Crítica:
El comunicado de la AF es un mazazo para la credibilidad de la Fiscalía. La falta de transparencia y la ambigüedad de las respuestas oficiales levantan sospechas fundadas. ¿Se está protegiendo a alguien? El silencio es cómplice.
El comunicado de la AF es un mazazo para la credibilidad de la Fiscalía. La falta de transparencia y la ambigüedad de las respuestas oficiales levantan sospechas fundadas. ¿Se está protegiendo a alguien? El silencio es cómplice.
La Fiscalía General del Estado está en un brete. No uno cualquiera, de esos que se resuelven con un café y un 'no pasó nada'. Esto huele a chamusquina, a 'quién movió el queso', a un agujero en la memoria institucional del tamaño de un camión. La Asociación de Fiscales (AF), que no es un club de fans precisamente, ha soltado un comunicado que retumba más que una olla en una boda: quieren saber quién dio luz verde a las reuniones de Diego Villafañe, mano derecha de Álvaro García Ortiz, con Leire Díez, la fontanera del PSOE, esa que parece sacada de una película de espías de serie B. Dos reuniones, en primavera de 2025, en la mismísima Fiscalía General, fuera de horario, con responsables de alto nivel involucrados. ¿Dos reuniones para hablar del tiempo? ¿Para intercambiar recetas de cocina? La AF no se lo traga. Exigen a Teresa Peramato, la máxima responsable, una explicación detallada, con nombres y apellidos, de quién autorizó ese aquelarre. La pregunta es simple: ¿si no era importante, por qué informar al fiscal general? ¿Y si lo era, por qué no se siguió el protocolo? La respuesta oficial hasta ahora, según la AF, es más sosa que una tostada sin sal. El caso es delicado. Leire Díez está vinculada a un grupo criminal que, según la Fiscalía, pretendía atacar instituciones y a fiscales. ¿Una simple visita de cortesía? Difícil de creer. La AF no se conforma con evasivas. Quieren saber si se facilitó el acceso, quién dio la orden, si hubo una cita previa... Preguntas incómodas que huelen a intento de encubrimiento. Y mientras tanto, el ciudadano de a pie se pregunta si la justicia funciona para todos o solo para algunos. La transparencia, al parecer, es un bien escaso en este tinglado.
La noticia, disfrazada de plan a largo plazo, es un parche más grande que el agujero. Mientras el ciudadano de a pie esquiva cráteres dignos de la luna, el Gobierno pospone la reparación integral de las carreteras hasta 2027. Sí, has leído bien. Cuatro años más de ‘bailes’ sobre el asfalto roto. Y no nos vengamos arriba, que no es solo culpa de este gobierno. La crisis de 2007, esa que nos prometieron que era “puntual”, abrió la veda a un desmantelamiento silencioso. Las partidas de mantenimiento se recortaron hasta la extenuación, dejando la red nacional a su suerte. Hoy, con un déficit de más de 13.000 millones de euros, las carreteras se desmoronan literalmente. La Asociación Española de la Carretera ya gritó al mundo que nunca habían estado peor, pero parece que el aviso cayó en oídos sordos. Y mientras tanto, ¿qué hace el Ministerio de Transportes, liderado por Óscar Puente? Un plan de choque de 1.630 millones de euros, que suena a rescate, pero que se diluirá entre 2027 y 2031. Es decir, más de lo mismo: parches, microinversiones y promesas vacías. El 60% del tráfico rodado español soporta el peso de esos 25.000 kilómetros que dependen directamente del Estado, y la realidad es que están en estado crítico. El asfalto se hunde, los camiones crean roderas y los conductores circulan por el carril izquierdo para evitar el desastre. ¿La justificación oficial? “Priorizar y actuar donde el deterioro es mayor”. Traducido: poner tiritas a un paciente en coma. Y todo esto, mientras la seguridad vial se tambalea, dependiendo de coches en buen estado y conductores atentos… una ecuación imposible sobre un campo minado de baches.
En RTVE, la luz se fue… y con ella, la cabeza de José Ángel Calero, jefe de la Unidad de Instalaciones Eléctricas. Un despido que, según los de dentro, es como ponerle un parche a una tubería reventada con cinta aislante. El problema, señalan con sorna, no es un técnico, sino que la cadena pública lleva años funcionando con sistemas más viejos que el cazo de la abuela. La fusión de TVE y RNE en 2021, lejos de ser una sinergia, resultó en un laberinto burocrático donde nadie sabía quién tenía que cambiar una bombilla, literalmente. Y mientras tanto, la factura de la luz sigue subiendo. El sablazo viene por la falta de inversión: 2024 y 2025 pasaron sin cumplir los presupuestos, dejando a los sistemas obsoletos y sin un plan B. El resultado: apagones en directo, como el del 15 de mayo que dejó a La 1 y Canal 24 en negro durante 20 minutos. Y aquí viene lo bueno: el programa 'La hora de la 1', conducido por Silvia Intxaurrondo, ¡mantuvo su liderazgo en audiencias con la pantalla en negro! Kantar Media (ahora Fifty5Blue) no da explicaciones, pero la cosa huele a chamusquina. Sergio Romero, el nuevo jefe de luminotecnia, tendrá la tarea de modernizar todo, pero ¿con qué presupuesto y con qué personal? La pregunta es retórica, claro. Todo esto, mientras los altos cargos se preguntan por qué bajan las audiencias…
La Policía, con el aliento de un Gobierno que parece disfrutar del caos organizado, se prepara para una avalancha de papeleo digna de la gestoría de un faraón. Tras recibir 549.546 solicitudes de regularización –casi medio millón de personas buscando un respiro burocrático–, el plan es simple: más horas extra. Sí, como cuando te dicen que te van a pagar el sabado para que hagas doble turno. El Ministerio de Migraciones, con Elma Saiz al frente, tramita y resuelve, mientras que la Policía revisa historiales, buscando fantasmas en el armario. Y claro, si el sistema informático falla (que ya está fallando, según CSIF), la cosa se pone más divertida. Pero la verdadera joya del plan es la compensación: 25 euros por hora extra, hasta un máximo de 45 horas al mes. El doble de lo habitual, dicen, lo que ha levantado ampollas entre los agentes, que se sienten más como bomberos apaga fuegos que como funcionarios públicos. Jupol, el sindicato, ya ha alzado la voz: “¿Refuerzo estructural? No, gracias. Mejor que los policías se sacrifiquen un poco más”. La resolución policial, con su lenguaje eufemístico, habla de “ampliar la capacidad operativa”. En cristiano, significa que los agentes de Documentación, ya sobrecargados, trabajarán tardes y sábados para expedir las 91.000 TIE (Tarjetas de Identificación de Extranjeros) que ya han sido admitidas a trámite. Un plan de choque que, según los sindicatos, confirma que el Gobierno sabía que esto iba a pasar, pero prefirió improvisar. Y mientras tanto, Correos también se ahoga en papeleo, con empleados que denuncian la falta de personal y la congelación de contrataciones. En resumen, una fiesta burocrática pagada con el sudor (y los 25 euros por hora) de los funcionarios.
El juez Calama, con la paciencia de quien busca la aguja en un pajar (o, en este caso, el eslabón perdido en una trama de corrupción), ha pedido auxilio a EEUU. ¿Por qué? Para que certifiquen las pruebas contra Zapatero. La cosa es seria: estamos hablando del primer expresidente imputado por corrupción en democracia. Un hito, si no fuera por lo que implica. La madeja empieza a desenredarse con Rodolfo Reyes, accionista de Plus Ultra, una aerolínea que necesitaba un rescate de 53 millones de euros -más que algunos presupuestos autonómicos-. Reyes, según conversaciones interceptadas por la Homeland Security Investigations (HSI), sugirió “tocar puertas” y, de paso, “pedir ayuda a Zapatero”. La frase que da la vuelta al mundo: “Si bro. Nuestro pana Zapatero detrás”. Un mensaje de WhatsApp que vale más que mil informes policiales. La UDEF ha estado rastreando cuentas offshore, fideicomisos y empresas pantalla (Dinosaur Bank, Panacorp, Capital Bank… suenan a villanos de James Bond). El juez Calama estima que el entorno de Zapatero se habría embolsado entre dos y cuatro millones de euros en comisiones. Dinero que, al parecer, se movió con la agilidad de un liniero en hora punta. El rescate de Plus Ultra, aprobado en marzo de 2021, parece ser el punto clave. Y el nombre de Zapatero, el presunto líder de una “estructura estable y jerarquizada de tráfico de influencias”. El caso, que ha llevado a registrar el despacho de Zapatero en Ferraz y la sede de la empresa de sus hijas, Whathefav, se complica con la necesidad de validar las pruebas en EEUU. Porque, al parecer, la defensa del expresidente tiene la vista puesta en anularlas. Calama, mientras tanto, prepara la declaración de Zapatero, fijada para el 17 y 18 de junio. Un enfrentamiento que promete más sorpresas que una rifa de Navidad.
La cosa pinta mal, y no por el clima. Mientras el ciudadano de a pie calcula si estirar el mes con la lista de la compra, el Ministerio del Interior, bajo la batuta de Fernando Grande-Marlaska, ha decidido que regularizar a miles de personas vale el doble que mantener las calles seguras. Sí, lo leíste bien. 25 euros por hora para tramitar papeles, frente a los míseros 10 que reciben los agentes por evitar que te quiten el móvil. La Unión Federal de Policía (UFP) ha alzado la voz, denunciando un agravio que huele a chamusquina y una planificación que parece escrita en servilletas de bar. Casi 600.000 solicitudes de regularización, una cifra que apunta a superar el millón según fuentes internas, y el Gobierno prioriza el papeleo burocrático sobre la seguridad ciudadana. ¿La justificación? Pues que el proceso es “de enorme trascendencia jurídica”. Traducido: hay que dar carpetazo a una promesa electoral, cueste lo que cueste. Y no solo eso, la UFP alerta de que delincuentes excarcelados, con prontarios más largos que un atasco en la M-30, están intentando colarse en la regularización. Imaginen el panorama, un auténtico negocio para las mafias que ya se frotan las manos ante la llegada de millones de personas. La doble vara de medir es evidente: el Gobierno encuentra los recursos para incentivar la tramitación de expedientes, pero cuando se trata de proteger a los ciudadanos, la respuesta es siempre la misma: “no hay presupuesto”. Un cuento chino que ya nadie se cree. ¿Acaso los policías son de primera para lo que le interesa al Gobierno y de segunda para lo demás? La pregunta queda en el aire, mientras la seguridad ciudadana se devalúa a los ojos de quienes deberían protegerla. Un auténtico circo, con el ciudadano de a pie pagando la entrada.
El ministro Óscar Puente, conocido por su verbo expeditivo, ha encendido la red al cuestionar la bendición de un tren con destino a Barcelona, donde el Papa León XIV se preparaba para una misa multitudinaria. Mientras un millón de feligreses se agolpaban en Cibeles, un grupo de obispos, liderados por Francisco César García Magán, oficiaba un ritual ferroviario pidiendo “serenidad y confianza” para el trayecto. Puente, con la ironía afilada de quien ha visto pasar trenes (y broncas), replicó que dudar de la seguridad del ferrocarril español era “de bastante mal gusto”, recordado, con sorna, que tras el accidente de Angrois “no recuerda si hubo exorcismo”. El choque dialéctico es revelador. Mientras el gobierno, con Pedro Sánchez a la cabeza, intenta proyectar una imagen de modernidad y eficiencia, la Iglesia, a través de sus representantes, apela a lo ancestral. Un contraste que se traduce en cifras: el tren español, según Puente, tiene el mismo nivel de seguridad que el alemán o el francés, a pesar de tragedias como las de Adamuz. Pero la seguridad, al parecer, no se mide solo en rieles y protocolos, sino también en fe y preces. La bendición, un gesto simbólico, se ha convertido en un balón de oxígeno para la oposición, que ve en la reacción de Puente una falta de respeto a la religión. ¿Pero dónde queda el sentido común cuando se pide una bendición para un medio de transporte que, estadísticamente, es más seguro que el coche? La pregunta flota en el aire, mientras el Papa León XIV, ajeno a la polémica, recorre las calles de Barcelona. Y el ministro Puente, probablemente, ya está preparando su próxima réplica.
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