Cataluña ignora el nuevo Reglamento de Circulación y no permitirá que los moteros circulen por los arcenes

Motos y arcenes: Cataluña pasa del Reglamento

politica Una ilustración conceptual y satírica que muestra una carretera dividida por una línea fronteriza invisible. A un lado, una motocicleta circula por un arcén lleno de escombros y suciedad bajo un cartel que dice 'Permitido'. Al otro lado, la misma carretera pero con una señal de prohibido el paso muy grande y rígida, con un estilo arquitectónico moderno y burocrático. Colores contrastados, estilo editorial de revista política, sin rostros humanos.

España acaba de estrenar un nuevo Reglamento General de Circulación que, en teoría, es para todos. Pero claro, en el tablero político actual, 'todos' es un concepto elástico. La novedad estrella permite que las motos circulen por el arcén cuando el tráfico se convierte en un parking gigante.

Una medida que la DGT intenta vender con un límite de 30 km/h, aunque cualquier agente de la Guardia Civil con dos dedos de frente sabe que controlar esa velocidad es como intentar contar los granos de arena de una playa: una pérdida de tiempo absoluta. Aquí es donde entra Cataluña.

Aprovechando que tiene las competencias de Tráfico transferidas desde 1997, ha decidido que el nuevo reglamento es más una sugerencia que una norma. En Cataluña, los moteros seguirán viendo el arcén como tierra prohibida. Mientras que en otras latitudes se experimenta con peajes dinámicos —como en el País Vasco— o límites cambiantes en la AP-7, aquí la Generalitat ha plantado el pie. El contraste es casi cómico.

Por un lado, tenemos una norma estatal que invita a las motos a bailar en el arcén, una zona que, seamos sinceros, suele estar más sucia que el suelo de un taller mecánico y donde cualquier coche averiado puede montar una emboscada involuntaria. Por otro, una comunidad que prefiere mantener el veto.

Al final, el conductor se encuentra en un limbo jurídico donde el código postal decide si circular por el arcén es un derecho o una multa. Es la ingeniería administrativa en su máxima expresión: crear una autopista de normas donde cada salida lleva a un destino distinto, dejando la seguridad vial como el daño colateral de una guerra de competencias.

Crítica:

El texto original es una mezcla confusa de denuncia vial y manual de competencias autonómicas. No profundiza en el riesgo real, sino que se queda en la superficie del conflicto administrativo.

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