Crítica:
El texto original es una mina de datos, pero le falta valentía para cuestionar la coherencia estratégica de regalar torpedos al vecino. Demasiada deferencia técnica y poca disección de la hipocresía geopolítica.
El texto original es una mina de datos, pero le falta valentía para cuestionar la coherencia estratégica de regalar torpedos al vecino. Demasiada deferencia técnica y poca disección de la hipocresía geopolítica.
Hay quien dice que la diplomacia es un arte, pero en el tablero España-Marruecos parece más bien un mercadillo de ocasión con presupuestos de Estado. Mientras el ciudadano medio se pelea con la inflación para que la lista de la compra no parezca un atraco, el Gobierno ha jugado a ser el 'tío generoso' del barrio. ¿La prueba? Seis torpedos MK 46 MOD 2 cedidos el 27 de junio de 2008 por la suma astronómica de un euro. Sí, un euro por el lote. Una ganga que, según el Consejo de Ministros, servía para 'ahorrar gastos de desmilitarización' y mimar las relaciones bilaterales. Un truco contable brillante: te doy el arma que ya no quiero para no pagar el coste de destruirla y, de paso, me gano un favor en Rabat. Pero no todo ha sido caridad cristiana. El negocio serio sigue bombeando millones. Solo entre enero y junio de 2025, España exportó material de defensa por 30,1 millones de euros, incluyendo municiones y equipos de dirección de tiro. En 2024, la cifra fue de 25,4 millones, centrada en el 'kit de supervivencia' del ejército marroquí: prensas y moldes para reparar zapatas de blindados. Es la lógica del concesionario: te vendo el coche, pero te ato a mis talleres durante décadas. Navantia es la joya de esta corona industrial. Desde la corbeta Lieutenant Colonel Errahmani (encargada en 1977 y recibida en 1983) hasta el nuevo patrullero de 87 metros botado el 27 de mayo de 2025 en San Fernando, la relación es un matrimonio por conveniencia. Este último contrato ha movido más de un millón de horas de trabajo y 1.100 empleos. Mientras tanto, Rabat mira hacia Texas con L3Harris para modernizar sus C-130 hasta 2029, intentando que su propio proyecto en Benslimane deje de ser un sueño. España vende, regala y repara, mientras el SIPRI nos recuerda que el verdadero músculo lo ponen EE. UU. (60%) e Israel (24%).
Hay quien dice que la justicia es ciega, pero en España parece que también tiene un calendario muy flexible. Carles Puigdemont, el hombre que convirtió el maletero de un coche en su refugio predilecto en octubre de 2017, ya tiene fecha de aterrizaje: el 5 de octubre. Lo fascinante no es el regreso, sino la coreografía jurídica. El juez Pablo Llarena, que hasta ahora mantenía la orden de busca y captura como quien guarda un tesoro, planea levantarla de forma 'automática'. La jugada es maestra. Llarena no quiere esperar a que el Tribunal Constitucional dicte sentencia sobre el amparo de los huidos; prefiere adelantarse y usar el fallo que el TC dará a favor de Jordi Turull para aplicar la ley de amnistía por extensión. Es como si en un restaurante te sirvieran la cena gratis solo porque el cliente de la mesa de al lado tiene un cupón, sin que tú hayas presentado el tuyo. Mientras tanto, en el Pleno del TC, el magistrado José María Macías se prepara para presentar una propuesta negativa el próximo día 22, pero sabemos cómo termina esta película: la mayoría del bloque izquierdista, respaldada por Cándido Conde-Pumpido, pasará por encima de su voto particular como un camión de mudanzas. Ahora solo queda el suspense del 'timing'. Si Puigdemont busca el final épico y pisa suelo español antes de que el BOE publique la resolución y Llarena firme la nulidad, acabará como Clara Ponsatí: esposas, comisaría y fotos para el recuerdo. Si prefiere la lírica y la prudencia, esperará a mediados de mes para entrar triunfante, sin que nadie le pida el billete ni el pasaporte judicial. Una ingeniería financiera del derecho donde el saldo final siempre parece favorecer al que mejor sabe jugar al escondite.
Hay una danza muy curiosa en la gestión de las emergencias estatales. Mientras que para algunos el Gobierno se pone el traje de gala y saca la tarjeta de crédito sin mirar el saldo, para otros el presupuesto es como el papel higiénico en un avión: escaso y racionado. El Ejecutivo de Pedro Sánchez decidió que era una 'emergencia' vital que Telefónica instalara cinco puntos de wifi abierta en Ceuta para los inmigrantes que saltaron la valla a finales de julio. Una urgencia tan apremiante que saltaron la licitación pública y el Portal de Transparencia, moviéndose en esa zona gris de la 'excepcionalidad' donde el dinero público fluye con la soltura de un tobogán engrasado. La ironía es que, mientras el Gobierno sudaba para darles internet gratis, los protagonistas ya estaban conectados. No necesitaban la generosidad del Estado español; les bastaba con quedarse pegados a la frontera para que sus móviles engancharan la señal de Maroc Telecom, Orange o Inwi. El 4G y el 5G marroquí cruzaban la raya sin pasaporte, dejando las redes españolas sospechosamente estables y el contrato de emergencia como un monumento a la inutilidad administrativa. Pero el contraste llega cuando miramos hacia Las Hurdes. Allí, Guillermo Santamaría, consejero de Economía de Extremadura, tuvo que mendigar ayuda tras los incendios de Pinofranqueado. Centros de salud y ancianos quedaron incomunicados, pero para ellos no hubo contratos directos ni despliegues relámpago de Telefónica. Solo enlaces vía satélite que funcionaban a pedales. Parece que la definición de 'emergencia' depende de quién esté al otro lado de la pantalla: si es un vecino de Extremadura con la casa quemada, hay que esperar el turno; si es un invasor en Ceuta, el wifi llega antes que la reflexión.
Hagamos números de barrio, de esos que se hacen con un café frío y mucha indignación. Imagina a dos madres, misma situación: solas y con dos hijos. Una se levanta cada mañana, aguanta el ritmo de una jornada completa y factura 25.000 euros brutos al año. La otra, sin ingresos laborales, navega el sistema de prestaciones. Al final del mes, la que suda la camiseta ve en su cuenta unos 1.800 euros, mientras que la que vive del Estado acaricia los 1.450 euros gracias al Ingreso Mínimo Vital (IMV) y el Complemento de Ayuda para la Infancia (CAPI). La diferencia es de 350 euros. Sí, has leído bien. Todo el esfuerzo de un año laboral, el estrés del horario y el desgaste físico se traducen en el equivalente a un par de cenas fuera o una compra decente de supermercado. Es el famoso 'sablazo' del sistema: mientras la trabajadora ve cómo el IRPF y las cotizaciones le muerden la nómina, la otra disfruta de una renta garantizada de 1.335,15 euros mensuales más los 115 euros del CAPI por sus dos hijos mayores de seis años. Pero esperen, que la ironía tiene capas. A los 1.450 euros del IMV hay que sumarle los 'regalitos' invisibles: medicinas gratis en la farmacia y DNIs sin pagar para los críos. La trabajadora, en cambio, paga todo el menú completo. Estamos ante la 'trampa de la pobreza' en estado puro: un diseño institucional que te dice que trabajes, pero que te castiga financieramente si lo haces. Al final, el incentivo de incorporarse al mercado laboral es tan anémico que parece una broma de mal gusto. Trabajar ya no es una escalera social, es caminar sobre arena movediza donde el esfuerzo apenas mueve la aguja del saldo bancario.
Imaginen que su teléfono es un libro abierto y que, en Bruselas, hay políticos que venden sus votos como quien liquida stock en las rebajas de enero. Así de surrealista es el 'Moroccogate'. Mientras Pedro Sánchez, Fernando Grande-Marlaska, Luis Planas y Margarita Robles descubrieron en 2021 que el software Pegasus les había hecho un 'escaneo completo' a sus vidas, el CNI ya avisaba de que el problema no era solo el hackeo, sino el talonario. En el barrio europeo de Bruselas, la Fiscalía Federal belga se encontró con una escena digna de una película de serie B: maletas y bolsas de viaje repletas de más de 1,5 millones de euros en metálico. No eran ahorros para la jubilación, sino el lubricante financiero de la ONG Fight Impunity, el disfraz perfecto creado por Pier Antonio Panzeri para canalizar el dinero. Junto a él, Francesco Giorgi y la vicepresidenta Eva Kaili completaban un cuadro donde el dinero de Catar y Rabat fluía para moldear la agenda legislativa. El esquema era sencillo: Abderrahim Atmoun, el embajador en Polonia, hacía de mensajero entre la DGED (la inteligencia marroquí) y los eurodiputados. ¿El precio? Silencio sobre el Sáhara Occidental, mirada hacia otro lado ante la persecución de periodistas y asegurar que los acuerdos pesqueros y agrícolas siguieran fluyendo sin preguntas incómodas. La hipocresía alcanza niveles estratosféricos cuando vemos que eurodiputados del grupo de Socialistas y Demócratas, como Andrea Cozzolino y Marc Tarabella, terminaron imputados. Al final, el Parlamento Europeo despertó después de 25 años de siesta y prohibió la entrada a los delegados marroquíes. Un parche muy elegante para un agujero contable y moral que huele a naftalina y traición.
Hay días en que el silencio grita más que un megáfono en plena Gran Vía. El viernes 11 de septiembre, mientras el Telediario 1 de TVE se ponía nostálgico rescatando las imágenes de Ana Blanco del 11-S de 2001, en los pasillos de Torrespaña se cocinaba una rebelión mucho más actual. El resultado fue un informativo 'fantasma': piezas de noticias, deportes y el tiempo que aparecieron sin una sola firma. Un vacío nominal que, en el lenguaje de la calle, es el equivalente a dejar el plato vacío en el restaurante para decirle al dueño que la comida sabe a cartón. El detonante no fue una crisis existencial, sino un despliegue de ingeniería organizativa que huele a conveniencia. El personal de informativos ha decidido que ya basta de que la producción externa se coma el pastel. El colmo del absurdo llegó con la entrevista a Pedro Sánchez, que terminó en manos de Jesús Cintora y Esther Palomera en 'Mañaneros 360', un programa producido por La Cometa TV. Básicamente, la televisión pública ha decidido que para entrevistar al jefe del Ejecutivo es mejor contratar a un tercero que usar a los profesionales que ya cobran una nómina en casa. Es como pagarle a un vecino que te limpie la casa teniendo un servicio de limpieza contratado a tiempo completo. La tensión escaló el jueves, cuando Maribel Sánchez-Maroto y José Pablo López intentaron hacer un truco de magia borrando del Telediario 1 las quejas del Consejo de Informativos. Un intento de censura doméstica que solo logró que la redacción ardiera. Tras unas reuniones apresuradas y el ruido de las protestas a las 13:00 en las puertas de Torrespaña, la dirección cedió parcialmente en el Canal 24 Horas y el Telediario 2, pero el daño ya estaba hecho. Las firmas desaparecieron el viernes porque, al parecer, cuando el prestigio se externaliza, el orgullo es lo único que queda en la plantilla.
El Gobierno de Baleares ha descubierto una tecnología revolucionaria que el Estado parece haber olvidado: el teléfono móvil. Según el vicepresidente Antoni Costa, hay menores inmigrantes que hablan a diario con sus familias en sus países de origen. Fascinante. Básicamente, el Govern nos dice que, si el chaval tiene cobertura y WhatsApp para saludar a su madre, lo más lógico es mandarlo de vuelta a casa en lugar de jugar al 'Tetris humano' distribuyéndolos por las comunidades autónomas. Mientras el Gobierno de Pedro Sánchez aplica una logística de reparto similar a la de una empresa de mensajería, moviendo menores desde Canarias y Melilla hacia el archipiélago para aliviar la presión, Baleares ha decidido sacar el libro de leyes y plantar cara. El Consell de Govern no se ha andado con chiquitas y ha autorizado a la Abogacía de la Comunidad Autónoma a recurrir dos traslados específicos: uno dictado en Canarias el 15 de julio y otro en Melilla el 20 de agosto. Dos niños que, para el Estado, son una cifra de redistribución, pero que para el Govern son el pretexto perfecto para denunciar un sistema de acogida que, según ellos, está más colapsado que una autopista en agosto. La ironía es exquisita. El argumento del 'interés superior del menor' se ha convertido en un arma arrojadiza. Para Madrid, el interés es que no haya colapsos en las fronteras; para Palma, el interés es que el menor regrese a su origen si hay una familia identificable. Al final, la batalla no es sobre derechos humanos, sino sobre quién paga la factura del alojamiento y quién gestiona el caos. Es la eterna pelea entre el que manda el paquete y el que no quiere recibirlo en su portal.
Comentarios