Crítica:
El texto original es sorprendentemente detallado en cifras pero ingenuo al no cuestionar por qué el Cifas detecta el riesgo después de firmar el contrato. Es una noticia de 'estupidez administrativa' disfrazada de fallo de seguridad.
El texto original es sorprendentemente detallado en cifras pero ingenuo al no cuestionar por qué el Cifas detecta el riesgo después de firmar el contrato. Es una noticia de 'estupidez administrativa' disfrazada de fallo de seguridad.
España ha jugado a la ruleta rusa con sus secretos de Estado y parece que el tambor estaba cargado. Resulta casi cómico que el Centro de Inteligencia de las Fuerzas Armadas (Cifas) haya tenido que redactar un informe reservado para avisar de lo evidente: tener las tripas de nuestra defensa gestionadas por Palantir es como dejar las llaves de casa puestas en la puerta con un cartel que dice 'Bienvenidos, CIA e Israel'. La ingeniería financiera de este chiringuito es fascinante. En 2023, el Estado Mayor de la Defensa se gastó 16,5 millones de euros en un contrato adjudicado 'a dedo', sin publicidad, bajo la excusa de la 'exclusividad técnica'. Mientras el ciudadano medio pelea con la factura de la luz, el Gobierno soltó esa cifra sin pestañear para que una empresa nacida con dinero de In-Q-Tel (el brazo inversor de la CIA) y vinculada a Peter Thiel organizara nuestros datos. El software de Palantir, con sus plataformas Gotham y Foundry, es la llave maestra que ahora gobierna el hardware militar. El problema es que esa llave pertenece a una corporación privada donde el 50% de los ingresos vienen del FBI, la OTAN o el ejército británico. Básicamente, hemos alquilado un cerebro artificial que probablemente envía copias de carbono de nuestra inteligencia a Washington o Tel Aviv a través de la Unidad 8200. Ahora, en un giro dramático de 'nos hemos dado cuenta tarde', Moncloa ordena la desconexión inmediata de las empresas de la SEPI, como Indra y Telefónica. El Cifas es tajante: no hay forma de saber qué ocurre con los datos una vez que entran en el sistema. Hemos pasado de la modernización digital a la vulnerabilidad extrema por un contrato de 16,5 millones que ignoró la norma de pedir tres presupuestos. Un descuido de principiantes con consecuencias de estado.
Hay una forma muy elegante de decir 'estamos arruinados' y es llamar a tu problema una 'aventura inmobiliaria fallida'. La UGT, en los años 90, decidió jugar a los promotores con la empresa PSV y el resultado fue un agujero financiero que amenazaba con mandarlos a todos a casa. Mientras el gerente, Carlos Soto, se llevaba una condena por apropiación indebida, el sindicato se quedaba con la factura. Pero no se preocupen, que para eso existen los amigos en el despacho de al lado. En 2005, el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero decidió que era el momento de hacer un 'ajuste de cuentas' creativo. Mediante un Real Decreto-ley, modificaron la Ley 4/1986 para que el Estado devolviera el patrimonio sindical incautado tras la Guerra Civil. Lo curioso es que el gran botín vino de un testamento de 1915. El industrial Cesáreo del Cerro dejó un millón de pesetas de la época para formar a obreros y sus hijos; un gesto noble que prohibía explícitamente vender los bienes y obligaba a usar las rentas para la educación. El detalle cómico es que el nombre de UGT no aparece por ninguna parte en el documento. ¿El resultado de esta ingeniería financiera? En 2006, la UGT recibió una compensación de 149 millones de euros que fueron disparados directamente al Instituto de Crédito Oficial (ICO) para tapar el desagüe de PSV. Un rescate millonario basado en un legado que, según el propio testamento, debió acabar en los hospitales de Madrid al disolverse las sociedades obreras. El Tribunal Constitucional acabó tumbando la urgencia del decreto, pero para entonces el dinero ya había hecho su magia. Mientras CC.OO. y la CNT miraban desde la barrera, la UGT transformó un fondo educativo en un comodín para salvarse de su propia mala gestión.
Hacerse la foto con un pastel más grande no significa que haya más tarta para todos. Así es la paradoja del «Informe Fènix». Cataluña ha crecido en volumen durante el último cuarto de siglo, sí, pero la riqueza por cabeza está estancada, como quien presume de un coche nuevo mientras la cuenta corriente agoniza. El diagnóstico de Xavier Roig y su equipo es un jarro de agua fría: mientras la población subía un 1% anual gracias a la inmigración, el rendimiento por trabajador apenas gateaba con un 0,7%. El dato es lapidario. En el año 2000, el trabajador catalán producía un 8% menos que la media europea. Hoy, esa brecha se ha ensanchado hasta el 13%. No es que nos falten brazos, es que estamos usando los brazos para lo equivocado. El problema no es la desindustrialización, sino que hemos canjeado la fábrica por el delivery y el hotel de tres estrellas. Es la trampa de la baja productividad: hemos llenado el mercado de empleos que, en términos reales, son un agujero contable. Aquí llega la parte más cínica: el sistema público está subvencionando el negocio de unos pocos. Si ganas menos de 29.000 euros brutos, el Estado paga más por ti de lo que tú aportas. Es una ingeniería financiera absurda donde el contribuyente paga 6,8 euros por cada pernoctación en hoteles de costa, 9 euros por tonelada de carne en mataderos porcinos y 3,5 euros por cada pedido de comida a domicilio. Jordi Galí, Guillem López Casasnovas y Jaume Ventura lo dejan claro: si no se deja de castigar la renta alta y se empieza a filtrar la inmigración por cualificación, el sistema que levantamos al entrar en Europa se desmoronará antes de 2050. Básicamente, estamos gestionando la economía como quien intenta llenar un cubo agujereado echando más agua, en lugar de tapar el hueco.
En España hemos perfeccionado el arte de formar profesionales de élite para regalárselos al resto del mundo. Es la exportación más lucrativa de la que nadie quiere hablar en el Ministerio de Sanidad. Mientras el ciudadano medio lucha contra la inflación en la cola del supermercado, 1.356 enfermeras decidieron en 2025 que preferían empacar las maletas antes que seguir soportando el calvario asistencial. Un incremento del 20% respecto a las 1.134 peticiones de 2024 que demuestra que el 'amor a la camiseta' tiene un límite: la salud mental. Pedir el certificado de buena conducta se ha convertido en el trámite de liberación más deseado. No es que falte vocación, es que sobra presión. Diego Ayuso, secretario general del Consejo General de Enfermería, lo ha dejado claro: la ansiedad y la depresión no se curan con palmadas en la espalda ni con el discurso del 'sacrificio'. El sistema es un colador donde Cataluña (271 peticiones), Madrid (225) y la Comunidad Valenciana (217) lideran la fuga de talentos, seguidas por Andalucía con 149 y Canarias con 108. El resto del mapa, desde el País Vasco (73) hasta las discretas cifras de Melilla (2), completa una radiografía del descontento. Noruega, Estados Unidos, Suiza e Irlanda no solo ofrecen salarios que no obligan a hacer malabarismos con la tarjeta de crédito a fin de mes, sino algo que aquí es un lujo: reconocimiento. Mientras en España se pelean por modificar el Estatuto Marco o la Ley de Ordenación de las Profesiones Sanitarias para que el papel coincida con la realidad, fuera de nuestras fronteras valoran que una enfermera española sabe hacer de todo. Estamos regalando el motor del Sistema Nacional de Salud porque nos negamos a pagar el mantenimiento básico del equipo.
Hay quien se levanta con el pie izquierdo y quien, como los protagonistas de esta historia, se levanta a las cuatro de la mañana con un plan de negocio impecable. Mientras el ciudadano medio lucha contra la alarma del móvil para ir a una oficina, dos señores de 31 y 43 años se dedicaban a hacer un 'shopping' nocturno de motocicletas por Barcelona y sus alrededores. Desde enero, se marcaron el objetivo de 16 motos, operando con la precisión de un reloj suizo y la sutileza de un elefante en una cacharrería. El modus operandi era de manual: un explorador a pie, un teléfono y una furgoneta de alquiler que servía de caballo de Troya. No robaban cualquier cosa; seleccionaban la mercancía, aniquilaban el GPS —porque el rastro digital es el enemigo número uno— y se largaban hacia fincas apartadas en Vilafranca del Penedès o una vieja granja en La Roca del Vallès. Básicamente, montaron un concesionario clandestino en el campo mientras los dueños dormían en Sant Martí, Eixample o Sant Feliu de Llobregat. La fiesta terminó los días 1 y 2 de julio en Granollers. Los Mossos d'Esquadra, apoyados por el sistema de lectura de matrículas LECTIO y la mirada vigilante de vecinos y gasolineras, les cerraron el grifo. Lo más fascinante es el currículum: uno de los detenidos presume de 14 antecedentes (seis por lo mismo) y el otro de nueve. Para algunos, la cárcel es un hotel con pensión completa; para ellos, parece ser el lugar donde van a repasar los apuntes de sus delitos. Ahora buscan a un tercero, que ya tiene su invitación formal en forma de orden de detención tras nueve delitos atribuidos. Una ingeniería financiera basada en el robo que, al final, terminó en el calabozo.
Hay quien dice que el talento es un don y quien prefiere que sea un trámite administrativo. David Sánchez Pérez-Castejón, el hermano del jefe de la Moncloa, parece haber optado por lo segundo. Mientras el ciudadano medio pelea con la declaración de la renta, David disfrutaba de una plaza de coordinador de actividades de los conservatorios de la Diputación de Badajoz, creada 'a dedo' y cocinada a fuego lento desde 2017. Un puesto ideal para quien, según los expertos, tiene la técnica musical de un gato caminando sobre un teclado. El centro del ruido es 'La danza de las chirimoyas', una pieza presentada en 2016 que es el único trofeo en su catálogo. El problema es que la obra es tan sofisticada que musicólogos y expertos se preguntan cómo es posible que la haya escrito alguien que, según las malas lenguas, no sabe ni dónde está el Do central. Aquí entra en juego la figura del 'autor fantasma', esa especie de jardinero invisible que poda la obra para que el dueño se lleve los aplausos. Se puso el foco en Leonel Morales, un pianista cubano de pedigrí, acostumbrado a interpretar a Alberto Ginastera. Morales, con la elegancia de quien no quiere líos, ha negado haber escrito la pieza. Dice que solo fue a casa de David Sánchez para una consulta técnica porque un alumno no entendía la partitura. Una visita de cortesía que ahora parece un interrogatorio policial. Mientras tanto, David se refugia en la Moncloa, esperando una sentencia que podría darle seis años de prisión. Pasar de los conservatorios a la celda es un giro dramático que ni la mejor composición contemporánea podría haber previsto.
TVE ha decidido que este domingo 12 de julio no es día de sofá y manta, sino de hacer un 'estirón' ideológico. Mientras el ciudadano medio intenta que el presupuesto del súper no parezca un atraco a mano armada, la televisión pública ha montado un maratón de cinco películas sobre la Guerra Civil, adelantándose al aniversario del 17 de julio. No es un ciclo de cine, es un despliegue de artillería narrativa. La jornada arranca a las 15:50 con 'El maestro que prometió el mar', donde Enric Auquer da vida a Antoni Beinages, el profesor republicano que terminó mal en Bañuelos de Bureba. A las 17:25 llega 'La vaquilla', la joya de Berlanga con Landa y Sacristán, que es básicamente la prueba de que el humor es la única forma de digerir que nos matamos entre vecinos. Para equilibrar el menú, a las 19:25 sueltan 'La mula', con Mario Casas y Mario Valverde, donde el bando nacional tiene su espacio, aunque sea en un plato pequeño. El plato fuerte llega tras el Telediario de las 21:00 con el estreno de '¿Es el enemigo?', una cinta sobre Miguel Gila que aprovecha su 25º aniversario luctuoso para recordarnos que el humor nace del trauma. Y para cerrar la persiana, 'Gernika. The Movie' de Koldo Serra nos lleva al bombardeo de 1937 con María Valverde. Entre 'La Hora de la 1', 'Mañaneros 360' y 'Informe Semanal', TVE ha decidido que el domingo es el día perfecto para recordarnos que, aunque pasen 90 años, el mando a distancia sigue siendo la trinchera favorita de los gestores culturales de turno.
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