Hablemos claro: en este país, el Rey es como ese primo bienintencionado que quiere ir a todas las fiestas, pero que necesita que el dueño de la casa le abra la puerta. Don Felipe lleva doce años de reinado acumulando kilómetros en el odómetro de la empatía. Ha estado en el barro de Paiporta aguantando pedradas, en el caos del 11-M, en el polvo de Lorca y hasta en las encerronas separatistas de Barcelona el 26 de agosto de 2017.
Básicamente, si ha habido una tragedia, el Rey ha estado allí, a veces incluso antes que el jefe del Gobierno.
Pero aquí llega la paradoja. Mientras algunos critican que se le vea regateando en la Copa del Rey Mapfre en Palma —porque claro, hacer deporte es el pecado capital cuando hay tensiones geopolíticas—, la realidad es que Ceuta y Melilla siguen siendo el gran agujero en su agenda.
No es que Don Felipe no quiera; es que en una Monarquía Parlamentaria, el Rey no se mueve sin el 'ok' del Ejecutivo. Ni Mariano Rajoy ni Pedro Sánchez le han dado el pase. Es como querer ir a un concierto pero que el portero del Gobierno no te deje entrar al recinto.
La última vez que los Reyes pisaron esas ciudades fue en 2007, bajo el mandato de Juan Carlos y Sofía.
Desde entonces, el silencio institucional es ensordecedor frente a las amenazas de Marruecos. Mientras el Rey se encierra cuatro días en el Palacio de Marivent para coordinar llamadas con Alberto Núñez Feijóo y analizar la tragedia de las decenas de vidas perdidas, el ciudadano de a pie ve la vela de un barco y piensa que hay indolencia.
No es falta de voluntad, es que la Corona es el copiloto de un coche que conduce el Gobierno, y ahora mismo, el volante está bloqueado.
Crítica:
El texto original es una pieza de relaciones públicas disfrazada de análisis, diseñada para limpiar la imagen del monarca. Carece de fuentes externas que confirmen el supuesto 'bloqueo' del Gobierno, basándose solo en la narrativa de la Casa Real.
Comentarios