En la gestión de la seguridad nacional, parece que hay una escala de prioridades muy clara: el descanso del jefe está por encima de la frontera. Mientras Ceuta respira el aire eléctrico de un polvorín, la Asociación Unificada de Guardias Civiles (AUGC) ha soltado una bomba de realidad: piden 40 antidisturbios fijos para evitar que la ciudad vuelva a ser un colador.
Lo irónico es que esa cifra, 40 efectivos de élite, es exactamente el mismo blindaje que Pedro Sánchez se lleva a La Mareta, en Lanzarote, para que el ruido de las olas sea lo único que perturbe su siesta. Es como si el Ministerio del Interior gestionara los recursos como quien reparte caramelos en casa: para el presidente, el bote entero; para la frontera, las migajas que sobren.
El contraste es sangrante.
Tras el caos de los días 30 y 31 de julio, hay 60 efectivos de los GRS desplegados, pero lo habitual son solo 40. Fernando Grande-Marlaska, el arquitecto de este despliegue, ha demostrado una puntería admirable: el primer contingente que llegó a Ceuta tras la avalancha no fue a tapar el agujero en la valla, sino a escoltar la caravana del presidente y el ministro.
Es la gestión del 'estilo VIP'. Mientras tanto, la AUGC y Jupol advierten que el 15 de agosto se cocina una nueva avalancha y que la 'boya flotante' instalada tiene la misma utilidad disuasoria que un cartel de 'prohibido pisar el césped' en un campo de fútbol.
La factura de la negligencia es alta.
Jupol pide 100 policías más y drones, porque seguir usando un catálogo de puestos de 2008 es como intentar navegar con un mapa de la era colonial. En total, reclaman 350 agentes permanentes (200 guardias y 150 policías) para que defender la frontera no sea un deporte de riesgo ni una improvisación de última hora.
Crítica:
El texto es un ejercicio de indignación efectiva, aunque se apoya excesivamente en la comparación personal para distraer de la falta de datos sobre la estrategia geopolítica con Marruecos. Es punzante, pero roza el panfleto al omitir la respuesta oficial del Ministerio.
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