En el mundo real, si quieres que te amplíen la cocina, llamas a un albañil y pagas la factura. En el ecosistema del caso Azud, para que el Estado pagara la ampliación de una desaladora, el empresario José María Febrer tuvo que gestionar un 'peaje' que haría palidecer a cualquier peaje de la AP-7.
No hablamos de una propina, sino de una inyección de 484.480 euros destinada a que el PSOE valenciano llegara a las elecciones de 2007 con los bolsillos llenos y el programa electoral recién impreso.
La jueza Pepa Tarodo lo ha dejado escrito con una claridad pasmosa: mientras Aquamed, la empresa pública de la era Zapatero, asumía el coste de la obra para el beneficio mercantil del Grupo Axis, el dinero fluía en sentido contrario para financiar la fiesta electoral.
Para que el mecanismo funcionara, no bastaba con un email; hacían falta comidas y reuniones entre Febrer, el abogado José Luis Vera y el influyente José Cataluña, un hombre que, convenientemente, no tenía cargo orgánico para moverse con la soltura de un fantasma en el partido.
La ingeniería financiera fue digna de un premio al ingenio: usaron la mercantil Gigante Edificaciones y Obras, de Joaquín Pastor Rico, como lavadora de fondos.
El ejemplo más descarado es el pago de 120.004 euros a Ingraval el 22 de mayo de 2007, apenas cinco días antes de las urnas. Lo más cínico es que el PSOE solo declaró 19.000,18 euros por la edición del programa autonómico. El resto del dinero, ese que no aparece en los libros oficiales, parece haberse evaporado en el aire valenciano, mientras que Ingraval terminó declarándose insolvente en 2017.
Así es la gestión pública: unos ganan desaladoras, otros campañas y el ciudadano, como siempre, paga el peaje invisible.
Crítica:
La noticia es un despliegue de datos judiciales impecable, aunque el optimismo del procesado Febrer es el único elemento que rompe la monotonía del auto. El texto original es frío; le faltaba el barniz de indignación que solo da la traducción a la realidad callejera.
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