Crítica:
El texto es una masterclass de cómo el poder usa la semántica para ocultar la negligencia. El contraste entre la urgencia del espía y el relax del presidente en Lanzarote es el clavo final del ataúd.
El texto es una masterclass de cómo el poder usa la semántica para ocultar la negligencia. El contraste entre la urgencia del espía y el relax del presidente en Lanzarote es el clavo final del ataúd.
Gestionar el dinero público parece haberse convertido en un ejercicio de magia: ahora aparece, ahora no. El Tribunal de Cuentas ha soltado un informe que es, básicamente, un manual de cómo ignorar la Ley de Transparencia sin despeinarse. De 253 contratos examinados, el 41,5% —unos 105 expedientes— brillaban por su ausencia en el Portal de Transparencia. Claro, estaban en la Plataforma de Contratación, que es como decir que el dinero no ha desaparecido, sino que lo han guardado en un cajón donde solo los iniciados saben mirar. Estamos hablando de 446,1 millones de euros destinados a protección y promoción social. Para que nos entendamos, es una cifra que haría palidecer a cualquier presupuesto familiar mientras nosotros peleamos con la factura de la luz, pero aquí se gestiona con la ligereza de quien olvida las llaves en casa. El Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones se lleva la medalla de oro en la opacidad con 66 contratos invisibles (un 44,6%), seguido por Derechos Sociales con 20 y Trabajo con 10. Lo más delirante es la 'ingeniería administrativa'. El 29,64% de los contratos no tenían memoria justificativa. Es decir, gastan millones sin explicar muy bien para qué sirven, usando párrafos genéricos que parecen redactados con una plantilla de Word de 1998. El Imserso, por su parte, se permitió 57 contratos negociados sin publicidad en Ceuta y termalismo, saltándose la documentación preparatoria. Y para rematar el cuadro, tenemos el caso de Migraciones y Tragsatec: un encargo de 4,81 millones de euros formalizado en marzo de 2022 que se publicó tres años tarde. A este ritmo, nos enteraremos de qué hicieron con el dinero cuando ya estemos jubilados o en el horno. Una gestión donde la transparencia es, sencillamente, una sugerencia opcional.
Hay una magia contable en Barcelona que envidiaría cualquier ilusionista de Las Vegas. Resulta que el Sindicato de Inquilinas, esa entidad que grita fuerte en las plazas, solo ha recibido una modesta ayuda de 5.210 euros en 2024. Un detalle, casi una propina. Pero aquí viene el truco: justo en la oficina de al lado, compartiendo ADN, fundadores y hasta el mismo aire, está IDRA (antes HIDRA), un centro de investigación que parece tener el número de WhatsApp directo de la ventanilla de subvenciones. Mientras el ciudadano medio pelea con la inflación para que la lista de la compra no parezca una factura de lujo, IDRA ha absorbido la suma de 1.507.108,4 euros entre 2022 y 2026. El desglose es una oda a la generosidad institucional: 1.327.078,92 euros provenientes de la Generalitat y el Ayuntamiento de Barcelona, más un 'picoteo' de 174.029,48 euros del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades y otros 6.000 euros del Ministerio para la Transformación Digital y de la Función Pública. La ingeniería es brillante. Por un lado, tenemos la lucha callejera y, por otro, la 'investigación urbana'. Nombres como Jaime Palomera y Carme Arcarazo bailan entre ambas estructuras con una agilidad envidiable, permitiendo que el dinero público fluya hacia la entidad que no tiene que dar tantas explicaciones sobre sus protestas. Es el clásico caso de 'estamos luchando contra el sistema', mientras el sistema te deposita un millón y medio en la cuenta corriente. Al final, la justicia social tiene un coste, y en este caso, el erario público ha decidido financiar el 'estudio' de la lucha con un cheque que haría temblar a cualquier inquilino real.
En el Ministerio del Interior parecen haber confundido el presupuesto público con el presupuesto de una agencia de inteligencia de serie B. Mientras el ciudadano medio lucha contra la inflación y mira la cuenta corriente con pánico, en los despachos de Fernando Grande-Marlaska se dedicaban a jugar al 'quién es quién' con los periodistas. Iustitia Europa ha lanzado un grito de auxilio al Juzgado de Instrucción número 16 de Madrid para que, por favor, alguien guarde los archivos digitales antes de que el botón de 'borrar' haga su magia habitual. No es un simple Excel de contactos. Estamos hablando de un dosier titulado 'Tertulianos. Radio y Televisión', una joya de la ingeniería administrativa que clasificaba a profesionales según su ideología y su 'lealtad' al Gobierno. Básicamente, un casting ideológico pagado con nuestros impuestos. La denuncia, interpuesta el pasado día 9, busca que un análisis forense desmonte la cronología de este invento y revele quién dio la orden de fichar a la prensa. Lo más jugoso llega con la ORIS–Ministerio del Interior, una unidad de comunicación que desapareció el 1 de mayo de 2025, casi como si quisiera borrar el rastro de un crimen. Iustitia Europa ha puesto el foco en seis guardias civiles que estaban allí antes del cierre. Según Luis María Pardo, presidente de la formación, algunos de estos agentes podrían haberse rebelado ante órdenes que huelen a prácticas impropias de una democracia. Ahora la pelota está en el tejado de la Fiscalía, mientras el país espera saber si el Ministerio del Interior funciona como un órgano del Estado o como el club de fans más vigilante de la historia.
Fatima-Zahra El Mansouri ha aterrizado en el cargo de primera ministra de Marruecos con un discurso que suena a cena familiar, pero que huele a despacho de migración. Con una retórica casi maternal, ha soltado que lo prioritario es que 'vuelvan nuestros hijos a su tierra'. Muy bonito sobre el papel, pero en la calle sabemos que el amor filial tiene una letra pequeña escrita con tinta burocrática y sellos oficiales. La jugada es sencilla: Rabat quiere que los menores que siguen en la ciudad autónoma de Ceuta vuelvan a casa, preferiblemente con sus padres. El problema es que, mientras El Mansouri habla de diálogo y afectos, la realidad es un juego de pasar la pelota. España está ahí, cocinando una nueva reglamentación que el Consejo de Ministros aún no ha tenido la valentía de aprobar. Es como esperar a que el café se haga solo mientras el cliente ya tiene hambre. Aquí está la trampa del tablero: para que el retorno sea legal, Rabat tiene que hacer el trabajo sucio. Localizar a los padres, llevarlos a la frontera y contestar a los expedientes que España ya les ha enviado por correo. Es decir, el Gobierno español ya ha pasado la factura y los datos, pero Marruecos prefiere hablar de 'hijos' antes que de 'trámites administrativos'. Al final, nos venden una historia de repatriación emocional cuando lo que hay es un atasco de papeles. Mientras la diplomacia se viste de gala y usa palabras dulces, los expedientes siguen cogiendo polvo en algún cajón de Rabat. Mucho corazón en el discurso, pero muy poca mano en el teclado para cerrar los expedientes pendientes.
Ángel Víctor Torres ha aterrizado en Ceuta para hacernos un favor: explicarnos que, en el complejo tablero de la crisis migratoria, los menores no son piezas de dominó que se puedan tumbar y devolver al país de origen así como así. El ministro presume de que "ni un solo" menor ha sido devuelto a Marruecos, porque, claro, hay que seguir el protocolo, que es como el manual de instrucciones de un mueble de IKEA: si te saltas un paso, todo el sistema se derrumba. Mientras tanto, el Gobierno ha enviado diez expedientes de reagrupación familiar a Rabat, moviendo los papeles con la parsimonia de quien sabe que el reloj no corre igual para todos. Para aliviar la presión en la ciudad autónoma, han aplicado la técnica del reparto de cartas: 69 menores han sido reagrupados con familias en la península y otros 144 han sido repartidos por diversas Comunidades Autónomas. Es la gestión del espacio en tiempo real. El despliegue es masivo: 20 recursos para menores y una filiación de 2.566 personas que ya tienen nombre y apellidos en el sistema. Pero ojo, que con los adultos la música cambia. Aquí no hay manuales de instrucciones delicados, sino una puerta giratoria. Desde el 10 de agosto, 8.223 personas han hecho el camino de vuelta a Marruecos por la vía del "retorno voluntario" —ese eufemismo elegante para decir que prefieren volver antes de que el expediente de devolución les pise los talones—. A esto sumamos 453 expulsiones por delitos y 3.336 triajes, donde un 30% ni siquiera pide asilo, facilitando que la maquinaria de retorno funcione sin chirridos. El objetivo final es estético: limpiar las playas para el 15 de octubre. Tras mover a 400 personas de la playa de Benítez a Loma Colmenar, el Gobierno celebra una operación "exitosa". Ahora toca el tetris inmobiliario: 63 mujeres en La Hípica, 540 al antiguo campo de fútbol de Caballería y 300 familias cerca de la Mezquita. El recurso junto a la cárcel de Fuerte Mendizábal queda como el as bajo la manga, el último refugio antes de admitir que, aunque los números bailen, todavía no saben cuánta gente hay realmente en la ciudad.
Hay que tener una imaginación envidiable para convertir un privilegio inmobiliario en una tragedia ideológica. El Gobierno de Pedro Sánchez ha decidido que Maricarmen Abascal, una mujer de 87 años desahuciada del barrio de Retiro, es una «víctima de una legislación machista y retrógrada» del franquismo. Resulta fascinante: la señora vivió siete décadas en un piso pagando una renta de 200 euros, más unos 220-250 euros de gastos. En términos de calle, Maricarmen ha disfrutado de un alquiler mensual inferior a lo que hoy cuesta una cena mediocre para dos en el centro de Madrid, gracias a las rentas antiguas reguladas por la Ley de Arrendamientos Urbanos de 1964. Lo irónico es que el BOE ahora usa su desahucio como combustible emocional para aprobar decretos de vivienda, mientras olvida convenientemente que fue el propio PSOE de Felipe González quien, con el decreto Boyer de 1985 y otra norma de 1994, dinamitó esos mismos alquileres vitalicios. El Gobierno actual la pinta como víctima de la dictadura, pero la realidad es que Maricarmen fue la beneficiaria de un sistema que congeló los precios mientras el resto del mundo sufría la inflación. Mientras la Puerta del Sol se llenaba de acampadas, Moncloa lanzaba dos decretos: uno 'estratégico' para que PNV y Junts no se espanten —con protección contra desahucios hasta 2030 y prohibición de fondos buitre hasta 2028— y otro más 'revolucionario' para el Sindicato de Inquilinas que busca la renovación automática de contratos. Al final, Maricarmen es el rostro perfecto para el marketing político: una abuela vulnerable que sirve para justificar leyes nuevas, aunque haya vivido 70 años pagando una miseria que cualquier propietario actual consideraría un acto de caridad cristiana.
Hay una diferencia abismal entre tener el teléfono más caro del mercado y saber contestar una llamada cuando el patio se está incendiando. Juan Jesús Vivas, el presidente de Ceuta, acaba de contarle a la juez María Tardón que intentar hablar con Pedro Sánchez entre el 27 y el 29 de julio fue como intentar pillar cita con el dentista en vísperas de Navidad: imposible. Diez llamadas. Diez intentos de avisar que la situación estaba al límite y lo único que recibió fue el eco del silencio o, con suerte, tres respuestas tibias de un director de Gabinete que probablemente estaba más pendiente de la agenda de verano que de la frontera. Mientras el CNI soltaba la alerta el 29 de julio a las 13:52 horas —avisando que había 180.000 seguidores en redes sociales organizando un 'asalto por valla y mar'—, en Moncloa parecían estar en modo avión. Para cuando llegaron los 80.000 marroquíes los días 30 y 31 de julio, el aviso de riesgo 'EXTREMO' del CENIF ya era un mueble más de la oficina. Vivas pidió emergencia nacional y mando único, pero el Ejecutivo central decidió que los refuerzos de seguridad eran un lujo prescindible. Ahora, en los pasillos de la Audiencia Nacional, se habla de ataques a la integridad territorial y organización criminal. Vivas se marcha 'satisfecho' de declarar, aunque deja caer que el exdelegado Miguel Ángel Pérez Triano tiene la llave de algunas respuestas. Es la clásica historia de la administración: el de abajo grita que el barco se hunde y el de arriba responde que no puede atender la llamada porque está en una reunión. Solo que aquí, el naufragio no fue una metáfora, sino una entrada masiva que el Estado vio venir en el móvil y decidió ignorar.
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