Hay una fascinación casi fetichista en los despachos del Gobierno por convertir la vida cotidiana en un Excel infinito. Yolanda Díaz, que ahora apunta a la OIT con una ambición que no entiende de barreras lingüísticas, quiere que cada minuto de descanso y cada entrada y salida deje un rastro digital imborrable.
La idea es noble sobre el papel: acabar con el salvaje oeste de las horas extra no pagadas, que en 2025 sumaron 2,5 millones de horas semanales, regalándole a las empresas un ahorro anual de 3.243 millones de euros. Pero aquí es donde la teoría choca con el pavimento.
El plan es imponer un registro digital certificado e interoperable, supervisado en tiempo real por la Inspección de Trabajo.
Suena a ciencia ficción administrativa, pero para una familia que contrata a alguien para cuidar a sus mayores, es como pedirle a un vecino que gestione el departamento de Recursos Humanos de Google desde la mesa de la cocina. La CEOE ya ha encendido las alarmas sobre la privacidad, mientras que Soly Sakal, CEO de Rhombus, advierte que añadir capas de burocracia es la receta perfecta para que el contrato legal sea menos atractivo que un billete de lotería vacío.
El sablazo económico es real: se estima que las pymes tendrán que soltar unos 868 millones de euros para implementar esto, unos 55,4 euros por trabajador al año.
Parece calderilla hasta que eres un autónomo con dos empleados y una factura de la luz que te quita el sueño. El riesgo es que el eslabón más débil, el empleo doméstico, termine de hundirse en la sombra. Con una EPA que registra medio millón de personas en el sector frente a las 340.000 altas de la Seguridad Social, cualquier complicación extra es un empujón hacia la economía sumergida.
Si el salario mínimo ya hizo que el 61% de las familias prescindieran del servicio desde 2018, este control horario podría ser el clavo final. El Consejo de Estado ya dijo que no en marzo, pero parece que en el Gobierno prefieren el titular brillante al sentido común, arriesgándose a multas de 10.000 euros por trabajador que nadie podrá pagar.
Crítica:
El texto original es una advertencia clara, aunque peca de darle demasiada voz a la consultora Rhombus sin contrastar con sindicatos. El riesgo de informalidad es evidente, pero el artículo ignora que el 'caos' actual es el que permite el ahorro empresarial millonario.
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