Crítica:
Demasiado centrado en citar titulares y poco en explicar el fondo real de la crisis migratoria. Es un catálogo de periódicos disfrazado de noticia.
Demasiado centrado en citar titulares y poco en explicar el fondo real de la crisis migratoria. Es un catálogo de periódicos disfrazado de noticia.
Hay una disciplina casi religiosa en el arte de saber cuándo callar, pero Félix Bolaños parece haber olvidado el manual. Mientras Ceuta se prepara para el asalto del próximo 15 de agosto y la tensión migratoria vibra en el aire, el ministro de Presidencia, Justicia y Relaciones con las Cortes decidió que el mundo necesitaba saber que él estaba 'recargando pilas'. Y no lo hizo con un comunicado sobrio, sino con un posado en Mojácar que bien podría ser la portada de un catálogo de ropa deportiva para jubilados precoces: rocas, gafas de sol, pantalón corto y una mirada perdida en el horizonte que sugiere una profundidad reflexiva inexistente. Para el ciudadano de a pie, que lucha contra la inflación y ve que el presupuesto familiar es un juego de suma cero, ver a un cargo público presumir de descanso con la canción 'Light' de John Pattern y Jonah Kest de banda sonora resulta, cuanto menos, un sablazo a la sensibilidad común. Mientras los funcionarios de Justicia llevan dos años en un limbo administrativo, sin sueldo y sin destino, esperando que alguien mueva un papel el 1 de septiembre, el ministro se dedica a la ingeniería del ocio en Almería. La red, que no perdona ni el mal gusto ni la mala gestión, ha transformado su Instagram en un juzgado sumario. Desde quienes le recuerdan que los cargos conllevan cargas hasta quienes le sugieren que su capacidad de descanso es inversamente proporcional a su eficacia laboral. Bolaños ha intentado vender una imagen de serenidad pre-estacional, pero ha terminado exponiendo la brecha insalvable entre el despacho climatizado y la realidad de una frontera que no entiende de vacaciones ni de filtros de redes sociales.
En el tablero del poder, hay jugadas que parecen diseñadas por un becario con ganas de provocar. La última genialidad del Ministerio del Interior consiste en levantar el telón de acero frente a Italia, restableciendo controles en vuelos y ferris. Fernando Grande-Marlaska ha enviado la notificación a la alta aristocracia europea —desde Henna Virkkunen y Magnus Brunner hasta Roberta Metsola y Thérèse Blanchet— justificando el movimiento como un 'monitoreo' de la presión en el Mediterráneo central y el baile de las mafias del tráfico irregular. Muy profesional todo. Pero claro, en el Madrid de Isabel Díaz Ayuso no se perdonan estos deslizamientos. La presidenta madrileña ha salido al ruedo digital para exponer una paradoja que huele a quemado. Mientras el Gobierno le cierra la puerta al 'país hermano' que invierte y aporta, Ayuso pone la cifra sobre la mesa: más de 70.000 personas entrando ilegalmente solo por Ceuta. Es el clásico contraste de la vida: es como si en tu casa prohibieras entrar al vecino que te presta la escalera, pero dejaras la puerta principal abierta de par en par para quien no ha llamado al timbre. La ironía de Ayuso es un bisturí. Califica de 'inteligente' el enfrentamiento con Italia y tilda de 'espectacular' el gesto de dar la espalda a Occidente. Al final, el ciudadano medio ve cómo se gestionan las fronteras con la misma coherencia con la que algunos gestionan su cuenta corriente: priorizando el ruido político sobre la lógica operativa. Mientras el Ministerio se pierde en comunicados oficiales sobre la dinámica de Schengen, la calle entiende que estamos jugando al Tetris con la seguridad nacional, y que las piezas no encajan ni a tiros.
Hay escenas que parecen sacadas de una comedia de enredos de barrio, donde el anfitrión se olvida de presentar al invitado y el primo pesado estorba en la foto. Así fue el encuentro en Cali durante la investidura de Abelardo de la Espriella. Mientras el Rey Felipe VI aterrizaba en un viaje exprés desde Palma —como quien va a comprar el pan pero con avión real—, la diplomacia española decidió jugar al escondite. El vídeo es una joya del sarcasmo involuntario: Felipe VI y Javier Milei se saludan con una afectuosidad que ya quisieran muchos matrimonios, mientras José Manuel Albares, el ministro de Asuntos Exteriores, parece el portero de una discoteca que no quiere dejar pasar a nadie. El diplomático de carrera, en lugar de aceitar los engranajes, puso el freno de mano, tardando en acceder a la estancia y dejando al Rey en la posición incómoda de tener que 'buscar' a su propio ministro para que el saludo no pareciera un desplante. Es fascinante el contraste. Pedro Sánchez y Milei comparten oxígeno en cumbres multimillonarias, como la de Paz para Ucrania en Suiza (junio de 2024) o la del Océano de la ONU en Niza (junio de 2025), pero se ignoran con una disciplina olímpica; es el equivalente político a cruzarse en el ascensor y mirar el móvil para no decir 'hola'. En cambio, el Rey, que no tiene el lujo de pelearse por Twitter, gestionó el momento con una broma, atribuyéndose la 'culpa' de la espera del argentino. En la sala, junto a la mujer del presidente, Nicolás Gómez Arenas, Joaquín Gutiérrez y Carlos Suárez, se respiraba una tensión que no se cortaba con cuchillo, sino con un decreto real. Al final, la diplomacia de Albares resultó ser tan eficiente como un paraguas roto en mitad de un aguacero tropical.
En el arte de la aritmética política, parece que el Gobierno y la ciudad de Ceuta usan calculadoras de planetas distintos. Mientras Pedro Sánchez y su equipo intentan vendernos que el problema se ha reducido a unos 2.500 migrantes —una cifra que suena a gestión impecable de Excel—, Juan Jesús Vivas ha salido a la arena para soltar el verdadero sablazo: quedan entre 8.000 y 11.000 personas. Es la diferencia entre un grupo manejable y una crisis que te revienta la logística de cualquier ayuntamiento. La escena es surrealista. El 30 de julio, 72.000 personas decidieron que la frontera era una sugerencia y no un muro. Vivas, con el tono de quien ya no tiene paciencia para sutilezas, denuncia que mientras él gritaba avisos en los pasillos de los ministerios, el Ejecutivo practicaba el arte del silencio. Ahora, el presidente ceutí pide blindar la frontera con todas las garantías, porque gestionar miles de personas deambulando por la ciudad sin cubrir necesidades básicas no es 'normalidad', es un incendio abierto. Lo más jugoso es la ironía sobre la 'colaboración' de Marruecos. Vivas sugiere que es físicamente imposible que 80.000 personas se organicen para un asalto masivo y que el vecino de al lado no se haya enterado ni haya avisado. Es como decir que en tu comunidad de vecinos se organiza una fiesta rave con mil personas y el presidente de la junta jura que no oyó nada. Vivas ha sido claro: ni papeles, ni billetes a la península, solo retorno inmediato. Mientras tanto, Ceuta resiste, apoyada por el ejército y el cariño telefónico de Felipe VI, esperando que la realidad gane la partida a las estadísticas maquilladas de Madrid.
Mientras el ciudadano medio hace malabares con la hipoteca y mira la cesta de la compra como quien mira una película de terror, en la Moncloa han decidido que el Mundial 2030 necesita un empujoncito... pagado con nuestro dinero. No es una broma. Se han detectado 475.000 euros públicos destinados a la 'inclusión de personas con discapacidad' en Marruecos. De entrada, suena noble, casi celestial. Pero bajémoslo al suelo: es una subvención dineraria sin contraprestación. En cristiano: un cheque en blanco para que Marruecos luzca sus sedes mientras España hace de cajero automático. El montaje es digno de un guion surrealista. La Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID) ha soltado una primera partida de 275.000 euros, sumando luego el resto hasta alcanzar casi medio millón, con la ONCE española como entidad receptora. Básicamente, el Gobierno no solo pone el dinero, sino que pone los medios para que el vecino se prepare la fiesta. Y esto es solo el aperitivo. Si hablamos del menú completo, tenemos la desaladora de Casablanca, donde España ha soltado 340 millones de euros públicos sin despeinarse. La paradoja es deliciosa si no fueras tú quien paga. Pedro Sánchez ha jugado al ajedrez geopolítico y parece que ha perdido todas las piezas. Nos hemos peleado con Argelia, el gas se volvió un drama y hemos roto el tablero con Israel y Estados Unidos. Mientras tanto, Marruecos, que nos trata en la frontera como si fuéramos el patio de su casa, se ríe en nuestra cara mientras acumula material bélico de Washington y Tel Aviv y se embolsa nuestras subvenciones. Es la definición perfecta de sumisión: nosotros ponemos la tarjeta de crédito y ellos deciden dónde se juega la final.
Hay quienes pagan el gimnasio para verse mejor en el espejo y luego usan filtros de Instagram para borrar el rastro de una cena excesiva. La Moncloa, en un alarde de marketing institucional, ha decidido aplicar una lógica similar al distribuir imágenes de Pedro Sánchez trabajando desde La Mareta, en Lanzarote. El escenario: una reunión telemática sobre la crisis de Ceuta, camisa rosa, papeles y una mesa de cristal que, por algún motivo místico o técnico, ha decidido devorar las piernas del presidente. El resultado es una fotografía que parece sacada de un catálogo de muebles mal renderizado donde el jefe del Ejecutivo flota sobre el mobiliario. Mientras el país lidia con la entrada masiva de inmigrantes desde Marruecos, la conversación pública se ha desviado hacia la anatomía digital del mandatario. En la imagen, Sánchez aparece inclinado, pero la ausencia de extremidades inferiores y unas sombras sospechosas bajo la silla han disparado la maquinaria de X. Es el mismo espíritu de 'puesta en escena' que ya vimos en agosto de 2021, cuando el presidente gestionaba la evacuación de Afganistán con traje arriba y alpargatas abajo; un contraste tan absurdo como el de alguien que intenta venderte un coche de lujo mientras esconde que no tiene ruedas. En la videoconferencia estaban presentes Margarita Robles, Fernando Grande-Marlaska, Elma Saiz, Sira Rego y Ángel Víctor Torres. Todos ellos, presumiblemente con sus dos piernas intactas, mientras el presidente se convertía en un torso flotante. Ya sea un efecto óptico del cristal o una edición chapucera para que la foto pareciera más 'estética', el mensaje es claro: en la era del Photoshop, la realidad es una sugerencia y el rigor institucional es, básicamente, un accesorio opcional.
La política es como un alquiler: cuando cambia el dueño del piso, te piden las llaves y te revisan hasta el último rincón del salón. Pablo Iglesias, que había montado un campamento mediático en Colombia aprovechando la luna de miel ideológica con Gustavo Petro, acaba de descubrir que el amor platónico entre presidentes tiene fecha de caducidad. Con la entrada de Abelardo de la Espriella en la Casa de Nariño este viernes, el tablero se ha dado la vuelta y el 'negocio' del Canal Red empieza a oler a cerrado. No es que Iglesias haya ido a Colombia a hacer voluntariado. El despliegue fue quirúrgico. En noviembre de 2024, se coló en el prime time de Señal Colombia a las 21 horas con 'La base', su buque insignia, bajo el lema —irónicamente— de luchar contra la 'mafia mediática'. Para febrero de 2026, ya no se conformaba con el horario estelar y se lanzó a la coproducción de 'La minga', un programa centrado en asuntos nacionales. Básicamente, utilizó la televisión pública colombiana como una tarjeta de crédito sin límite para expandir su marca personal en América Latina, justo después de aterrizar en México. El problema es que el grifo del dinero público lo controla el Ministerio de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones, y el gerente de RTVC (ahora Inravisión), Hollman Morris, era un aliado fiel de Petro. Ahora que De la Espriella llega prometiendo cambios radicales en seguridad y narcotráfico, es probable que la primera 'limpieza' sea el organigrama de los medios públicos. Pasar de ser el invitado de honor a ser tachado de 'fascista' por el nuevo jefe es un giro de guion que ni el mejor análisis político de Iglesias podría haber previsto. El Canal Red sigue vivo en España y México, pero en Colombia, la fiesta se ha acabado antes de que termine la canción.
Comentarios