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Saber y Ganar es, básicamente, el refugio donde la televisión española va a dormir la siesta mientras Jordi Hurtado lanza preguntas sobre poetas olvidados. Un oasis de paz desde 1997 que ha evitado el ruido digital con la misma eficacia con la que un concursante evita decir 'no lo sé'. Pero el idilio se ha roto. El programa ha tenido que hacer algo tan inusual como ver a un político admitiendo un error: publicar un comunicado oficial en X para defender a Martín Escolar. Martín, un divulgador científico que está barriendo la temporada, ha pasado de ser la estrella del conocimiento a ser el saco de boxeo de unos cuantos iluminados de internet. ¿El pecado? Ganar demasiado. Hay quien sostiene, sin más prueba que su propia envidia, que el programa le 'cocina' las preguntas o le pone rivales que parecen recién bajados de un autobús escolar. Es la eterna historia del éxito: si eres demasiado bueno, el vecino decide que tienes el juego trucado. La respuesta de RTVE ha sido un guante de seda con mano de hierro. Han recordado que la cultura y la educación son la base del templo, y que el insulto no tiene pase VIP. Han amenazado con bloqueos, una medida que en la jerga de la televisión tradicional equivale a echar a alguien de la sala a patadas. Es irónico que en la era de la 'libertad de expresión' de teclado, un concurso de cultura general tenga que dar clases de urbanidad básica. Al final, resulta que el examen más difícil para Martín Escolar no es recordar la fecha de una batalla napoleónica, sino sobrevivir al tribunal de justicia de los trolls, donde el único requisito para sentenciar es tener conexión Wi-Fi y mucho tiempo libre.
El Gobierno ha sacado el champán porque la tasa de paro ha bajado al 9,87%, una cifra que venden como un milagro divino, aunque en cualquier país decente rozar el diez por ciento sea el síntoma de un paciente en cuidados intensivos. Es la eterna danza de los números: mientras el paro de los españoles se mantiene en un 9,5%, el de los extranjeros se dispara al 17,2%. Casi el doble. Resulta fascinante que nos vendan la necesidad de importar mano de obra mientras el 17,2% de esa 'mercancía' resulta ser invisible para el mercado laboral. Bajemos al barro de las cifras, que es donde se esconde la hipocresía. Tenemos 730.000 extranjeros en las listas del paro y casi dos millones más que ni siquiera aparecen en la población activa. No es un bache; es un agujero contable. Si traducimos esto al lenguaje de la calle, los extranjeros desempleados pesan más que toda la población de Cantabria. Los inactivos equivalen a sumar Asturias, Cantabria y La Rioja. Es como si el Estado decidiera invitar a cenar a millones de personas sin que nadie haya pagado el menú. Para rematar el cuadro, el Gobierno prepara una regularización de un millón de personas que, sumando la reagrupación familiar, podría añadir tres millones más al tablero. Hagamos la cuenta rápida: sería como si mañana toda la población de Cataluña decidiera que trabajar es opcional. Ninguna Seguridad Social aguanta este ritmo de 'tirar de tarjeta' sin que el sistema implosione. O el establishment busca el consenso para dinamitar el Estado del bienestar desde dentro, o estamos asistiendo a una ingeniería demográfica donde el coste lo pagaremos todos en la próxima factura de servicios públicos.
Hay quien gasta sus ahorros en un retiro en Bali y hay quien, como Chris Packham, sueña con que un T. rex lo use de aperitivo. El naturalista británico, que ya tiene 65 años y la piel curtida de campo, ha lanzado 'Evolution' en BBC Two y BBC iPlayer el pasado 13 de julio. No es el típico documental de colegio con diapositivas aburridas; es un despliegue de CGI que intenta que dejemos de mirar el móvil para mirar la naturaleza, aunque Packham admite que quiere que usemos el móvil precisamente para contarle a los colegas en el pub que los murciélagos comen la mitad de su peso cada noche. La serie se olvida del orden cronológico lineal —ese que nos dormía en clase— y se centra en cinco animales icónicos para explicar cómo pasamos de branquias a mandíbulas y de ahí a los huesos del oído. Es como si en lugar de leer el manual de instrucciones de un mueble de IKEA, te enseñaran el momento exacto en que el tornillo se convirtió en pieza maestra. Packham no se anda con rodeos: reconoce que la ciencia no es una verdad absoluta y que los expertos a veces se pelean entre ellos, dejando huecos de ambigüedad que son, básicamente, el espacio donde vive la imaginación. Entre encuentros con gusanos de terciopelo y peces pulmonados (que, según él, son babosos y mordelcos), Packham lanza la pulla final. Nos recuerda que no somos el centro del universo, sino un accidente afortunado en un 'punto azul pálido'. Mientras Sir David Attenborough nos enseñó a amar la naturaleza, Packham quiere que nos importe de verdad, porque seguir destruyéndola es como quemar la casa mientras intentas averiguar dónde dejaste las llaves.
El Departamento de Policía de Los Ángeles (LAPD) tiene un apetito insaciable por los juguetes tecnológicos. Desde los contratos con Palantir hasta el despliegue de drones para vigilar manifestantes, el tercer cuerpo policial más grande de EE. UU. suele comprar cualquier software que prometa control total. Pero incluso para ellos, el contrato con Flock Safety ha resultado ser un producto defectuoso, como ese electrodoméstico barato que compras en oferta y termina quemando la cocina. La decisión de no renovar el acuerdo de tres años no ha sido un acto de generosidad hacia la privacidad ciudadana, sino un ejercicio de supervivencia legal. Dean Gialamas, el jefe de información del LAPD, ha tenido que admitir que existen 'serias preocupaciones' sobre las libertades civiles. Y es que los datos son demoledores: una auditoría del 10 de julio de la Oficina del Inspector General reveló que el sistema es una ruleta rusa. En solo dos meses, las cámaras generaron 161 alertas falsas de vehículos robados. Si sumamos los 337 casos reales, tenemos una tasa de error del 32,3 %. Traducido al lenguaje de la calle: uno de cada tres conductores detenidos es totalmente inocente. Lo verdaderamente escalofriante no es el fallo del software, sino el protocolo. El LAPD trata estas alertas como paradas de 'alto riesgo'. No es un simple 'licencia y registro'; es un despliegue de fuerza con apoyo aéreo y supervisores, convirtiendo un error de base de datos en una situación de rehén involuntario. Para la población negra de Los Ángeles —que representa el 19,5 % de los muertos a manos de la policía pese a ser solo el 9 % de la ciudad—, este margen de error del 32 % no es un dato estadístico, es una sentencia de riesgo vital. Al final, la ingeniería financiera de la vigilancia ha chocado con la realidad de que sus algoritmos no saben distinguir un Range Rover robado de un ciudadano yendo a comprar el pan.
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Adolfo Sáez