Hay una danza muy curiosa en el tablero energético. Mientras el ciudadano medio mira el surtidor de gasolina como quien mira una película de terror, el Gobierno de España juega al escondite con el petróleo. Resulta que en marzo, junto a la Agencia Internacional de la Energía (AIE), nos comprometimos a soltar 400 millones de barriles para que los precios dejaran de asfixiarnos.
Pero aquí viene el truco: España prometió 11,5 millones de barriles (unos 12,3 días de consumo), y se ha quedado a medio gas. El Consejo de Ministros firmó el 17 de marzo de 2026 y el BOE lo selló el 20, pero solo soltaron la primera fase de cuatro días. Los otros 8,3 días restantes están cogiendo polvo en el almacén porque el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico no ha dado el 'ok'.
Desde Washington, Chris Wright, el secretario de Energía de EE.
UU., no ha tenido mucha delicadeza. Mientras Trump presume de liberar 172 millones de barriles y Japón cumple la palabra, Wright ha lanzado un dardo directo: hay países europeos que solo han liberado una fracción de lo prometido. Básicamente, nos están diciendo que somos el alumno que no ha hecho los deberes.
Mientras tanto, el diésel se resiste a bajar de los 1,93 euros el litro y el Ejecutivo intenta poner un parche con rebajas fiscales el pasado martes, una maniobra que parece querer tapar el sol con un dedo.
El empresariado catalán, con un informe entre manos, ha destapado la hipocresía: tenemos el 67,5% de la contribución inmovilizada.
Hablamos de unos 1.380 millones de litros físicos que representan hasta 1.100 millones de euros en capital congelado. Lo más cínico es que mantener ese petróleo guardado cuesta entre 79 y 215 millones de euros anuales, un gasto que, como ocurre con cualquier factura mal gestionada, acaba pagándolo el conductor en cada repostaje.
Italia, en cambio, fue al grano y ejecutó todo el 26 de marzo. En España, preferimos la burocracia al ahorro del bolsillo.
Crítica:
El texto original es un festín de datos técnicos que oculta la negligencia política tras el lenguaje administrativo. No explica por qué el Ministerio decidió no activar la segunda fase, dejando un vacío narrativo convenientemente cómodo para el Ejecutivo.
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