En el tablero político de Madrid, la gestión de los menores extranjeros no acompañados se ha convertido en un partido de tenis donde la pelota se queda clavada en la red. Ana Dávila, consejera de Familia, ha lanzado un dardo directo al delegado del Gobierno, Francisco Martín Aguirre, denunciando un bloqueo administrativo que roza lo surrealista.
Resulta que hay 134 expedientes de reagrupación familiar que llevan en el limbo desde marzo de 2025. Para que nos entendamos: es como pedir una cita médica en la Seguridad Social y que te respondan tres años después cuando ya te has curado o te has muerto. En este caso, el tiempo ha pasado factura y 53 de esos jóvenes ya son adultos.
Se han convertido en mayores de edad esperando un sello oficial que nunca llegó, frustrando cualquier posibilidad de retorno familiar mientras el reloj no se detuvo.
La Comunidad de Madrid no se anda con rodeos y ha sacado la artillería de los datos para subrayar la urgencia. No hablamos de niños ejemplares que solo leen libros; el informe detalla un historial que haría temblar a cualquier vecino: 382 incidencias y 268 denuncias.
El menú es variado y peligroso: 25 denuncias por robo, más de 40 por hurto, amenazas, lesiones y hasta una tenencia ilícita de armas. Es la paradoja del sistema: mientras el Gobierno central juega al silencio administrativo, la calle acumula el coste de esa inacción. Dávila recuerda que en Ceuta el Gobierno de Pedro Sánchez predica que la prioridad es volver con la familia, pero en Madrid parece que el manual de instrucciones es distinto.
La carta cierra con un guante de seda que esconde un puño de hierro: si siguen pasando cosas graves, el delegado no podrá decir que no sabía que el incendio estaba encendido.
Crítica:
El texto original es un despliegue de datos necesario, pero falla al no cuestionar por qué la administración permitió que 53 menores alcanzaran la mayoría de edad sin mover un dedo. Es una crónica de culpas cruzadas donde el ciudadano es el último en enterarse del coste real.
Comentarios