Agentes del CNI dejan de enviar informes a sus mandos para evitar represalias

Espías del CNI: mejor calladitos que castigados

politica Una ilustración conceptual y satírica. Un archivador de oficina antiguo y metálico que está siendo triturado por una mano gigante vestida con un traje elegante de político. De la trituradora no salen papeles, sino sombras de figuras humanas con gabardinas y gafas oscuras que desaparecen. Fondo gris burocrático, estilo editorial de periódico, colores fríos y contrastados.

Imaginen que trabajan en una empresa donde, si el jefe se despierta de mal humor y decide que tu informe es 'insuficiente', no te da un toque en el oído, sino que te lanza a los leones. Pues eso es el Centro Nacional de Inteligencia ahora mismo. Los más de 3.000 agentes del CNI han descubierto que firmar un documento es, básicamente, redactar su propia sentencia de despido o represalia.

En el mundo del espionaje, donde el secreto es la moneda de cambio, hemos pasado a la era del 'me lo contó un colega en la máquina de café'. El ambiente es, cito textualmente, 'terrible'. Mientras Pedro Sánchez lanza dardos contra el trabajo de sus propios espías, los agentes han optado por la estrategia del silencio administrativo.

¿Para qué avisar de que Marruecos, Rusia o China están moviendo las fichas si luego la Moncloa decide que el problema es del mensajero y no del mensaje? Es como avisar de que la casa se quema y que el dueño te regañe por el tono de voz con el que diste la alarma. Lo de Ceuta ha sido el clavo final.

Hubo alertas, hubo gente infiltrada en los campamentos y hubo datos claros sobre la avalancha de 80.000 inmigrantes, pero el Gobierno prefirió jugar al Monopoly con la seguridad nacional. Para colmo, desclasificaron 40 documentos a la carta, haciendo una selección quirúrgica para quedar bien, exponiendo antenas y dispositivos que costaron años montar.

Es el equivalente a publicar la contraseña del Wi-Fi y la ubicación de la caja fuerte para demostrar que 'estamos siendo transparentes'. La desmoralización ha saltado la valla hasta el Cifas. Allí, el teniente general Antonio Romero Losada, protegido de Margarita Robles, gestiona el centro con el pánico calvo de quien tiene más miedo a equivocarse que ganas de avanzar.

En resumen: tenemos un servicio de inteligencia que sabe todo, pero que prefiere no decir nada para que no le corten el sueldo.

Crítica:

El texto original es un bombardeo de fuentes anónimas que, aunque revelador, carece de una respuesta oficial del Gobierno para equilibrar la balanza. Es puro 'radio pasillo' de alta gama.

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