Vender la 'joya de la corona' de Hacienda no es como vender un piso en el barrio de Usera; aquí hablamos de María de Molina, 50, un trozo de la milla de oro de Madrid que cualquier empresario miraría con los ojos que pone un niño al ver el escaparate de chuches. El 29 de septiembre de 2023, la subasta se convirtió en un auténtico carnaval de hipocresía administrativa.
Seis empresas se peleaban por el inmueble, pero el aire olía a chamusco desde el principio.
El pliego era claro: el pago total debía completarse en diez años. Yolanda Contreras Hernanz, la presidenta de la mesa, hasta se tomó la molestia de explicar que el esquema era '1+9'.
Un 25% al principio y el resto en nueve años. Matemáticas de primaria, ¿verdad? Pues apareció Barnaby Investments SL (Grupo Lar) con una oferta de 204,7 millones de euros, pero con un detalle: querían pagar en 11 años. Un año más de vacaciones financieras que, en cualquier oficina normal, supondría el descarte inmediato.
Sin embargo, en el mundo de los elegidos, las reglas son elásticas. Mientras los otros licitadores, como el Grupo Whiteni, gritaban que eso era un amaño, la secretaria de la mesa se puso nerviosa y decidió que el error estaba 'subsanado' mediante una interpretación verbal que, curiosamente, no quedó escrita en el acta.
Magia pura.
Pero el plato fuerte es el aroma a nepotismo. Según testigos, para llevarse este caramelo de 37.106,70 metros cuadrados de oficina y 370 plazas de garaje, se ventiló la petición de una comisión del 3% para un supuesto 'primo' de la ministra María Jesús Montero.
Al final, la decisión recayó en la propia Montero, quien firmó el visto bueno a una operación donde el rigor contable fue sustituido por la ingeniería del amiguismo.
Crítica:
El texto original es una mina de oro de irregularidades, pero se queda corta al no detallar quién es exactamente el 'primo' mencionado. Es un ejercicio de 'nosotros lo sabemos, pero no lo diremos' que deja el hambre de justicia a medio llenar.
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