un lodazal. El ministro ha pasado de la pasividad al pánico administrativo en tiempo récord para evitar que el zapato le apriete demasiado.
Hay una ironía deliciosa y cruel en el aire de Madrid. Mientras en la Puerta del Sol la acampada parece haber obtenido una especie de 'estatuto de intocabilidad' bendecido por el silencio administrativo, en el Ministerio del Interior la paciencia de Fernando Grande-Marlaska duró lo que tarda en enfriarse un café. El guion es de manual: 16 policías y guardias civiles se encierran el martes para pedir que se reconozca su labor como profesión de riesgo. Básicamente, piden que su jubilación no sea una carrera de obstáculos comparada con la de las policías locales o autonómicas. Un deseo razonable para quienes juegan su vida en cada turno. Pero el Gobierno sanchista, con la mirada puesta en la campaña electoral y el pánico a cualquier mancha en el escaparate, decidió que la diplomacia era demasiado lenta. La solución fue un despliegue de fuerza interna: cinco unidades de la UPR enviadas a desalojar a sus propios compañeros. No hubo mesa de diálogo, hubo filiaciones y amenazas de delitos de desobediencia. El resultado llegó a la 1:00 de la madrugada del miércoles: los agentes abandonaron la sede, no por convicción, sino para evitar que la situación degenerara en un forcejeo entre uniformes. Aina Calvo, secretaria de Estado de Seguridad, cerró el grifo de la negociación con una excusa que ya es un clásico del diccionario político: 'hay elecciones'. Traducido al lenguaje de la calle: 'ahora no me molestéis que estoy ocupado haciendo campaña'. Aarón Rivero, de JUPOL, lo ha resumido con una palabra: ignominia. Es el contraste perfecto entre el rigor quirúrgico para sacar a los suyos y la laxitud contemplativa frente a los ocupas del centro. Al final, la profesión de riesgo no es solo enfrentarse al crimen, sino intentar que tu propio jefe no te trate como a un intruso en tu casa.
Hay una forma muy elegante de decir 'no te cuento nada' y es enviar documentos al juzgado que parecen un examen de primaria corregido por un profesor con mala leche: tachones por todas partes. La juez María Tardón ha tenido que dar un golpe sobre la mesa este martes porque el Ministerio de Defensa, bajo el mando de Margarita Robles, ha jugado al juego de las sombras con la entrada masiva de inmigrantes en Ceuta los días 30 y 31 de julio. La jugada es clásica. El CNI envía informes, pero cuando la magistrada abre el sobre, se encuentra con que la información fundamental ha sido 'editada'. Es como si te pasaran la factura del gas pero borraran el precio final y el consumo; te dicen que el gasto existe, pero no cuánto ni quién lo ha autorizado. La juez quiere saber quién recibió las alertas, a qué hora exacta y qué hicieron con ellas. Pero claro, en los papeles oficiales, las notas estratégicas fueron enviadas a «las autoridades» o «los organismos correspondientes». Esa vaguedad es el refugio favorito de quien no quiere dejar huellas digitales en el barro. Lo más surrealista es que el CNI solo identifica al jefe de Gabinete de la Delegación del Gobierno en Ceuta y a un contacto de la unidad UCE-3 de la Guardia Civil, pero el nombre de este último es un secreto de Estado. ¿Desde cuándo un funcionario es un agente 007 invisible para la Audiencia Nacional? Mientras Margarita Robles se acomoda en el segundo puesto de la lista socialista por Madrid para el 29 de noviembre, el juzgado se queda con una documentación que fuentes jurídicas tildan de «muy decepcionante». Básicamente, Defensa ha entregado el diario de lo que pasó después de la tormenta, pero ha escondido el pronóstico del tiempo que avisaba que iba a llover. Una ingeniería de la opacidad que intenta convertir una investigación penal en un juego de adivinanzas.
El Gobierno nos vendió un sueño de alquileres asequibles que, al despertar, tiene el sabor amargo de una estafa inmobiliaria con sello oficial. En julio de 2025, Pedro Sánchez prometió traspasar más de 40.000 viviendas y 2.400 suelos de Sareb a la nueva entidad Casa 47. Parecía el plan maestro para salvar a los jóvenes del alquiler infernal. Pero, un año y medio después, la aritmética del poder es cruel: solo han soltado 638 pisos. Un ridículo 1,5% de la promesa original. Lo verdaderamente cínico no es el número, sino la calidad del producto. Mientras que para el alquiler público han seleccionado el 'catálogo de pesadillas' —pisos okupados o en estado ruinoso—, las joyas de la corona se quedan en el escaparate del lujo. El Ministerio de Economía, bajo el mando de Carlos Cuerpo, prefiere jugar a los Monopoly con el dinero público. A través de Árqura Homes y Aelca, el Ejecutivo sigue comercializando más de 50 promociones de obra nueva con precios que oscilan entre el medio millón y el millón de euros. Es la lógica del mercado aplicada a la ética: los pisos con piscina y jardín se venden al mejor postor para intentar recuperar los 50.700 millones de euros de deuda avalados en 2012. Mientras tanto, el Gobierno paga primas a fondos como Blackstone e Hipoges para desokupar los inmuebles que sí se atreven a ceder. Básicamente, usan el dinero de todos para premiar a los fondos buitre por limpiar los pisos que luego nos venderán como 'asequibles'. Una ingeniería financiera donde el ciudadano es el único que no cobra comisión y el que termina pagando el pato, o mejor dicho, la hipoteca imposible.
Comentarios