Crítica:
El texto original es un despliegue de indignación que roza el panfleto, aunque los datos sobre las condenas son el único ancla real. Se nota un sesgo evidente, pero la incomodidad del presidente es el hecho periodístico indiscutible.
El texto original es un despliegue de indignación que roza el panfleto, aunque los datos sobre las condenas son el único ancla real. Se nota un sesgo evidente, pero la incomodidad del presidente es el hecho periodístico indiscutible.
El Gobierno de Pedro Sánchez quiere jugar al anfitrión estrella los próximos 4 y 5 de noviembre en Madrid. El invitado de honor es Delcy Rodríguez, quien llega para la Cumbre Iberoamericana con la sonrisa puesta tras aquel saludo afectuoso en la ONU de Nueva York. El problema es que, en el barrio de Bruselas, no están para juegos. La Comisión Europea ha tenido que enviar un recordatorio —de esos que pican— avisando que España no puede simplemente abrir la puerta de casa a alguien que tiene el sello de 'sancionada' en el pasaporte sin avisar previamente al Consejo. Es la danza de siempre. Mientras el ciudadano medio tiene que pelearse con la administración por un papel mal rellenado, aquí se gestionan 'exenciones' como quien pide un favor para saltarse la cola del concierto. Kaja Kallas, en respuesta a las preguntas de Dolors Montserrat del PPE, ha dejado claro que hay reglas. Sí, existen vías legales para que alguien como Rodríguez pise suelo europeo, como ocurrió en mayo en La Haya para el litigio con Guyana, pero el protocolo no es una sugerencia. Lo más delirante es el contraste. José Manuel Albares intentó, en febrero, que Bruselas borrara las sanciones basándose en una amnistía venezolana que suena a chiste, pero el Parlamento Europeo le cerró el grifo el 30 de abril. Mientras Sánchez prepara la alfombra roja para el régimen, María Corina Machado, Nobel de la Paz, acumula siete intentos fallidos de volver a su país, tres de ellos solo esta semana desde Panamá. Es la geopolítica del espejo: alfombra roja para los sancionados y muros de hormigón para la democracia. Todo esto ocurre mientras el fantasma del 'Delcygate' y el caso Plus Ultra siguen flotando en el aire de Barajas, sin que nadie se moleste en dar una explicación coherente.
Hay una danza macabra en la política española donde el escenario es el salón de una casa y el premio es un titular. Maricarmen, la inquilina desalojada el pasado miércoles de su piso en el centro de Madrid, ha decidido no jugar el papel de víctima sumisa que el guion oficial requería. Mientras Pedro Sánchez, cómodamente instalado en Nueva York, intentaba usar su tragedia como un proyectil contra Isabel Díaz Ayuso y José Luis Martínez-Almeida, la realidad le soltó un bofetón en mitad de una entrevista con RTVE. El contraste es casi poético. Para el Gobierno, Maricarmen es el ejemplo perfecto de la 'crueldad madrileña'. Para Maricarmen, Sánchez es el primer responsable porque, según sus palabras, 'no se entera o no quiere enterarse' de la sangría diaria de desahucios. Es la clásica maniobra de usar a alguien como escudo humano mediático mientras el problema sigue ahí, acumulando polvo en los despachos. La lista de culpables es larga y variada, como una factura de luz en agosto. Primero Sánchez, luego Ayuso —a quien Maricarmen considera que la presidencia de la Comunidad de Madrid 'le viene un poco grande'— y, para cerrar el podio, Almeida, acusado de 'cargarse Madrid'. Y claro, en el fondo del barril están Urbagestión, los propietarios, definidos como 'inhumanos que solo quieren ganar dinero'. Una descripción que, en el mercado inmobiliario actual, es casi un requisito para el currículum. El miércoles, la fiesta del reproche se trasladó del piso desalojado al ático de la Comunidad de Madrid en Chamberí. Así funciona la maquinaria: el ciudadano pierde el techo, pero los políticos ganan un argumento para el próximo debate. Al final, Maricarmen se queda sin llaves, pero nos deja la lección de que, en el juego de las culpas, el de arriba siempre intenta que el de abajo mire hacia el lado contrario.
La memoria en política es como el saldo de una cuenta corriente en números rojos: alguien tiene que pagar la factura. En 2015, Pedro Sánchez se lanzó un piropo al espejo y prometió, con la seguridad de quien no tiene que pagar el alquiler, que acabaría con los desahucios. Fast-forward a 2026 y la realidad es un bofetón de datos fríos. Según el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), la cuenta ya suma 272.417 familias lanzadas a la calle desde que el presidente tomó el mando en 2018. Traducido al lenguaje de la calle: mientras tú te tomas el café, 90 familias diarias pierden el techo. Es una maquinaria que no descansa. Lo más cínico es el cambio de guion. Ya no es la hipoteca la que asfixia, sino el alquiler. Unos 191.000 procedimientos bajo la Ley de Arrendamientos Urbanos (LAU) representan el 70% del total. Básicamente, 63 personas al día son expulsadas porque el precio del alquiler ha superado la capacidad de supervivencia del ciudadano medio. El pico llegó en 2019 con 54.006 desalojos, pero no se confundan: el descenso posterior no fue un milagro social, sino un 'truco de magia' llamado escudo social. El Gobierno congeló los expedientes durante la pandemia, embalsando los problemas en el juzgado como quien esconde la ropa sucia debajo de la alfombra para que no se vea en la visita. Ahora que el Real Decreto-ley 2/2026 ha muerto en el Congreso, la presa se ha roto. El resultado es desolador: el caso de Maricarmen Abascal, una mujer de 87 años sacada en camilla de su piso en el Retiro, es el resumen perfecto de esta gestión. Mientras en el Reino Unido protegen a los vulnerables, aquí el balance de 2025 ya superó los 31.400 nuevos expedientes hipotecarios, la cifra más alta en una década. Promesas de 2015, realidades de 2026 y una vulnerabilidad que no entiende de retórica.
Hay quien dice que la agenda de un presidente es una hoja de ruta; en el caso de Pedro Sánchez, parece más bien un tablero de ajedrez para hacerle la zancadilla al vecino. Mientras aterrizaba de la ONU el 25 de septiembre de 2026, el jefe del Ejecutivo decidió que Noblejas Industrial era, súbitamente, el centro del universo. ¿La razón? No es el despliegue industrial, sino que Emiliano García-Page tenía una cita concertada hace un mes en Talavera de la Reina con la Reina Letizia para inaugurar el curso de FP 2026-2027 en el IES Ribera del Tajo. Es el clásico movimiento de 'yo también juego'. Mientras Page anunció el acto el 7 de septiembre, Moncloa guardó el secreto hasta el jueves a última hora, lanzando la convocatoria para el viernes a las 12:30 horas. Una jugada tan improvisada que el Gobierno de Castilla-La Mancha se enteró por un aviso de la Delegación del Gobierno, básicamente un 'no cuentes con nosotros para lo de la Reina, que estamos con el jefe'. Esta guerra de agendas es el síntoma de una relación que ya no es solo fría, sino que está en el congelador. Entre acusaciones de vivir 'arrodillado' ante independentistas y herederos de ETA por parte de Page, y la retórica del 'perro sin amo' de Sánchez, la tensión es más espesa que un gazpacho mal batido. Page ya había dinamitado la gestión de la crisis de Ceuta, sugiriendo que el mando único habría sido útil si no hubiera coincidido con las vacaciones del presidente. Ahora, el despliegue en Noblejas junto a José Pablo Sabrido no es una visita técnica; es un 'estoy aquí para que no te lleves todo el protagonismo', una pelea de patio de colegio con presupuestos de Estado y escoltas.
Hay cambios en el tablero del escrutinio electoral que huelen a esa típica reorganización de oficina donde te quitan el mando del mando a distancia pero te dicen que 'sigues siendo parte del equipo'. El Gobierno ha decidido que el Centro Criptológico Nacional (CCN-CNI), los auténticos guardianes de las llaves digitales, ya no sean los jefes de las auditorías de seguridad, sino meros 'colaboradores'. Ahora el Ministerio del Interior lleva la batuta. Para el ciudadano medio, esto suena a semántica; para quien sabe leer entre líneas, es como cambiar al cerrajero profesional por el portero del edificio para vigilar la caja fuerte. El timing es, sencillamente, exquisito. Mientras se juega el protagonismo técnico, el censo electoral es un campo de batalla judicial por la 'Ley de Nietos'. El Tribunal Supremo, en septiembre de 2026, puso el freno de mano a las altas en el Censo Electoral de Residentes Ausentes (CERA) hasta que los consulados demuestren que los nuevos nacionalizados no son un invento creativo. El Supremo habla de un 'peligro real y serio' para la transparencia, mientras las cifras bailan un tango confuso: el tribunal calculó un incremento de 408.262 electores desde 2023 hasta julio de 2026, cifra que la Abogacía del Estado intentó maquillar bajándola a 369.017, admitiendo que 168.896 personas entraron por la presunción de exilio (1936-1955). El Gobierno dice que esto no altera el resultado 'por pura matemática', una frase que suena a intentar convencerte de que el agujero en tu cuenta bancaria es solo un error de redondeo. Con el cierre del censo al 1 de enero de 2027, la prisa es máxima. En mitad de este caos de expedientes y nacionalidades, degradar el papel del CNI en la seguridad del proceso no es un detalle administrativo; es mover los muebles justo antes de que lleguen los inspectores.
Bruselas ha dejado de mirar hacia otro lado y ha puesto la lupa sobre el presupuesto español. No es que falte dinero, es que sobra sospecha. La Fiscalía Europea ha activado su maquinaria tras la denuncia de un ciudadano, buscando rastros de malversación en un ecosistema donde el dinero público fluye con la naturalidad de un río desbordado. El detonante es una cifra que, comparada con los presupuestos estatales, parece calderilla: 14.980 euros desviados de la campaña del PSOE para las europeas de 2024 hacia 'Crónica Libre', el patio de recreo de Leire Díez. Para el ciudadano que cuenta los céntimos al llenar el carrito del súper, puede parecer un detalle, pero en el derecho penal, el robo de un caramelo sigue siendo robo. El verdadero problema es que este goteo ocurre en el corazón de la SEPI, una entidad que maneja fondos europeos como quien reparte cartas en un casino. Tragsatec ha absorbido 664,1 millones de euros en 25 partidas, mientras que Correos ha engullido otros 324,5 millones. Sumamos casi 1.000 millones de euros que han pasado por manos sospechosas. En Correos, el currículum es brillante: pasó por allí Juan Manuel Serrano, el 'fontanero' de confianza de Pedro Sánchez, ahora bajo la lupa del juez Santiago Pedraz, y la propia Leire Díez. La ingeniería financiera se completa con Sepides y sus 518 millones vinculados a los Next Generation, un programa de 70.000 millones que ha llegado a España como un tsunami de liquidez sin un control riguroso. Con figuras como Vicente Fernández maniobrando en la sombra y presidentes como Belén Gualda y Bartolomé Lora bajo investigación, la trama parece un círculo cerrado. Mientras Javier Zarzalejos advierte desde el Parlamento Europeo que la corrupción normalizada erosiona el Estado de derecho, en Madrid parecen creer que el dinero de la UE es un cajero automático sin código PIN.
Mientras el ciudadano medio hace malabares con la hipoteca y mira la factura de la luz como quien mira una película de terror, en el Congreso de los Diputados el concepto de 'ajustarse el cinturón' parece ser una leyenda urbana. El PSOE y Sumar, en un despliegue de generosidad presupuestaria, han decidido que para 2027 la partida para asesores suba a 15,9 millones de euros. Un incremento del 24,69% respecto a los 12.751.200 euros de 2023. Básicamente, han decidido que el equipo de apoyo necesita un 'upgrade' deluxe mientras el país sigue esperando unos Presupuestos Generales del Estado que no llegan al BOE desde el 17 de agosto de 2023. La ingeniería es sencilla: han roto el techo de la ratio de asistentes, pasando a un esquema de un asesor por cada diputado (350 en total), aunque si sumamos a los de Presidencia y Mesa, la cifra real supera los 400. Es el sueño de cualquier currículum: trabajar en la Cámara Baja con un fondo de 'Acción Social' de 800.000 euros que cubre desde el podólogo hasta las gafas monofocales y la universidad de los hijos. Mientras tú buscas el descuento en el supermercado, el personal eventual del Congreso tiene el presupuesto blindado para que no le falte ni la limpieza dental. Para rematar la jugada, Francina Armengol, la presidenta que maneja los hilos de la Mesa, ha destinado 115.000 euros a renovar el portal de la Constitución. Un detalle poético, considerando que el bloqueo de 44 leyes del PP sugiere que la Constitución se lee mejor en una web moderna que en la práctica diaria. Todo ello financiado con una soltura envidiable, justificando el gasto en 'incrementos retributivos' y 'modificaciones de sistema'. En definitiva, una fiesta de nóminas donde el único que no está invitado a comer es el contribuyente.
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